lunes, 11 de febrero de 2019

High Life... de Claire Denis



Los viajes espaciales tienen cierto punch en materia cinematográfica: una nave perdida en el espacio es como una isla desierta de la que no hay escapatoria posible, claustrofóbica y angustiosa, sean quienes sean sus tripulantes. En este caso -y no es el primero en la historia del cine- se trata de asesinos que redimen condena participando en un viaje espacial sin retorno. La conmutación de la pena de muerte a cambio de no volver jamás al planeta tierra parece algo inherente a la cultura europea. Los EEUU y Australia, algunas colonias en el Brasil y en Nueva España fueron, o bien tierra de promisión para disidentes religiosos que querían construir el Edén en el Nuevo Mundo (es decir, visionarios de la peor especie) o bien tuvieron en su origen colonias penitenciarias. Así pues, la idea de enviar al espacio a criminales, es una adaptación de los viejos usos del mundo europeo. En cualquier caso, es el punto de arranque de esta película francesa.

Un grupo de condenados a muerte, han accedido viajar a las puertas de un agujero negro cuya energía de rotación se pretende aprovechar para resolver los déficits energéticos del planeta. Son depredadores y se comportan como tales, pero están aislados de la única autoridad que hay en la nave, la “doctora Dibs” (Juliette Binoche). Esta empieza a realizar experimentos con los presos, incluyendo los de naturaleza sexual. Nace una niña en el interior de la nave. Poco a poco, los presos van tomando conciencia de su condición de cobayas y de que lo que se pretende de ellos, no tiene nada que ver con la tarea heroica y decisiva para el futuro de la humanidad que se les había propuesto cuando estaban en el corredor de la muerte. 

Alguien ha dicho que la película incorpora la mejor escena de sexo espacial jamás filmada. Otros la han definido como la nueva 2001, una Odisea Espacial. Los hay que han destacado sus disquisiciones filosóficas y sus símbolos, mientras que otros consideran este aspecto como un tostón. Ciertamente, los europeos no son muy aficionados a componer películas de ciencia ficción. Este trabajo está mayoritariamente desempeñado por los estudios de Hollywood y esta película tiene factura francesa. Así pues, si uno cree que va a asistir a un thriller espacial con escena de violencia compulsiva, aventuras sin fin, efectos especiales cada dos por tres o giros inesperados en la trama, se equivocan de producto. Su directora, Claire Denis, habitual del “cine de autor” (y que no cuenta con el presupuesto habitual en las superproducciones hollywoodienses), ha optado por realizar una reflexión sobre la condición humana, el futuro de la especie y las repercusiones del aislamiento en el sexo y en las percepciones que los sujetos se hacen de sí mismos, reflexiones sobre los desechados, los marginados, los diferentes y los proscritos… en definitiva, una película que intenta hacerse un hueco en el “cine comprometido”.

Para poder aceptarla, el espectador tendrá que compartir los criterios ideológicos con los que trabaja Claire Denis. Y no está claro que todos los espectadores los vayan a compartir. La ideología y el “mensaje” se han superpuesto a la aventura y el espectáculo en esta cinta. En los festivales en los que se ha presentado, ha generado división de opiniones. En varios, Toronto entre ellos, el público fue abandonando la sala de proyección. Y es que la carga ideológica termina generando lentitud en la trama. 

¿Lo mejor? Obviamente las actuaciones de Juliette Binoche y de Robert Pattinson. La ambientación es deliberadamente sórdida e inhóspita para obligar al público a estar pendiente de los diálogos y las situaciones ¿Lo peor? Lo limitado del presupuesto ha hecho que la nave espacial parezca un contenedor o que los trajes espaciales tengan muy poca credibilidad. 

No es una mala película, es una película para determinado público, producto de la mentalidad y de las vivencias de su directora (se crió en distintos países del tercer mundo y a los 14 años se trasladó a la banlieu parisina, sin embargo, siendo de nacionalidad francesa, se sentía como extranjera en su patria, da la sensación de que ella misma hubiera podido participar voluntariamente como tripulante de esta nave). Habitualmente, esta directora prefiere rodar sus películas en escenarios naturales y no en platós y su cine usa encuadres estáticos, intentando que las expresiones de los actores reflejen estados de ánimo. Sus temáticas suelen tratar temas de compromiso social y cierto nivel de ideologización siempre está presente por vía de la provocación: aquí reside se basa en la idea de unos astronautas que no son ingenieros, ni técnicos, ni pilotos de pruebas, ni biólogos, sino simples asesinos, enviados a morir a borde una patera espacial.

