sábado, 14 de julio de 2018

Happy End.. Michael Haneke



A la vista de esta película dirigida por Michael Haneke, tengo la impresión de que, viendo el cine realizado en Francia (por mucho que la película y el director sean austríacos), hay muchos descendientes de Vencingetorix y de Juana de Arco que empiezan a sentirse como un país en extinción, como pueden serlo los indios en EEUU, el lince en los bosques eurasiáticos y el atún en los océanos, o el cassette. Muchos franceses piensan que su Cultura, con mayúsculas, su música, su sexualidad, el amor, la literatura, el arte, su historia, su espiritualidad, no es entendida ni por chinos, ni por árabes, ni por africanos con nacionalidad francesa que se sientan en los pupitres de la Escuela Pública francesa, gloria y loor de la República. No todos piensan lo mismo, claro está, algunos incluso creen en las posibilidades de la integración. Pero no nos engañemos: el criterio alarmista gana fuerza a pasos agigantados. Los franceses de “pura cepa” van camino de ser reducidos a personajes del microcosmos de un parque temático a lo Westworld y no es raro que el suicidio esté empezando a ser la medicina paliativa más habitual.

Después de este prólogo que se entenderá mucho mejor en cuanto se vea la película, poco hay que decir sobre Happy End, película cuyo título, ya de por sí, es un spoiler: en efecto, todo termina bien. No hay, pues, que alarmarse.

Estamos en Calais, a dos pasos de los campamentos de inmigrantes que tienen en mente saltar de Francia al Reino Unido en donde los subsidios y las subvenciones son más jugosos. La elección del emplazamiento no es casual: los partidarios del Brexit, literalmente, ganaron el referéndum mostrando simplemente las legiones de desheredados que trataban de obtener su parte en el reparto de migajas en el Reino Unido. 

La familia que protagoniza la trama, una familia burguesa, los Laurent, se niegan a ver la crisis. La llegada de “Eve”, perturba aquella feliz célula. Es hija de “Thomas”, otro miembro de la familia, un tipo agrio y amargado. Cada miembro de la familia mantiene algún secreto inconfesable. Unos son de naturaleza criminal, los otros son fantasmas sadomasoquista, el otro está marcado por un accidente mortal que sucedió en su empresa y que le impide dirigirla con energía. La vida de la familia sigue, el abuelo se quiere suicidar y pide ayuda… pero la familia vive completamente de espaldas a la crisis de los refugiados cuyo centro está a pocos metros de distancia de su hogar. Tal es el contraste y tal es el mensaje que intenta transmitir Haneke.

La Sociedad está educada para que en nuestras vidas siempre haya un final felíz aunque nuestros pies caminen pastosamente en el barro de la locura de los problemas. Francia y su clase media alta aburguesada necesita de retratos al nivel de realitys Televisivos que le expliquen dónde están, hacia dónde van y que les espera al final de su des-anclaje del país y de su nación. Vive la France!

Son muchas las películas sobre clanes familiares con un poder adquisitivo astronómico que el cine, los guionistas, los directores nos invitan a que conozcamos. Clanes enquistados en la estructura de cualquier pueblo, ciudad o país. Si esta destaca sobre otros es por dos motivos: por su encuadre temporal (la trama, como hemos dicho, coincide con la “crisis de los refugiados” de Calais) y el altísimo nivel del reparto. La actuación de Jean Louis Tintignant es un lujo y vale la pena ver esta cinta solamente por la expresividad de un actor que va por los 87 años. a Fantine Harduin la recordamos de la serie Ennemi Public; Mathieu Kassovitz, siempre sobrio y genial protagonizó la serie Le Bureau des Legendes y a Toby Jones lo vimos en Capital, Espías de Cambridge y Carnivàle… En cuanto a Isabelle Huppert, está presente con su indudable charme, pero el guión la pasea por la película como si fuera una tarde de tiendas. 

La película nos muestra escenas de la vida burguesa y de gente que desea salir de la zona de confort que es la Vida cuando siente que esta se le ha hecho demasiado pesada. Y es entonces, a los 80 y 90 años cuando deben pedir ayuda para finiquitarla. Es un terreno en el que Haneke siempre se ha movido bien. Lo que ha hecho es describir una situación de aparente normalidad y felicidad… cuando el fin se aproxima, es inminente e ineluctable. Edad, por cierto, a la que se va acercando el propio director.

Es difícil saber a qué tipo de público le puede interesar esta película. Indudablemente la gente que les guste mirar la vida de los otros. Gustará a los amantes de los estudios psicológicos sobre el ser humano. También dirá algo a los interesados en asimilar el concepto de la muerte y su metafísica como solucionador de problemas. 

martes, 3 de julio de 2018

La Número Uno... de Tonie Marshall



¿Mujeres suficientemente preparadas? Las hay. Y muchas. Que quieran ser las números uno, también. ¿Qué se merecían una película? Cierto, pero ésta no es la que hubiera sido menester. Nos explicamos. La número uno trata sobre una directiva con formación profesional en Ingeniería (hay que recordar que en la actualidad las alumnas de las facultades de Ingeniería siguen siendo una ínfima minoría en relación al total de alumnos y eso después de décadas de… ¿sesenta años?. No se impide a ninguna mujer cursar estos estudios que son los únicos que, en este momento, aseguran el pleno empleo. Sería bueno que los “ideólogos de género” mediten sobre esta circunstancia.

El caso es que la película responde precisamente a las exigencias de las ideologías de género. Y este es el problema y lo que desluce la película o, al menos, hace cuestionable la visión que presenta. En efecto, nuestra brillante ingeniera, Emmanuelle Blacheley (Emmanuelle Devos), apoyada por una red de mujeres influyentes aspira a conquistar la dirección de una multinacional clave en estrategia. De lograrlo, se trataría de la primera mujer que consigue escalar tan alto en Francia, pues la empresa cotiza en bolsa y aparece como prestigiosa. Pero las “altas esferas” están dominadas por los hombres. Lo que nos sugiere esta película es que para llegar allí arriba, ser “la número uno”, la protagonista debe ser igual de cabrona (hablando llanamente) que los hombres. Así pues, lo que se plantea no es la igualdad de derechos, sino una igualdad de trapacerías, artimañas, subterfugios y tretas para triunfar. Es decir, que no se trata de ser igual al hombre en logros, sino también en lo peor, en la ruindad, la manipulación y el oportunismo. Buena lección…

La película resulta ambigua (es la mejor forma de no equivocarse en el mensaje: hacer que cada uno quiera ver en ella lo que el cuerpo le pide). Su director, Tonie Marshall da la sensación de que no sabe qué música bailar: el feminismo, el éxito, la conquista del poder, la igualdad de género, el lugar de las mujeres en el mundo de los negocios, la vida amorosa, la vida de la madre, la relación con el padre… Demasiados frentes abiertos como para que no se pierda o desarrolle los temas sin convicción y sin llegar a conclusiones evidentes. La propia protagonista está adornada de cualidades poco compatibles con el liderazgo: demasiadas dudas, exceso de vacilaciones, dulzura que emana de su presencia, sentimientos incompatibles que no tienen nada que ver con la ferocidad a lo cara de perro que se proponía la película…

Si de lo que se trataba era de abordar la cuestión del feminismo en Europa, a estas alturas ya nadie tiene reservas sobre la integración de la mujer en cualquier puesto de trabajo. La película podía ser pertinente en el Magreb o en Arabia Saudí, pero no en el continente europeo. Aquí el tema está más que superado y todo esto queda ya muy atrás. Y si de lo que se trataba era de sugerir los riesgos de que las mujeres imiten los comportamientos agresivos y las trapacerías de algunos varones que, en realidad, son psicópatas integrados, la conclusión dista mucho de estar clara y ser evidente. 