Todo lo cual hay que tenerlo en cuenta a la hora de valorar esta cinta. Puede seducir o aburrir. Puede ser vista como una obra maestra o como un producto pretencioso. Unos pueden considerarla provocadora y otros confusa. A mí me ha seducido… pero no es evidente que a usted le opere el mismo efecto.

sábado, 2 de febrero de 2019

Tres desconocidos idénticos...de Tim Wardle



Hay experimentos extraños, insólitos y sobre los que no está muy claro cuál era la finalidad que se perseguía. Parecen el fruto de cerebros enfermos o proyectos de científicos locos. Esta película narra una de estas historias reales que se unen a otros proyectos como el famoso MK-Ultra o el proyecto Haarp. Lamentablemente, el documental deja algunas cuestiones pendientes y suscita más preguntas que respuestas.

Situémonos: dos estudiantes universitarios descubren por pura casualidad que son hermanos nacidos en el mismo parto. Luego logran contactar con un tercero. Inexplicablemente, se trataba de trillizos que fueron separados al nacer. ¿Por qué? ¿Por quién? Ellos son los primeros interesados en recuperar sus raíces y, por tanto, aprovechan el interés mediático en su caso, para indagar. Cada uno de ellos criados en tres distintas clases sociales. Luego consiguieron enterarse que existió un cuarto hermano que murió en el parto. También consiguieron saber que las adopciones se habían realizado siempre en la misma agencia y que cada una de las familias, el año anterior había adoptado una niña. Indagando un poco más se enteraron de que los tres eran de origen judío y que fueron “recolocados” por una agencia judía especializada (Louise Wise Services de New York) y que respondía a un experimento diseñado por dos psiquiatras, igualmente judíos, Viola W. Bernard y Peter B. Neubauer que estaban realizando un experimento de larga duración sobre gemelos judíos adoptivos y trillizos, que fueran separados en la infancia. El experimento -probablemente- quería analizar las repercusiones derivadas del origen social sobre las personalidades de trillizos. Neubauer, de nacionalidad austríaca, dirigía el Centro de Desarrollo Infantil, que luego se integraría en la Junta Judía de Servicios para Familias y Niños. Al parecer, el origen de los fondos para realizar el proyecto salió del Instituto Nacional de Salud Mental y de la Agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los EEUU.


Hay que decir, que los padres adoptivos no conocían el ser objeto permanente de observación por parte de los gestores del proyecto. Lo más sorprendente fue que otras familias y otros trillizos fueron igualmente separados de sus padres y confiados a distintas familias… ¿Quiénes? ¿Cuántos? Misterio, porque habrá que esperar a que los documentos del proyecto, legados a la Universidad de Yale, por el Neubauer, se liberen en 2066, cuando razonablemente se espere que el último de los implicados haya fallecido. Al parecer, los gestores del proyecto no pudieron prever que uno de los grupos de trillizos se conocieran casualmente… En cualquier caso, el proyecto con los gemelos monozigóticos es inquietante, estrafalario, misterioso y, cruel: el hecho de que lo protagonizaran sujetos activos y pasivos de origen judío, contribuye aún más a sorprender. 

Hay que decir que los tres hermanos en cuestión, desarrollaron, cada uno por su parte, distintas enfermedades mentales. Se llevaron bien entre sí, pero uno de ellos, al cabo de un tiempo, se suicidó. ¿Y las otras familias? Hasta el 2066 no se sabrá nada. 

El documental se realiza con filmaciones, entrevistas y testimonios de los implicados. Es brillante y no puede extrañar que se haya hecho acreedor de una granizada de premios y nominaciones: en los BAFTA al Mejor Documental, en Sundance Premio Especial del Jurado, en el National Board of Review, Mejor Documental del Año y así sucesivamente… El tema es perturbador, la realización excelente y la dirección del nobel Tim Wardle ha contribuido a darle amenidad, interés y agilidad. 

Se trata de una historia “potente” y “poderosa”, pero con algunos defectos: el primero de todos ellos es que más de la mitad del metraje está dedicado a dejarnos llevar por un encuentro happy, casi eufórico, entre los hermanos, mientras que el 40% restante nos conduce por revelaciones sórdidas e inquietantes. La segunda parte hubiera debido de ser más amplia, tanto como la primera habría debido contraerse, si de lo que se trataba era de alumbrar un documental “de investigación”. En cualquier caso, se trata de un producto notable que, eso sí, hubiera requerido algo más de refinado.

Claro está que, para el director, tratar este tema suponía caminar al filo de una navaja. Vale la pena observar que el experimento se inicio 15 años después del final de la Segunda Guerra Mundial y sólo veinte años después, en 1981 se produce el encuentro casual. Si este hubiera sido un experimento de los “médicos nazis locos”, incluso realizado en los mismos términos, hubiera sido condenado y tratado como un episodio criminal digno de figurar en los Procesos de Nuremberg… pero ¿porqué psiquiatras surgidos de la comunidad judía se ponen a realizar experimentos que podrían incluirse dentro de un esquema mental propio del “darwinismo social”, con bebés de su propia comunidad étnica? Parece evidente que se trataba de algo más que un “jeu d’esprit” y que el proyecto contaba con una amplia cobertura internacional y financiera a ambos lados del océano Atlántico…

El que al documental le falte “algo” no implica que la temática no sea absolutamente perturbadora y tras ella se esconda un “gran misterio” sin resolver… hasta 2066.



domingo, 27 de enero de 2019

El Reino... de Rodrigo Sorogoyen



En su momento, no pudimos asistir al estreno de la película El Reino de Rodrigo Sorogoyen y es ahora, cuando se ha editado el DVD cuando hemos tenido ocasión de ver una cinta que se ha llevado unos cuantos premios Feroz y cuyo nombre suena para los Goya de este año. La película se ha ganado fama de ser “comprometida” y de “sacar los colores” a nuestra clase política. Lo lamento, pero no compartimos este juicio. En España sigue sin haber un cine político “comprometido” digno de tal nombre. Esta película hubiera estado bien a mediados de los años 80, cuando ya existía la certidumbre de que la corrupción estaba anidada en el corazón del sistema político español (¿o es que ahora habrá alguien capaz de negarlo?), pero 35 años después, francamente, parece un arcaísmo o, incluso, un despropósito, por lo deslavazado de sus últimos 30 minutos. 

En la actualidad están cerrados ya muchos procesos y otros muchos siguen en los juzgados su curso o están a punto de verse ante los tribunales. No hubiera costado nada elegir uno, o incluso tres, que afectasen al centro-derecha, al centro-izquierda y al independentismo y haber armado una buena película, con nombre, siglas y apellidos, que nos ilustrase sobre las siglas y los rostros de la corrupción en España, sus colores políticos y los presidentes de gobiernos o de autonomías que les han dado amparo y tolerado, por activa o por pasiva. Pero eso de presentar a unos políticos de un partido indefinido, en una región mal definida, con acentos procedentes de todas las regiones de España, con situaciones y personajes construidos sobre la mesa de guionización y, para colmo, titular la película El Reino sugiriendo de tapadillo que esto no pasaría con una “república”, es dar una de cal, otra de arena y, en definitiva, amagar el golpe.

No basta con coger elementos de tal o cual caso de corrupción y jugar con la ambigüedad: en series políticas como Alpha House, A very English Scandal, Fatal News, El Puntero, 1992, La Mafia sólo mata en verano, Baron Noir, El Hombre de las mil caraspor citar solamente a unos pocos productos accesibles, se dan nombres, siglas, apellidos, sin miedo. En El Reino, el miedo a ofender a alguna sigla es palpable e incluso llega a quitar las castañas del fuego a locutoras de televisión fácilmente reconocibles como Ana Pastor y cuya figura se pretende dignificar….

A estas alturas, cuando se han cerrado judicialmente casos de corrupción y otros están ya en su tramo final, no valen alusiones vagas y fantasías simplistas. Hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. ¿O es que vamos a preferir que sigan las ambigüedades y las medias tintas y que los votantes socialistas sigan creyendo que su partido es puro y los del PP que el suyo es inmaculado o que los nacionalistas catalanes se sigan permitiendo soslayar la corrupción en beneficio de la independencia como si la cosa no fuera con ellos, ni ellos protagonizado ningún caso?