Además del mensaje y de los temas abiertos y no cerrados, la película tiene otro problema: hubiera precisado de un ritmo más endiablado, hubiera debido ser trepidante y mucho más dinámico de lo que ha resultado. En algunos momentos, el aburrimiento invade la sala de proyección. Una vez más, lo que ha fallado ha sido el guión, la dirección y el montaje. 

Recordamos la interpretación de Céline Sallette en Corporate y se ajusta más al perfil femenino en empresas “triunfadoras”. Situación emocional que Emmanuelle Devos en La Número Uno no llega a superar. Destacamos también la participación de Suzanne Clément que la conocimos por su magnífico trabajo en la serie La Forêt (El Bosque). Benjamin Biolay, excelente como personal assistant, lo recuerdo en la reciente Marguerite Durás. Richard Berry magnífico en su papel de Jean Beaumel. 

Ah...! se puede tomar nota para quien le gusten las conspiraciones en la alta política, hay que prestar atención sobre la influencia de la masonería Francesa en las empresas y en el Gobierno de Francia. 

La parte más positiva es el cuerpo de actores que consiguen imprimir a sus roles el cinismo necesario y apropiado para tipos de “alta dirección de empresas”, sean hombres o mujeres. Lo que si demuestra la película es que nuestros hermosos valores humanos resultan pálidos en este despiadado mundo. O dicho de otra manera: las empresas que “funcionan” están dirigidas por psicópatas integrados. Conclusión que verdaderamente genera una irreprimible tristeza.

Me sorprende que el personaje femenino Emmanuelle Blacheley, junto con su hijo reciten como si tal cosa, los versos de Cyrano de Bergerac en un duelo a espadas. 

CYRANO.(Comienza el duelo y mientras baten sus espadas Cyrano recita sus versos) Esperad... estoy escogiendo las rimas. ¡Ya está! 

Tiro con gracia el sombrero
y, lentamente, abandonada
dejo la capa que me cubre
para después sacar la espada.
Brillante como Céladon 
y como Scaramouche alado,
os lo prevengo, Myrmidón:
¡al finalizar… os hiero!

¡Mejor os fuera ser neutral!
¿Por dónde os trincharé mejor?
¿Tiro al flanco, bajo la manga,
o al laureado corazón?
¡Tin, tan! suenen las cazoletas;
mi punta es un insecto alado;
a vuestro vientre va derecha.
¡al finalizar… os hiero!

¡Pronto, una rima! ¡Se hace tarde!
¡Vuestra cara esta demudada...
Me dais el consonante:
¡Cobarde! ¡Tac! Ahora paro esa estocada
con la que ibais a alcanzarme.
Abro la línea. La he cerrado,
¡Afirma el hierro, Laridón,
que al finalizar… os hiero!

sábado, 23 de junio de 2018

WHITNEY... de Kein MacDonald



Documental de dos horas de duración sobre Whitney Houston que se pre-estrenó en la pasada edición del Festival de Cannes y que ahora está a punto de llegar a las pantallas españolas. Tiene la virtud de constituir una oportunidad para que quienes han coleccionado su música en el formato que sea (la Houston nació en el tiempo del “disco microsurco”, empezó a cantar en los tiempos de la cinta cassette, se consagró con el CD y falleció cuando el mp3 arrasaba con todo lo anterior) se aproximen a la vida de la cantante.

Whitney Houston falleció prematuramente, con solo 48 años, en febrero de 2012 y lo hizo en circunstancias lamentablemente complicadas. Este no es el único documental sobre la cantante. No hace ni un año se estrenó otro, Whitney: Can I Be me (2017) de Nick Broomfield que se centra en el período de autodestrucción de la cantante y que tiene la virtud de dejar el corazón encogido. Éste que llega ahora, dirigido por Kein MacDonald es mucho más amplio y riguroso, mejor documentado y menos dado al amarillismo (el de Broomfield insiste exclusivamente en drogas y amoríos). 

El problema es que dos documentales en tan poco tiempo sobre Whitney Houston, y otros muchos más sobre cantantes con voces extraordinarias y vidas familiares difíciles, encontronazos con estupefacientes, cortes de aprovechados en torno suyo y relaciones poco acertadas, abundan en los últimos tiempos. Los hemos visto sobre Elvis Presley y sobre Amy Winehouse. En todos ellos el denominador común es el mismo: vida trágica y descontrolada con el paso tambaleante sobre el cable de la locura.

El cantante es una máquina de hacer dinero, pero también un instrumento de música tras el cual existe un batallón de técnicos que pulen, miman y afinan cualquier sonido que emita y corrijan el sonido desafiante cuando aparezca. El trabajo de todos ellos se muestra imposible cuando el propietario del instrumento (de esa voz oculta en el cuerpo) no ha sido educado para tener una vida sana, honorable y digna como ser humano. Como si el propietario de un Stradivarius se lo llevara en sus correrías nocturnas, lo zarandeara y lo golpeara sin importante su valor, ni pareciera interesado en mantener su integridad. Esto mismo fue lo que le pasó a Whitney Houston y a tantos otros. 

Muchos artistas que nos han conmovido, han protagonizado lamentables tragedias personales. Disponiendo de la maravillosa capacidad para impactar con sus voces en nuestra alma, pudiendo abrir las puertas a los sentimientos y las emociones, apenas han estado en el candelero durante unos años, han sufrido un rápido declive y un día nos enteramos por la prensa que son ya cadáveres.

Es difícil olvidar el videoclip I Will Always Love Youy, seguramente lo mejor en la producción de la Houston y el que causó más polémica. A diferencia de en los EEUU, la película El Guardaespaldas (1992), cursi, de guión simple, previsible, en España no causó un revuelo particular. El documental de Kevin Macdonald nos recuerda que en Estados Unidos y en aquel año de las olimpiadas de Barcelona-92, todavía resultaba impensable que un blanco besara a una negra. 
Detalles como éste son los que hacen que este documental interesante, ilustrativo, entretenido y recomendable. Quizás el director se extienda demasiado situándonos de forma demagógica en contexto político y social para llevarnos por una autopista equivocada. Esto hace que el verdadero problema de la Whitney, convertida por su séquito familiar y sus amigos en la “gallina de los huevos de oro”, pase a segundo plano. Porque fue este entorno el que llevó por la calle de la amargura a la cantante hasta conducirla, lenta y pausadamente hacia la autodestrucción. Viéndose incapaz de salir de la zona de confort que los demás esperaban que ella les mantuviera ad infinitum, fue declinando por la pendiente hasta su triste final. Es difícil situar la frontera de quien fue más culpable. 

Después de las dos horas de proyección, de este cuidadoso documental, uno se pregunta si vale la pena conocer al dedillo las biografías de nuestros artistas favoritos: porque una cosa es la música que toca un instrumento y otra muy distintas las circunstancias en las que ha sido fabricado y cómo se utiliza. Y es posible que lo importante sea, únicamente, cómo suena.

domingo, 10 de junio de 2018

Salyut-7... de Klim Shipenko



Hasta ahora los “héroes del espacio” eran los astronautas de la NASA, incluso los jubilados (véase Cowboys del espacio, 2000). Desde la fundación de la NASA, esta agencia entendió que su primer gran objetivo no era llegar a la Luna, sino ofrecer al contribuyente un espectáculo lo suficientemente atractivo como para que no tuviera inconveniente en pagar la fiesta. En la URSS ni siquiera hizo falta porque el presupuesto de investigación espacial estaba incluido en el capítulo de defensa y éste fue, hasta la perestroika, secreto. Hoy, los rusos quieren ofrecer al mundo el mismo espectáculo y lo hacen sin tanta épica como sus competidores. La película Salyut-7 podría ser tanto un elogio a la rusticidad y a la fontanería como a los cosmonautas de la Unión Soviética.

La película nos narra la recuperación de la estación espacial Salyut-7, que efectivamente se produjo en 1985 gracias a la acción de dos cosmonautas soviéticos. Un accidente, cuando la estación estaba desierta, hizo que empezara a girar loca y descontroladamente. Para rescatarla y ponerla de nuevo en órbita normal era preciso abordar la nave, pero, a la vista de lo aleatorio de sus oscilaciones era prácticamente imposible que una cápsula espacial pudiera acoplarse a ella. Así que las autoridades del programa espacial soviético recurrieron a dos astronautas lo suficientemente hábiles como para pensar que la misión no sería un desastre y lo suficiente heroicos para atreverse a algo que, técnicamente era, sino imposible, sí al menos, difícil en grado sumo.

Después de ímprobos esfuerzos, cuando lograron acoplarse e introducirse en la estación espacial, el interior estaba congelado al haberse desactivado los paneles solares que le aportaban energía. Peor fue cuando lograron descongelarla y se produjo un cortocircuito en la cápsula que les había llegado allí, impidiéndoles el regreso. Los norteamericanos echaron un capote y al final fueron rescatados. La película nos cuenta la historia de este rescate y empieza con la anterior misión de uno de los astronautas que quedó extasiado al ver una luz blanca y cegadora en el espacio.  Dado de baja del servicio solamente fue requerido cuando lo que ocurrió, se precisó el concurso de alguien experimentado.

Bien, si este es el contenido, la película, vale la pena valorar el conjunto desde el punto de vista cinematográfico. A todas luces se trata de una película fascinante y emocionante, con buen pulso narrativo, interés y emoción. En su casi hora y medio de metraje, la acción es extremadamente realista y se reconstruye a la perfección lo que era la vida en aquella especie de barraca orbital. El espectador entiende pronto que las cosas en el espacio siempre pueden ir a peor. 

Se trata de la producción más cara de la cinematografía rusa moderna. Lo esencial del presupuesto se lo han comido los efectos especiales y damos fe de que son tan buenos como los utilizados por Hollywood. Es más, la habilidad de esta cinta consiste en emplearlos con mesura. Nada de excesos a lo Gravity (2013) que terminan convirtiendo a la producción en un mero efecto de una serie de explosiones por ordenador, sin más interés. 

La alusión al gremio de la fontanería viene a cuento de que, finalmente, los astronautas logran solventar un problema técnico en el exterior de la nave, a golpes de martillo, como en las herrerías medievales. La aventura especial soviética fue mucho más tosca que la norteamericana que, en el fondo, era puro show. En esta cinta, este aspecto se nota perfectamente en las escenas que ocurren en la central de control en tierra. 

Se dirá que, en las películas de astronautas norteamericanas, lo esencial son las personalidades de los astronautas (el espectáculo necesita héroes con nombres y apellidos), pero en la antigua URSS y en la Rusia de siempre, el ciudadano siempre se ha subordinado al Estado, de ahí que la misión de los astronautas es más importante que sus personas, algo que esta película refleja perfectamente. Sin embargo, los dos protagonistas de la película tienen los rasgos justos para entender su idiosincrasia. Protagonizada por Vladimir Vdovichenkov (Leviathan, 2014”) que interpreta al piloto Fedorov y Pavel Derevyanko en el papel del ingeniero Alekhin, servirán como un binomio que se contrarresta. Cada personaje tiene una vida y personalidad bien diferenciadas. Fedorov ya ha estado en misiones anteriormente y ha sido cesado de su puesto tras sufrir una visión en su última misión. Por otro lado, Alekhin ha diseñado la estación espacial pero nunca ha tenido la oportunidad de ver viajar al espacio.

Una buena película que transcurre en los últimos años de la Guerra Fría, cuando la URSS ha está en la recta final que llevará a su desmantelamiento. Gustará a los interesados por la cosmonáutica y la carrera espacial vista desde el lado soviético. También a los que aspiran a completar sus conocimientos sobre el cine ruso y sus derivas actuales. Si han seguido películas del género de Apolo XIII (1981), Space Cowboys (2000), Alunizaje: el vuelo del Apolo XI (2009), etc, ahora les toca ver episodios simétricos de la “otra acera”. Y, desde luego, ésta es una muy buena película sobre este tema. 


Klim Shipenko director de Salyut-7 de 34 años, ganó el premio a la mejor película de 2017 en la ceremonia de los Golden Eagles que se celebró en el cine moscovita Mosfilm.

domingo, 27 de mayo de 2018

Corporate... de Nicolás Silhol




El 7 de Julio de 2016, la fiscalía francesa pidió procesar a los directivos de France Télécom por la oleada de suicidios de sus empleados. En efecto, entre 2007 y 2010, con el momento clave de la gran crisis económica mundial, la empresa inició su reestructuración interior con el despido de 22.000 empleados y el cambio de otros 14.000. Sesenta empleados de distintos grados se suicidaron en apenas tres años, muchos en su propia oficina y atribuyendo la responsabilidad de su acto a la empresa y a su política de despidos. La película Corporate, aborda esta temática y lo hace con una brillantez y claridad notables en lo que puede ser considerada, por el momento, como la mejor película de temática social del año.

Una directiva de Esen establecía un método de despido para que la empresa pudiera ahorrar miles de millones en indemnizaciones: se trataba, simplemente, de aprovechar los datos que el propio empleado había facilitado en sus entrevistas con el departamento de “recursos humanos” a la hora de ingresar en la empresa, para volverlos contra él y conseguir que, dimitiera de la empresa por iniciativa propia. Es evidente que estos métodos tenían mucho que ver con la mentalidad del trabajador francés (poco dado a la movilidad laboral y que rechazaba cambiar de ubicación por cuestiones familiares y por hábitos adquiridos) y con el descenso de la influencia de los sindicatos, especialmente entre los “cuellos blancos” (trabajadores del sector servicios).