Lo que ha conseguido “El Reino” es “quemar” el tema de la corrupción. Tardará tiempo en el que algún director se decida hacer otra película sobre el mayor problema de la democracia española. Nosotros sostenemos que la realidad da situaciones mucho más escabrosas y reales, con personajes más siniestros y grotescos que los que aparecen en esta película. Bien por el cuerpo de actores, bien por el director de fotografía, pero mal, muy mal por el guion, y especialmente por el último tramo de la película que resulta increíble, risible, inasumible y muy mal resuelto. El clon de Ana Pastor termina dando una filípica sobre la honestidad del periodismo que, en el fondo, en esta España, no deja de ser hoy la voz de su amo. La película, desde el momento en el que el protagonista entra en la casa del jefe del clan mafioso para robar los cuadernos de notas, se convierte en inasumible y frustrada. Frustrada, además de ambigua: hoy ya no basta con denunciar la corrupción (que es, algo así como denunciar que el sol sale cada mañana por el Este y se pone por el oeste), además, si se quiere el marchamo de “director comprometido” hace falta tener el valor de dar nombres, apellidos y situaciones, no esperar que el público los identifique según su leal saber y entender. La corrupción, además, en este momento, no afecta solamente a las constructoras o a la obra pública, sino a las subvenciones, a las ayudas al desarrollo, a la gestión de las ONGs con el dinero público, dinero público entregado a los “amigos” que retorna, en parte, bajo mano, a quién ha firmado la transferencia. La “estafa humanitaria” que se llama… Y esto tampoco aparece en El Reino. 

No es una película completamente frustrada, pero ni merece buena parte de las 13 nominaciones a los Goya, ni los cinco premios Feroz que ya ha obtenido, por mucho que Antonio de la Torre, Josep María Pou o Luís Zahera hayan realizados actuaciones excelentes. Ha fallado el guion y la voluntad de denuncia. Estamos en el tiempo en el que como decía Unamuno en la introducción de su Vida de Don Quijote y Sancho, “hay que llamar ladrón, al ladrón, y adelante”. Cualquier película sobre la corrupción que no señales las sedes sociales en las que se han amparado y atrincherado los corruptos, no deja de ser una bagatela de pocos vuelos por mucho que se la encumbre…

domingo, 13 de enero de 2019

Border... de Alí Abbasi



Alí Abassi es un director nacido en Teherán que, en 2002, emigró a Suecia. Llegó a Suecia para estudiar Arquitectura y, una vez licenciado, se dio cuenta de que lo suyo era el cine. En 2011 obtuvo el título de director de la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca y, de momento ha filmado un corto y dos películas. Border (frontera) se ha estrenado el pasado 11 de enero en España. Ali Abbasi vive hoy en Copenhague con su pasaporte iraní, pero reconociendo que el cine occidental ofrece mayores posibilidades que el de su país de origen. Border, atestigua de su preparación y sus ideas estéticas, así como sus influencias e intenciones.

Porque, aun reconociendo el trabajo creativo de esta película y la sorpresa que causa en el espectador, hay que ver en ella un producto del sincretismo de distintas influencias:  por una parte, parece un cuenta de hadas, del estilo de la Bella y la Bestia o de cualquier relato que discurre sobre el trasfondo de las Mil y una noches; pero, también es cierto que, por otra parte, puede ser interpretada como crítica social, sin olvidar que la totalidad de los temas míticos que integra y de los que depende en el fondo la trama, están extraídos de las mitologías nórdicas (sería bueno que el espectador, antes de acudir a la sala oscura, se documentara sobre lo que son los “trolls” para el mundo de los Eddas y de las sagas nórdicas).

¿De qué va la película? Border resulta ser un frío cuento escandinavo, de terror en la tierra de la noche eterna que incluye mensajes subliminales sobre cómo tratamos a las personas que no encajan con la definición de "normal" que llevamos con nosotros. La historia arranca con una extraña aduanera que tiene la facultad de olisquear, no solamente drogas o productos ilegales, sino también ideas pervertidas y mentes degeneradas. Tiene un rostro extraño y es extraordinariamente efectiva en su trabajo. En el curso de sus funciones como aduanera, reconoce a alguien que parece como una réplica de sí misma, por el que siente una extraordinaria atracción. Este desconocido le explicará sus orígenes e intentará unirla a su “misión”. Resulta imposible ir más allá de estas líneas para explicar el resto de la película, so pena de desvelar los elementos más interesantes de la misma. 