La película nos muestra a una ejecutiva de recursos humanos especializada en iniciar esta forma de bullyng laboral. Lo hace fríamente y sin que le interese en nada el destino de los pobres diablos a los que condena a la indigencia económica, a la precarización de sus condiciones de vida o a la inestabilidad familiar. Después del suicidio, en la propia empresa, de uno de estos empleados, empieza a plantearse la moralidad de lo que está haciendo. Un grupo de ejecutivos japoneses de fiesta que conoce casualmente, se hacen llamar “asesinos” (asesinos laborales) y tienen la piel muy dura: ellos han despedido a cientos de trabajadores y tienen en su haber la responsabilidad de decenas de suicidios, así que por un solo despedido que se haya muerto, nuestra ejecutiva no debería de preocuparse. El problema es que, en un momento dado, la propia empresa aplica con ella, la misma política. Y es entonces cuando destapa el caso.

La película no es solamente el testimonio de un luctuoso suceso que sacudió la vida laboral francesa no hace mucho y cuyas responsabilidades penales todavía deben sustanciarse, sino que es la demostración de que la figura del psicópata es la más competitiva dentro del actual modelo político, económico y laboral. No es solamente que se tenga la sospecha de que las empresas están dirigidas por auténticos psicópatas, sino que las cúpulas exigen a sus directivos el que se comporten como tales. Además, la película nos muestra como un Estado (la Quinta República Francesa) tiene un parlamento que escupe leyes sociales, pero un sistema empresarial mucho más fuerte que cuenta con recursos suficientes para eludirlas, contornearlas, ante la deserción de los sindicatos que ni pinchan ni cortan, ni nadie toma ya en serio.

La película está en la línea de muchas películas sobre empresas, a vote pronto nos acordamos del Método Gronholm.

La película aborda, pues, un tema, a todas luces, interesante y actual. Y lo que es mejor: está bien realizada y perfectamente interpretada por Céline Sallette (que se llevó un César a la “Mejor Actriz Revelación”).  La habíamos visto fugazmente en El Capital (2012) de Costa Gavras o en la fallida revisión de The French Connection (Conexión Marsella, 2014), pero en esta película ha alcanzado su confirmación definitiva. La película está dirigida por Nicolás Silhol y constituye su ópera prima; un estreno brillante. Recomiendo consultar las entrevistas que la prensa ha realizado a  Nicolás Silhol… son muy sustanciosas.

Una última observación: hay que valorar correctamente el final de la película. No es que la protagonista se redima y pase a ser una “buena persona”, sigue siendo la “asesina laboral” de siempre, sólo que ha respondido al ataque del que ha sido objeto por parte de la empresa. Si este ataque no se hubiera producido, habría seguido aplicando la Directiva A-16 para despidos sin indemnización… y sin importarle lo que ocurriera después. 

viernes, 18 de mayo de 2018

The Habit of Beauty... de Vicenzo Amato



La Sala Texas, propiedad del veterano Ventura Pons ha estrenado en España la película de Mirko Pincelli, The Habit of Beauty. Rodada en el Reino Unido en 2016, no se había proyectado en España. El propio director reconoció que se trataba de una película casi autobiográfica, o al menos en donde el lastre personal de su vida pasada había tenido un papel decisivo en su configuración. Aquí reside el principal problema de esta cinta como veremos.

La película nos muestra una pareja de italianos residentes en Londres que se ha separado después de que su hijo perdiera la vida en un accidente. Ella ha logrado reconstruir su vida con un nuevo compañero, mientras que él se refugia en la fotografía y da cursos en las cárceles. En uno de estos cursillos, conoce a un chico joven, condenado por haber participado en un episodio propio del ambiente en el que se movía. A medida que avanza la película, siente cada vez más simpatía por este joven al que le regala cámaras de fotografiar y con el que sigue en contacto una vez liberado hasta el punto de entregarle las llaves de su apartamento para evitar que siga en contacto con los ambientes de la delincuencia que tratan de integrarlo. Es evidente que el fotógrafo está intentando compensar con el joven la pérdida de su hijo, máxime cuando a él le han diagnosticado una enfermedad terminal. El joven, como buen alumno, saldrá adelante y demostrará tener actitudes artísticas contrariamente a lo que creían sus padres. 

Hasta aquí el guión. No existen grandes sorpresas, giros inesperados, ni momentos cumbres. Y se entiende porque es la opera prima del director que, hasta ahora solamente había realizado documentales. Si tenemos en cuenta esto, veremos que es normal que no haya estado en condiciones de dirigir a los actores y que estos hayan ido por su cuenta: Vicenzo Amato, tiene experiencia suficiente como para salir airoso. Por su parte, Francesca Neri, actriz de ojos más que sugerentes, ha cometido el craso error de recauchutarse (innecesariamente) los labios. Su rostro se ha convertido en inexpresivo y ha adquirido una expresión extraña, si tiene la cara fija pero es que si empieza a gesticular, por mucho que uno se esfuerce, esos labios esculpidos a base de lingotazos de botox, no logra desaparecer. Es prometedor el actor joven Nico Mirallego, hace una interpretación muy convincente así como la inestimable interpretación de Noel Clarke.

El guión hubiera podido ser algo más elaborado y la carga de melancolía y tristeza, propia de alguna vertiente del alma italiana, habría debido atenuarse. Parece como si volver a las raíces fuera un trabajo metafísico propio de tragedia griega. Sobra algo de solemnidad pretenciosa. Obviamente, el título de la película –The habit of beauty- tiene que ver con la fotografía, así pues, con la imagen. Sin embargo, no vemos magnificencia en las imágenes.

No le faltan cualidades al director para ir progresando y adquiriendo oficio, o más bien, para transformar el oficio que tiene como documentalista, en director de películas con actores y guión. En esta primera, él mismo lo ha dicho, ha querido trabajar un tema que conoce bien: en rueda de prensa reconoció que, gracias a haberse alejado de Italia, pudo salir del circuito en el que se educó y de sus relaciones personales, que lo mantenían atrapado.

Se trata, pues, de una película muy personal, de autor, con un happy end final que no convencerá a todos (no siempre existe la esperanza de una redención para jóvenes que se sienten atrapados y tentados por caminos problemáticos o por la simple vagancia). La pregunta de por qué Ventura Pons la ha traído a Barcelona se responde por la tendencia que ha demostrado en favorecer las carreras de chicos jóvenes que, en el fondo, es el leit-motiv de The habit of Beauty. 

Película recomendable para gente joven que aspira a encontrar un mentor, especialmente si se encuentran en situaciones difíciles. Película para amantes del cine intimista y de los problemas internos de personajes desesperados y depresivos. 

Sweet Country... de Warwick Thorton



En 1929 tuvo lugar el asesinato del encargado de una explotación agrícola en Australia. Del crimen fue acusado un aborigen que resultó, finalmente, absuelto. Aparentemente, no es un gran tema. El tiempo transcurrido, la lejanía geográfica y el hecho de que la Australia de 1929 no sea la del 2018, parecen restar interés a la cinta. Y si lo tiene, porque nos enseña muchas cosas sobre aquel país e incluso porque se trata de una película bien realizada en la que la fotografía y el sonido –incluso su ausencia- son esenciales. 

Recientemente, la serie de tv Banished, nos ha enseñado cuál fue el origen de la ciudad australiana de Sidney. Gracias a ella sabemos que los primeros colonos que llegaron eran colonias penitenciarias. Determinados delincuentes presos en cárceles inglesas recibieron la oferta de abreviar sus condenas en la remota Australia, a cambio de no volver a la metrópoli. Muchos aceptaron y, por tanto, puede decirse que la población de algunas zonas de Australia tuvo un origen de destierro penitenciario: unos eran presos (de ambos sexos) y los otros guardianes. Claro está que unas generaciones después, la situación se había estabilizado. Sin embargo, en 1929, al parecer, quedaban algunos elementos “anómalos” en la vida australiana, como aquel anglosajón que llega para hacerse cargo de una explotación y con el que arranca la película Sweet Country.

Se trata de un tipo iracundo, racista e intolerante que al pedir ayuda a la explotación vecina, dirigida por un pastor protestante que trata a los aborígenes como iguales, al referirse a estos los llama “ganado de ovejas negras”. Aun así, el pastor transfiere a una familia para que apoyen al recién llegado en su explotación. Éste encadena al niño que va con ellos y su huida provoca una reacción extemporánea en la puerta de la vivienda de los aborígenes. Entonces se produce la muerte del anglosajón. Lo que sigue a continuación es la detención de la familia aborigen y el juicio por asesinato. Para saber cómo termina, deberán ver la película.

La cinta, podría ser un “western”, si esa palabra se aplicara en Australia. Como en las muestras de mayor calidad de este género, el paisaje es algo fundamental que el director, Warwick Thorton explota con habilidad y buen gusto. Gracias a las imágenes podemos hacernos una idea de que Australia es un país hostil, demoledor, desértico. Es cierto que apenas hay banda musical, pero, sin embargo, el sonido tiene mucho protagonismo y los silencios resultan extremadamente elocuentes. Y luego está el montaje en el que proliferan imágenes que anticipan desarrollos futuros que veremos en la película. Estos flash-backs a la inversa, lejos de constituir spoilers nos generan interés e inquietud por saber cómo se ha llegado a esas situaciones. Son como piezas de puzzle que nos entregan sin poderlas encajar dado que no se ha construido todavía la historia.

Resultan particularmente curiosas las escenas del juicio, celebrado ante una taberna y con algunos espectadores tumbados en hamacas. Nos muestra que hace 100 años, el país estaba como el far-west a lo largo del siglo XIX. Alguno puede preguntar ¿por qué esta película y por qué ahora cuando los aborígenes australianos supervivientes son privilegiados a los que, solamente por el hecho de serlo, son objeto de subvenciones y subsidios reparadores de injusticias pasadas? La película intenta ser –y es lo que la justifica- un alegado contra el racismo colonialista y aparece en un momento en el que parece existir una ofensiva mundial en esa dirección, por mucho que ya no exista colonialismo. Otro elemento interesante es la percepción del alcohol como “arma de destrucción masiva” que trituró a los aborígenes.

No es originalidad, pues, lo que se le pide a esta cinta, especialmente en su fondo, sino que, si vale la pena verla es porque constituye un entretenimiento, que alcanza en algunos momentos rasgos espectaculares. El paisaje pasa a ser uno de los protagonistas, mudo e inerte, pero no por ello menos importante. 

Quedaría decir unas líneas sobre los actores y sobre el director. El director, claro está, es Australia y quizás se identifique con la última frase pronunciada por el pastor protestante con la que se cierra esta película “¿Qué será de este país?”, más que pregunta,  exclamación y lamento. En sus anteriores películas (We Don’t Need a Map, 2017; The Turning, 2013; Samson & Delilah, 2009…) ya había demostrado lo mucho que le interesa profundizar en las raíces históricas de su país y especialmente en la cultura aborigen. Ésta película va en la misma dirección. Hamilton Morris (“Sam”, el aborigen), hace un papel absolutamente convincente, mientras que Ewen Leslie, actor australiano, ejerce de granjero iracundo y violento como secuela de su participación en la Primera  Guerra Mundial. Bryan Bown está estupendo tanto o más que Sam Neill.

Una buena película que el espectador  sabrá apreciar, siempre y cuando lo que hemos dicho aquí encuentre algún eco en su interior. Pero, aun cuando el tema no le interese, quizás las imágenes logren hacerle permanecer sentado e emocionado en la oscuridad de la sala de proyección.

lunes, 14 de mayo de 2018

Le Semeur. La mujer que sabía leer... de Marine Francen



La opera prima de Marine Francen tiene la virtud de plantear el perfil femenino con extraordinaria naturalidad y de manera práctica. Quizás esa sea su mejor cualidad, junto a un buen trabajo de los actores y una excelente fotografía que en algunos momentos recuerda a los pintores clásicos. El guión, elaborado en parte por la propia directora, hace un esfuerzo por acercarnos a la feminidad y a la sensualidad, y lo hace de una manera particularmente comedida (lo que, en ocasiones, da la sensación de que los instintos más volcánicos están ausentes en muchas mujeres).

El título carece de importancia (tampoco es que estemos proponiendo títulos spoilers). No es, desde luego, tan relevante como se ha querido señalar para vender esta película en años de reivindicación feminista. Estamos en 2018 y, a estas alturas, se han producido innumerables películas sobre este o parecidos temas. 

La película de Marine Francen, está elaborada con tonos melodramáticos y situada en la segunda mitad del siglo XIX durante el comienzo del Segundo Imperio. Napoleón III, se convierte en el nuevo emperador de Francia. Esto hace que sus antiguos aliados republicanos pasen a ser considerados como sus enemigos. Allí donde existía un núcleo de resistencia republicana, allí acudían las tropas para desbaratarlo. En alguna de estas poblaciones –como la que esta película sitúa la trama- todos los hombres son arrestados. Quedan solamente las mujeres para realizar los trabajos (temática que constituye también la base de la serie de tv Cuando habla el corazón, si bien es una catástrofe en la mina la que ha hurtado al pueblo de todo varón). Pero hay un riesgo: ¿qué ocurre si aparece un hombre? Las mujeres pactan que no será para una sino para todas. Utilización “comunista” (y “consumista”) del varón. Tal es la reivindicación de la película. Obviamente, aparece ese hombre... No es cuestión de desvelar lo que ocurre a continuación.

Se trata de una situación extrema ante la que se abre la oportunidad de socializar y compartir un único recurso. Vemos a mujeres luchando con sus deseos… aunque de modo muy controlado y sin sobresaltos dentro de una modestia erótica. La película plantea una problemática curiosa, no sabemos si se ha producido en la vida de los numerosos pueblos masacrados por las guerras. 

La película está basada en una novela anterior que la directora-guionista ha adaptado. Se trata de un relato del siglo XIX escrito por una testigo presencial, Violette Ailhaud. Ésta no escribió una novela, sino que realizó algunos apuntes y diarios que entregó a sus hijos cuando estaba a punto de morir ya en las primeras décadas del siglo XX. Fue noventa años después, en 2006, cuando se publicó el texto que ahora se lleva a la pantalla de manera bastante fidedigna.