A pesar de que el director no tiene absolutamente nada que ver con las recientes oleadas de inmigración (Abassi, no se fue de Irán por motivos económicos, ni políticos), ni siquiera con los países de procedencia mayoritaria de la inmigración en Europa (África, Magreb y China), alguna de las alegorías sobre “los diferentes”, parecen orientadas a defender la causa de las migraciones, en otros casos, nos conduce a los lugares comunes de las ideologías de género (la sexualidad de los personajes resulta muy curiosa e incluso su alteración de los roles en relación a la paternidad).  Si algo derrocha esta película es fantasía. Podría encuadrarse dentro del “realismo mágico”, pero es mucho más y, quizás, el exceso de ambiciones de su director, es lo más criticable de la misma.  El guión es una adaptación de un libro de John Ajvide Lindquist

Porque, el problema es que la historia termina siendo un pastiche de inmigración, paternidad y sexualidad, con una confusa e inextricable mezcla de géneros, temáticas sociales y fantasías extraídas de varias mitologías. Finalmente, la impresión que se lleva el espectador es que ha visto un thriller romántico y sobrenatural que cambia constantemente de género. Hay en esta cinta, emociones y también escalofríos. La podemos situar entre un thriller, un drama y un cuento de hadas. Da la sensación de que se han unificado varios guiones cosidos con alfileres. 

Border tiene éxito como un apasionante drama, principalmente por la fuerza de sus dos actuaciones principales, ambas realizando un excelente trabajo bajo pesadas máscaras de silicona que requirieron varias horas diarias de maquillaje para aplicarse y resultar creíbles. Aparece como actriz secundaria Josefin Neldén (como Margareta), por su presencia en la serie sueca The Restaurant.

El nombre le cuadra a la película. No en vano, Border (frontera) se sitúa en “el borde” de varios géneros, mientras explora nuevos territorios dentro de los reinos del amor, la belleza y la moralidad para transmitir lo que realmente lo distingue de ser un hombre o un monstruo. En su primera parte, todo esto resulta destacable y es, precisamente, lo que proporciona a la película su potencial. Pero este potencial se va diluyendo en la segunda parte e incluso resulta decepcionante por la falta de compromiso en todos los temas y subtemas que plantea y que no terminan de estar bien resueltos. 

Es de elogiar, en especial, el maquillaje, el trabajo intensísimo de los protagonistas; la combinación entre ambos atribuye a la cinta una expresividad turbadora. La patrullera fronteriza Tina (Eva Melander) y su atracción poco convincente por el extraño Byronic Vore (Eero Milonoff). Gracias a ellos y a algunos giros del guion, la película resulta atractiva. Pero el exceso de símbolos, la sensación de duda que embarga al espectador en algunos momentos sobre la naturaleza de tal o cual alegoría, y que atenúan la calificación. El director ha dicho de la cinta que es “ligeramente surrealista” y ha elogiado el cine de Buñuel. Es peligroso: ni todo lo que se hace pasar como surrealista lo es, ni siquiera todo el cine de Buñuel era genial ni surrealista, sorprendente sí, surrealista, no tanto. El problema con el cine surrealista es que, camina siempre al filo de la navaja: a un lado está lo sublime y a otro lo ridículo. A esta película le ocurre otro tanto: a buen seguro que la palabra que define mejor esta película es “sorprendente”.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Un Asunto de Familia (Manbiki Kazoku ó Shoplifters)... de Hirokazu Kore-eda



Película notable que ha recibido distintos galardones en festivales internacionales (Palma de Oro en Cannes, candidata a los Globos de Oro como mejor película de habla no inglesa, premio de la crítica inglesa, etc, etc, y enviada por Japón para los Oscar de 2019) y que todo cinéfilo debería ver, no sólo por sus valores estéticos y narrativos, sino porque describe la situación en la que están viviendo en el Japón de nuestros días, grupos sociales desfavorecidos por la fortuna.

La trama se inicia con un extraño atraco protagonizado, por lo que parece, por un padre y su hijo. A lo que sigue la presentación de la “extraña familia” que se ha formado: aparentemente, se trata de una familia estándar compuesta por padre, madre, hijo y abuela; lo sorprendente es que nadie tiene una relación de consanguinidad. La familia se amplia con una niña que parece haber sido maltratada y que cuando van a devolverla a su hogar deciden no hacerlo e integrarla en la “familia”. Todos sus componentes tienen dos características: han sido arrojados por el “sistema” japonés a los márgenes: unos porque son jubilados a los que se les ha dado una pensión que ni siquiera les permite sobrevivir, otros son trabajadores con sueldos de miseria, pero todos ellos son, al mismo tiempo, supervivientes capaces de hacer lo que en condiciones normales jamás hubieran hecho. Al mismo tiempo, han coincidido porque unos necesitan de otros y, en este sentido, aparecen como una familia tradicional. Pero no lo son… y a lo largo de las dos horas de la proyección tendremos ocasión de conocer cómo se ha formado el núcleo, cómo se han ido integrando cada uno de sus miembros y por qué lo han hecho. 

Lo que vamos a ver es la visión personal, pero al mismo tiempo, objetiva, que se hace su director y guionista, Hirokazi Kore-eda, sobre la sociedad japonesa actual. Es curioso que, en la familia japonesa, trabajadora y con estudios, sus integrantes convivan en la mayor soledad. Soledad que, todos los sociólogos coinciden en que parece estar afectando la estabilidad mental de padres, hijos y abuelos. En una sociedad que se está desplomando, aparece esta “familia” unida por las circunstancias y que ha hecho del robo (aunque el padre o la madre tengan trabajos mal pagados y la abuela cobre su pensión) un medio para sobrevivir.  

Lo más sorprendente es que hoy se está viviendo unos momentos en los que las teorías más avanzadas y progresistas cuestionan la perdurabilidad de la familia (padre, madre, hijo, hija, abuelos, tías). Y, sin embargo, en esta película vemos cómo se reconstruye la estructura de la familia tradicional con sus mismos parámetros en una estructura no consanguínea. El concepto de familia, roto en mil pedazos mediante un martillazo, ve como sus fragmentos vuelven a unirse -como las gotas de mercurio- en la misma o en otra estructura similar. 

Es una película japonesa que expone la vida que están llevando cada vez más japoneses. Y me llama la atención que a diferencia de en las películas norteamericanas en donde es frecuente que, a cualquier hora, se consuma alcohol en cantidades asombrosas, en las películas japonesas los diálogos y las escenas cumbre tienen lugar sorbiendo estrepitosamente tallarines. El ambiente que rodea los pequeños habitáculos, impresiona por su suciedad, el amontonamiento de objetos y el desorden como si se tuviera el síndrome de Diógenes. ¿Porque la pobreza es tan fea? ¿Es que el pobre ha perdido el sentido de la belleza?

En España, el guión no sorprenderá excesivamente: este es el país de la picaresca, aquí está a la orden del día desde el siglo XVII, lo que en el Japón ha aparecido con la crisis económica. En aquella serie de televisión, 7 Vidas, ya vimos como convivían en un pequeño espacio, varios integrantes que, en el fondo, no eran familia, pero que se comportaban y sentían como tales.

Es una película dura, emotiva, triste, pero extremadamente lúcida que nos envía distintos mensajes: el primero de todos es que algo está fallando en nuestras sociedades avanzadas, porque, tras el glamour de los bulevares y los centros comerciales de campanillas, oculto por el lujo de la superficie, se está formando un submundo cada vez más amplio hecho de sectores sociales, cada vez más amplios, que están en el límite del umbral de la pobreza o dentro de él. Y tienen que espabilar para mantenerse vivos. Los protagonistas de la película de Kore-eda lo hacen y, por mucho que sus acciones pudieran ser consideradas como reprobables en una sociedad “normal”, el espectador encuentra justificación ante la situación de crisis y desintegración económico-social de nuestros días.

Esta película no puede verse como una cinta sobre la picaresca japonesa. Es un grito desgarrador ante una sociedad que está muriendo y ante la pasividad general de las autoridades que siguen actuando con inercia como si no ocurriera nada. Es una película, probablemente, mucho más angustiosa que la anterior cinta del mismo director, El Tercer Asesinato (2017). No es, desde luego, un retrato familiar al estilo del que hizo en Nuestra hermana pequeña (2015), sino que afecta a toda una sociedad.