La parte positiva es que la historia resulta agradable, llevadera, a pesar de que hubiera podido ser contada con algo más de rapidez, sin duda producto disculpable de la primera incursión de Marine Francen en la dirección. No hemos de creer, sin embargo, que le falte experiencia: de hecho, la ha adquirido a la sombra de directores como Michael Haneke y Olivier Assayas. La fotografía es de una calidad envidiable y, en su conjunto, resulta interesante. Está rodada por completo en Lozère en la parte norte de Cevennes (Francia).


jueves, 3 de mayo de 2018

Custodia Compartida (Jusqu'à la garde)... de Xavier Legrand



Hasta ahora, Xavier Legrand solamente había dirigido un corto conocido en España (Antes que perderlo todo, 2013) firmado junto con Alexandre Gavras (cinematográfico apellido que, efectivamente, resulta ser el del hijo de Costa Gavras) y que mereció un premio de la Academia Francesa. Custodia compartida es, pues, su primer largometraje, que compitió en la 74ª Mostra de Venecia y en el Festival de San Sebastián, siendo premiada en ambos casos. Así que, en principio, la experiencia que le falta a Legrand, la suple con una opera prima que, indudablemente, ha sido reconocida internacionalmente.

La película nos habla de algo, lamentablemente, muy común: los problemas que arrastran los divorciados por la custodia de sus hijos. No hay legislación que pueda resolver el asunto. En realidad, el mero título de la película es casi un spoiler. Así pues, no es originalidad lo que podemos encontrar en esta cinta, sino el análisis de algo que se ha convertido en cada vez más cotidiano. El hecho de que el análisis de la situación sea extremadamente correcto es lo que hace que la película haya llamado la atención. El hecho de que Custodia Compartida sea casi una película de terror –terror doméstico, hay que decirlo- es, simplemente, por que una situación extrema es la mejor excusa como para plantear un problema que ha devenido casi cotidiano.

La película nos muestra a una pareja de divorciados. Ella solicita la custodia exclusiva de su hijo. ¿El motivo? Sostiene en la demanda judicial que el padre es violento. La pareja ha tenido dos hijos. La mayor, es una muchacha insustancial que solamente piensa en su vida amorosa: cualquier cosa que vaya más allá le parece demasiado distante para ella. El hijo menor, en cambio es un maltratador hacia su padre, aunque, como podremos ver, a medida que avanza la película, el patrón de maltrato es algo que se aprende en familia y se copia. La película nos cuenta cómo se desarrolla la petición de custodia exclusiva. Nos mostrará las divagaciones de la judicatura y cómo los jueces ven el problema. El padre se ve a sí mismo, como un padre despreciado, no soporta el destierro del hogar familiar y el hecho de que su mujer haya reconstruido su vida, disfrute de un piso de protección para mujeres maltratadas, mientras él sigue en su amargada soledad. En un momento dado estalla y se toma la iniciativa sin considerar las leyes o los códigos de comportamiento social.

Seguro que a algunos este tema les sonará en carne propia o a través de algún conocido. Si atribuimos un valor universal a la película, lo visto es aplicable a muchos casos de divorcio con hijos. Obviamente, para elevarla a producción cinematográfica, ha habido que extremar los rasgos de algunos personajes, pero el fondo de la cuestión nos remite a tal o cual situación que conocemos bien. 

Es todavía más meritorio el hecho de que sea una ópera prima y que el director (y, al mismo tiempo, guionista) se haya atrevido con un tema que, en cualquier caso, resulta incómodo. Hubiera podido caer en una visión sentimentalista y emotiva a favor de una o de otra parte. Afortunadamente, lo que nos presenta es una visión áspera y realista de un problema que está presente en nuestras sociedades y que, se mire por donde se mire, tiene difíciles salidas. Existe además una correcta a inteligente dosificación de las situaciones de tensión. Y, además, lo que vamos a ver nos sorprende: lo que, en principio –a partir de las primeras escenas- creemos que va a ser un simple “drama social”, va convirtiéndose, a medida que avanza la trama, en un verdadera e intenso “thriller psicológico”.

Muy bueno el casting. Conocíamos a Léa Drucker, entre otras cosas, por haberla visto recientemente en series como Le bureau des légendes (2015, Oficina de infiltrados) que resume una larga trayectoria de interpretaciones. Otro tanto puede decirse de Denis Menochet, poliédrico actor con brillantes actuaciones en películas de género negro (incluso está presente en la versión de Asesinato en el Orient Espress, en la que David Suchet encarna a Hércules Poirot), en secuestros (7 Días en Entebbe)  y en dramas familiares (Pieds nus sur les limaces, 2010) o en películas de aventuras (Robin Hood, 2010), aportando su experiencia y buen hacer. Incluso el niño, Thomas Gioria, luce una genial interpretación.

Una película sobre la violencia doméstica y la mentira. Su interés y su alcance son universales. Gustará, claro está, a los que sientan cierta predilección por los dramas psicológicos. No crean que van a ver una réplica europea de Kramer contra Kramer (1979), ni que nada que se parezca a algo que hayan visto hasta ahora en la pantalla. Es otra cosa que casi se podría llamar “realidad mejorada”, de no ser porque éste término tiene hoy connotaciones cibernéticas. 

martes, 1 de mayo de 2018

BCN FILM FEST 2018. Roman J. Israel, Esq... de Dan Gilroy




El BCN FILM FEST de Barcelona ha terminado con la proyección de esta película cuyo principal atractivo es estar protagonizada por Denzel Washington  que cumple con creces las expectativas depositadas en él. Nos hubiera gustado mucho su presencia como guinda del pastel de la semana BCN FILM FEST porque estamos convencidos que le hubiera dado una mayor proyección internacional. 

Si debiéramos valorar la película en función de la actuación de su protagonista, merecería, indudablemente, un diez. Lamentablemente, es necesario considerar otros factores que entran en juego y que deslucen algo la cinta. 

La película lleva el nombre del protagonista y éste es un abogado idealista que trabaja para un pequeño bufete de Los Angeles propiedad de un respetado abogado que pronto cae en coma después de sufrir un ataque al corazón. El protagonista, que hasta ese momento, se ha limitado a preparar informes, debe de asumir recursos y apelaciones. El bufete está próximo a la quiebra, y el encargado de suceder al propietario, un ególatra codicioso, liquida el bufete y  ofrece trabajo al protagonista que, finalmente, acepta a regañadientes. Pero no termina de encajar en la empresa, a pesar de lo cual empieza a defender asuntos en los tribunales. Si este es el arranque de la historia, lo que la película nos ofrece a lo largo de sus casi dos horas de duración es un drama judicial clásico que es, como no podía ser de otra manera, una crítica al sistema judicial norteamericano.

El problema de la cinta es el argumento que presenta un despliegue de temas diversos que no logra tratar en profundidad. Aparecen demasiados personajes vinculados a un solo tema y que prolongan su presencia en las escenas más allá de lo necesario. Varias de las escenas son, así mismo, completamente prescindibles. Así mismo, cabría decir que uno de los principales elementos negativos de esta película es que tarda en entrar en materia y, cuando lo hace, queda ya poco metraje para poder desarrollarlo. La película está visiblemente descompensada y hubiera necesitado de un acelerador.

De los dos personajes centrales, Denzel Washington destaca y logra configurar un personaje introvertido, meticuloso, trabajador abnegado en las “máquinas del barco” y entregados a su vocación de defensor idealista de los derechos civiles. Una actuación igualmente impecable es la de Colin Farrell, si bien su actuación es algo más plana.  