La película nos demuestra que Japón no es país para viejos. Una reciente estadística afirmaba que la criminalidad ha reaparecido con fuerza protagonizada por mayores de 60 años jubilados: de cada 10 hurtos en tiendas, 4 están cometidos por… jubilados. Por necesidad, pero también porque estos jubilados prefieren estar cuidados en la cárcel que solos o abandonados por sus familias. Pero tampoco lo es para trabajadores poco cualificados. Ni siquiera para jóvenes. Cada vez hay mayor número de personas que viven solos o, lo que es peor, en soledad acompañada por otros. Un hogar japonés actual tiende a ser una serie de habitaciones dentro de las que, cada miembro de la familia, se encierra y se comunicada con el mundo mediante la vía digital. La familia tradicional ha dejado de existir, ¿qué la ha sustituido? ¿nuevas unidades familiares? No, la soledad. ¿Qué la puede sustituir? Kore-eda lo pronostica: la familia tradicional no consanguínea…  Se puede discutir la fórmula, pero lo que no se puede discutir es la calidad de esta película y el grito de alarma que lanza.



Premios:



2018: Festival de Cannes: Palma de Oro (mejor película)
2018: Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa
2018: Asociación de críticos de Los Angeles: Mejor film extranjero (ex aequo)
2018: National Board of Review (NBR): Mejores películas extranjeras del año
2018: Critics Choice Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa
2018: Premios Independent Spirit: Nominada a mejor película extranjera
2018: Asociación de Críticos de Chicago: Nominada a Mejor película extranjera
2018: British Independent Film Awards (BIFA): Nominada a Mejor film internacional
2018: Satellite Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa

Sinopsis: Un asunto de familia cuenta la historia de una familia pobre y poco convencional, donde todo les une menos la sangre. Shota y su padre adoptivo Osamu se dedican a robar en los supermercados como si de un juego se tratara siempre bajo el pretexto de que se roba mientras la tienda no quiebre. Su madre adoptiva, Nobuko –que había huido de sus padres y ex-marido maltratador- trabaja en una tintorería, y en la casa familiar conviven también la abuela Hatsue y Aki. Una noche, mientras Shota y Osamu vuelven a casa se encuentran a Yuri, una pequeña abandonada por sus padres maltratadores. Shota y Osamu, sin dudarlo y con inocencia la invitan a cenar a su casa, y al ver que a Yuri nadie la reclama deciden acogerla y darle distracción y cariño. Así pasan sus días, tratando de esquivar la escuela –porque solo los niños que no saben estudiar en casa van a la escuela- y el trabajo, subsistiendo con poco pero con lo necesario para no quitarles la espontaneidad. La familia trastornada de Yuri acaba por llevar el caso a los medios y la pequeña empieza a salir en todos los telediarios. Intentando camuflarse, como habitualmente venía haciendo la familia, consiguen pasar desapercibidos y hacer la vida tal y como ellos quieren, bajo la elección. 

viernes, 7 de diciembre de 2018

Galveston... de Mélanie Laurent



Tras ver esta película decidimos reflexionar durante 48 horas antes de escribir una crítica. Es bueno que las imágenes y el argumento reposen para que el ojo crítico pueda ver la película con mayor objetividad. Al cabo de ese tiempo me planteé lo que me llevó a ver esta película, y a responder a dos cuestiones: ¿Es olvidable? ¿Es una más de redenciones y violencias?

La película lleva el nombre de Galveston. Bernardo de Gálvez fue quien prestó su apellido a esta ciudad del Estado de Texas, en una de las zonas más azotadas por los huracanes de los EEUU. Si mencionamos esto es porque, como podrán comprobar los que decidan ver esta cinta, el huracán es un actor más,, con una importancia especial en el desenlace. En las novelas de Nick Pizzolato, los elementos de la naturaleza tienen siempre un relieve especial que completa su descripción de la “América profunda” que no aparece en los telediarios.

La historia no parece, en principio, excesivamente original. Un asesino a sueldo es víctima de una emboscada cuando va a cumplir un encargo y, a partir de ahí, los acontecimientos se disparan y, tras sobrevivir a duras penas, su vida se une a la de una joven gracias a la cual ha podido escapar, pero que, a partir de ese momento, le provocará sorpresas y sinsabores. Antes, ha ido al médico que le ha detectado una grave enfermedad pulmonar que acortará drásticamente su vida. A la vista de la situación, a partir de la mitad de la película, la vida del protagonista estará vinculada a su nueva amiga (y a sus circunstancias). Buscará redención pero lo que, inicialmente, obtendrá serán decepciones, palizas, persecuciones y desdichas. Será entonces cuando la naturaleza le ayude a resolver todo esto. Ir más allá de estas pistas implicaría desvelar los aspectos más sorprendentes de la trama.