Es el segundo largometraje de Dan Gilroy, su director, viene cuatro años después de Nightcrawler (2014) una de esas óperas primas que, extrañamente, dejó a todo el mundo satisfecho y cosechó críticas mayoritariamente positivas. Esta segunda película no tendrá la misma unanimidad.  Su estreno en los EEUU reportó apenas un poco más de la mitad de la inversión y la esperanza de la productora es que el mercado europeo transforme los números rojos en negros.
No es, desde luego, una película inolvidable. Puede verse porque su realización es pulcra y las actuaciones satisfarán a los seguidores de Denzel Washington y Colin Farrell, así como a los fanáticos de las películas de abogados, pero “falta algo”. Y ese algo es lo que separa a un película correcta de otra inolvidable y genial..

jueves, 26 de abril de 2018

BCN FILM FEST 2018. Chappaquiddick. El Escándalo de Ted Kennedy... de John Curran



En realidad, el título es reiterativo, porque mencionar el apellido Kennedy es ir de escándalo en escándalo. Claro está que a JFK, se los cubrieron en vida. Con el hermano mayor muerto en la guerra, JFK con su cita de Dallas, Bob Kennedy, cuando iba para la nominación como candidato demócrata, asesinado por Sirham Bishara Sirham, quedaba Ted como el “presidenciable” de la familia, el hermano menor. Sus esperanzas se hundieron en Chappaquiddick el 18 de julio de 1969.

Se sabe lo que ocurrió: el padre de los Kennedy se encontraba con la salud muy mermada y no reconocía la capacidad de su hijo para asumir la candidatura y la presidencia de los EEUU. Este es uno de los aspectos de la película: la lucha entre padre e hijo. Ted se va a presentar contra Nixon en las próximas elecciones. Es, al menos, el candidato demócrata más seguro. Además, “América” se lo debía a los Kennedy. Pero Ted, no solamente no era el más inteligente de la familia, sino que además, era un completo patoso en política. En esta película su figura, desde luego, no queda indemne. Venía de una fiesta junto a su secretaria y promotora de su campaña, Mary Jo Kopechne. No debía estar muy sereno porque al pasar por un puente el vehículo cayó y la joven pereció.  Estos son los hechos desnudos de los que nos habla esta película: esto y de la reacción de su padre quien intentó que, en lugar de presentarse a la policía, se buscara una coartada. El padre era perfectamente consciente de que en un país como los EEUU, un candidato presidencial quedaba inhabilitado por completo –fueran cuales fueran sus méritos, y los de Ted Kennedy no eran muchos- para estar presente en la competición electoral. !Que estupideces se hacen cuando la marca del padre produce un estigma de infantilismo!  

El Chappaquiddick cayó algo más que el vehículo en el que viajaban Kennedy y su secretaria: descarriló por completo su carrera política que desde entonces se mantuvo siempre en unos niveles bajos hasta su fallecimiento en 2009, a los 77 años. Lo que nos muestra la película, no es solamente el accidente o la relación que Ted podía tener con Mary Jo, sino cómo se puso en marcha el aparato para proteger la carrera política del candidato. Éste aparece como poco valorado por su padre, con una increíble tendencia a meter la pata y a no prever las consecuencias de sus actos (el padre fallecería apenas cuatro meses después del accidente).

La película está dirigida por John Curran, guionista y director que siempre ha trabajado con la flor y nata de Hollywood (con Edward Norton en El velo pintado, 2006; con Robert de Niro y Milla Jovovich en Stone, 2010) y ahora con los más discretos Jason Clarke (“Ted Kennedy”) y Kate Mara (“Mari Jo”). Desde luego, con esta película Kate Mara se configura como una de las actrices que más veces han muerto en las películas que ha filmado (una especie de Sean Bean en versión femenina).

Película bien realiza e, igualmente, correctamente interpretada, pero que dista mucho de alcanzar niveles de genialidad. Es una película que bien hubiera podido ser una tv-movie. Es, en cualquier caso, entretenida y puede interesar a los que recuerdan el tropezón de Ted Kennedy en su carrera presidencial, para los que quieren conocer un fragmento de la historia norteamericana del siglo XX, para los aficionados al cine “sobre los Kennedy”, que cada año, en la gran pantalla o en el plasma va registrando alguna incorporación nueva.  Para la historia: el accidente de Chappaquiddick ocurrirá tres días antes que la llegada del Apollo 11 a la Luna y cuando Franco nombra a Juan Carlos su sucesor a título de Rey (en uno de los diarios The New York Times que se muestran en la película, curiosamente la noticia aparece en pantalla).

Destaco la magnífica interpretación del actor Ed Helmes, aunque con un estilo propio de los años 60, se puede reconocer al integrante de la serie The Office

BCN FILM FEST 2018. Taxi Driver. Los Héroes de Gwangju... de Jang Hoon



A la vista de algunas series que circulan por los streammings televisivos, cuando a uno le dicen que tal o cual película es corea, en principio, toca madera. Si la “marcha china” es sinónimo de mala calidad, el cine coreano parece haber sacrificado la cantidad a la calidad. Y, sin embargo, si uno supera estas reservas mentales, puede ser que se tropiece con algún producto de mucha calidad y particularmente bien elaborado. Tal es el caso de Los Héroes de Gwangju, película filmada en 2017 y presentada hoy en el BCN FILM FEST de Barcelona.

La película, según se nos cuenta, está basada en hechos reales. En diciembre de 1979, un alto oficial del ejército de Corea del Sur, dirigió un golpe de Estado que instauró en el poder a un gobierno particularmente duro que se prolongó durante diez años. El nuevo presidente-dictador del país, Doo-hwan implantó la ley marcial, cerró las universidades y prohibió los derechos democráticos fundamentales. Se produjeron obviamente protestas masivas y disturbios que fueron particularmente duros en la ciudad de Gwangju en donde se sitúa la trama de esta película. Al parecer, los disturbios en esa localidad duraron varios días y dejaron un reguero de sangre. Durante casi una semana, la ciudad permaneció aislada, mientras el ejército proseguía con la desarticulación de la oposición.

Es en este contexto –que hemos recordado en sus líneas generales- es en el que se sitúa la trama de esta película. Nos muestra a un periodista germano que presenció en vivo y en directo las masacres que tuvieron lugar en esta ciudad, siendo ayudado por un taxista (taxi driver) de la capital coreana. La película nos muestra la historia de este taxista, un hombre modesto y sin complicaciones, al que solamente le interesa su trabajo y su familia. Para él, todo lo demás –incluida la situación y los cambios políticos que en ese momento se estaban produciendo- quedaba demasiado lejos de sus expectativas. Inicialmente, lo que mueve al taxista a aceptar el encargo (excepcionalmente bien remunerado) de llevar a un periodista a Gwangju es el dinero. Luego, sus orientaciones personales van variando a la vista de lo que se encuentra en la ciudad. La película, lo que nos está describe es un “viaje iniciático” en el que el taxista sufre una mutación interior. Su código del honor se rompe al implicarse en las manifestaciones

La película es excesivamente larga y quizás hubiera podido comprimirse en hora y media, quedando fuera otra hora de metraje. La fotografía es particularmente buena, y las imágenes de las manifestaciones y de las cargas policiales, están muy logradas. El guión y algunos diálogos figuran también entre lo más atractivo de esta cinta, en especial cuando los protagonistas evidencian sus dudas.

Se cuenta que la historia es verdadera y que, sin el concurso del taxista, el periodista alemán nunca hubiera podido transmitir informaciones sobre lo que estaba ocurriendo en aquella ciudad. Después, el periodista estuvo intentando contactar de nuevo con el taxista, pero éste le había dado un nombre falso y nunca lo encontró. Falleció en 2016.

Una película particularmente bien hecha que, simplemente, nos reconcilia con el cine coreano y que recomendamos, especialmente a los interesados por el cine político.

martes, 24 de abril de 2018

BCN FILM FEST 2018. El Mejor Verano de mi Vida... de Dani de la Orden



Cuando estaba viendo esta película, más que nunca, Leo Harlem, me ha recordado a aquel cómico catalán de los años 60, muerto prematuramente que fue Castro Sendra Barrufet, más conocido artísticamente como “Cassen”. Inicialmente Cassen era un humorista que participaba en programas de radio y en locales de variedades. Poco a poco, sin embargo, especialmente, a partir de que Berlanga le ofreciera debutar en el cine como protagonista de Plácido (1961), Cassen demostró ser un gran actor. Su repasan clips de youTube verán que el humor de Cassen no es muy diferente al de Leo Harlem: ambos eran hombres medios, a lo Sancho Panza, que aspiraban solamente a apurar de manera tranquila y realista lo que la vida ofrece a los humanos; les era muy fácil hacer el humor porque, en el fondo, reflejaba sus personalidades. Era, pues, un humor sincero. Por tanto, no me ha extrañado que Leo Harlem que viene haciéndonos reír durante una década, optará finalmente por pasarse al cine, por mucho que las ambiciones de esta cinta, El mejor verano de mi vida, ni el tono, no sean las mismas que las que depositó Berlanga en su Plácido.

No esperaba más que una colección de chistes y gags mejor o peor dispuestos al estilo de aquellas películas olvidables del llorado Chiquito de la Calzada. Lo que me he encontrado, en cambio, ha sido una película de humor, bien realizada, mejor interpretada y con algunos destellos dispersos de genialidad.

La película nos muestra a un lunático representante comercial limitado al mundo de los electrodomésticos de gama baja y que aspira a devenir una especie de bróker financiero. La familia no está en muy buena situación económica. Han ido acumulando deudas e impagados y puede considerarse que está en la cuerda floja de los embargos y las demandas judiciales. Y es entonces cuando al protagonista se le ocurre prometer a su hijo de nueve años, Nico, que si saca sobresaliente en todas las asignaturas, le regalará las vacaciones inolvidables que dan título a la película. Obviamente, el niño, que no había dado nunca un palo al agua en sus estudios, se esmera y se hace acreedor del premio prometido. Así que el padre se ve obligado a partir con su hijo en un viaje que, desde el primer momento, resulta sorprendente y educativo.

Todos los protagonistas son ampliamente conocidos en la escena española. Los hemos visto decenas de veces en televisión y siempre han realizado actuaciones brillantes en comedias que nos han hecho reír a carcajadas o, simplemente, sonreír, o apuntar en esa dirección. Harlem está, simplemente genial y lo mismo puede decirse del resto del cuadro de actores. Solamente cabría recomendar a Toni Acosta que desacelerara un poco sus actuaciones. El conjunto hace que la hora y media que dura la proyección se nos haga particularmente entretenida y que disfrutemos con lo que estamos viendo.

¿Le sobra algo a la cinta? Sí. Sobran esas “tomas falsas” del final que solamente tienen que ver con errores en la dicción y que las hemos visto tantas veces que llegan a cansar y que aparecen ya como irrelevantes para el espectador.

Sobre el director, Dani de la Orden, vale la pena decir algunas palabras. En primer lugar, cualquiera que se proponga hacer reír y pasar un rato agradable a sus semejantes, merece un elogio y mucho más si logra su objetivo. Y en esta película, lo logra. La anterior –El Pregón,  proyectada hace solo unas semanas- contó con la colaboración de Berto Romero, Goyo Jiménez, Belén Cuesta, etc, y ahí Dani de la Orden ya manifestó su intención de trabajar el género humorístico. Fue en Barcelona, noche de invierno, en donde empezó a introducirse en este género mezclándolo con historias románticas y dramáticas. En el mejor verano de mi vida, insiste en esta línea (anteriormente había hecho algunos cortos y documentales ambientados en Barcelona) y el resultado nos parece más sólido que los anteriores.

BCN FILM FEST 2018. El Fútbol ó yo... de Marcos Carnevale



El título que adorna a esta película argentina hace que solamente tiendan a acercarse a ella todos los que, de alguna manera, son aficionados, sino fanáticos, del fútbol, pero repele a los que nos trae literalmente al fresco. De hecho, no era esa película la que está crítica tenía intención de ver en el Film Festival de Barcelona, sino Barefoot, pero un providencial retraso en su emisión me indujo a ver la cinta argentina, por su origen mucho más que por su temática.

El caso que presenta la película no es raro. Lo conocemos todos: un aficionado al fúbtol, más que aficionado fanático, insoportable, que está perdiendo cada vez más el sentido de la realidad y arruinando sus relaciones familiares y sociales. No es un caso único, todos hemos vivido una situación parecida en nuestra propia piel o cerca nuestro. Para algunos, como para el protagonista de esta película, el fútbol es algo parecido a una secta destructiva, que le lleva incluso a ser despedido (había visto muchos partidos de fútbol en el puesto de trabajo). De una vez por todas, la sufrida esposa, se cuadra y le da un ultimátum: o el fútbol o ella. Explicar lo que ocurre a continuación supondría desvelar lo que el espectador tiene que descubrir por sí mismo. En realidad, lo que vemos es a un hombre tiranizado por una afición y que desearía, o bien que su esposa lo compartiera o bien que se dedicara con la misma intensidad a cualquier otra afición.

La película se hace entretenida pero está muy lejos de apurar el tema. Hubiera hecho falta pulir un poco más el guión. Ciertamente, se trata de situaciones que son muy fáciles de interpretar y asumir y el trabajo ha sido fácil para los actores. Julieta Díaz realiza una espléndida actuación y dicción que es de agradecer. Lo mismo puede decirse de Alfredo Casero y de Peto Menahem. En cuando al protagonista, Adrián Suar, falta algo de expresividad en sus labios y, quizás por eso, cuesta entender su dicción y harían falta unos subtítulos.

Es una película llevadera y entretenida, con buenas dosis de comicidad, pero que se queda a medias. No es, desde luego, de las mejores comedias de su director Marcos Carnevale; como máximo, puede decirse que es ligeramente superior a su anterior comedia, Inseparables  (2016), pero bastante inferior a Viudas (2011).

Película de trámite, en cualquier caso, apta especialmente para familias y grupos sociales en los que alguno de sus miembros sea un adicto y fanático futbolero. Que, en España, por cierto, son legión.