La película tiene un punto débil y varios puntos fuertes. La novela de Pizzolatto (creador de la serie True Detective)  no ha registrado una buena adaptación a la gran pantalla. Algo falla en el argumento que hace que la drama de esta “road movie” no esté redondeada, abunde en situaciones poco justificables e incluso completamente increíbles. Así pues, el guión deja bastante que desear. Menos mal que el resto de componentes de la cinta, compensan esta carencia.
También figura entre los activos más notorios de Galveston, una fotografía oscura, triste, sombría que contribuye a resaltar con su Pantone de colores el drama de unos perdedores situados en la recta final, perseguidos y sin puntos de apoyo, solos uno con otro, sometidos a las traiciones, los cercos y la hostilidad de casi todo lo que les rodea.

La verdad es que me han interesado mucho y en gran medida las interpretaciones de los dos protagonistas: Ben Foster y Elle Fanning. He recordado una frase de la novela NP de Banana Yoshimoto: "Fui una mariposa que voló a la estancia de tu corazón, dónde había una bombilla a punto de fundirse". La fuerza e intensidad interpretativa de ambos, sirve, por si misma, para olvidar el guión e, incluso, hace que, a medida que avanza la trama, obviemos los puntos débiles del mismo para sumergirnos en el clima de los EEUU decadentes y crepusculares. Las frecuentes huidas de los protagonistas se realizan en esos coches norteamericanos, procedentes de los tiempos del glamour y de la gasolina barata, con más de cinco metros de longitud, aspecto de portaviones, motores de potencias inimaginables en Europa y consumos irresponsables de galones de gasolina. Cinta impensable si los protagonistas huyeran en Porsches deportivos o en Wolksvagen cucaracha. La cinta nos lleva por unos paisajes que destacan por su estado de abandono: máquinas oxidadas, decrepitud en las casas, grietas en las carreteras, ausencia de comodidades (para muchos norteamericanos, habitantes de parques de carabanas o teniendo minicasas como el techo de sus sueños) y, como si sobrevivir, fuera un préstamo mal pagado. El paisaje que nos muestra esta cinta recuerda a las zonas más dejadas de la mano de Dios tras la caída del comunismo soviético en Siberia o los Urales. 

La directora, Mélanie Laurent tiene todavía una escasa filmografía: un par de cortos, un documental, una película de adolescentes franceses, dos dramas románticos y poco más. En esta ocasión, ante la disyuntiva de priorizar los aspectos de cine negro, o los del drama romántico, ha optado por esto último, en donde tiene algo más de experiencia. Lo cierto es que, a los problemas ya mencionados del guión, se suman otros vinculados al giro romántico hacia el que se decanta la trama. Y éste es el problema: que en este terreno le falta profundidad en el contenido y se resuelve demasiado atropelladamente.

Cabe decir que, quizás la novela de Pizzolatto, más que una cinta para proyectar en la gran pantalla, hubiera debido tener el formado de miniserie: eso hubiera permitido a los guionistas realizar una tarea de adaptación mucho más fiel y detallada de una novela que, fundamentalmente, buena y que tiene poco de cine romántico: es más bien un thriller de intriga, persecuciones y asesinatos. Pero, a fuerza de comprimir y simplificar, la directora ha tirado por el camino que le resultaba más familiar. 

Con todo, la película es entretenida y el hecho de que se quede a medio gas no implica que, a la vista de lo que se está proyectando estas últimas semanas, no sea una buena alternativa que tener en cuenta a la hora de pasar una tarde entretenida, “sola o en compañía de otros”.

sábado, 24 de noviembre de 2018

The Guilty... de Gustav Möller



Hay películas que sorprenden por su sencillez y por su misma estructura, más próxima al teatro que a la pantalla. Tal es el caso de The Guilty, película danesa de la que lo menos que puede decirse es que es diferente a cualquier otra. La originalidad es relativa porque hemos visto algunas películas con un desarrollo paralelo (Buried [2010] de Rodrigo Cortés, o Locke [2013] de Steven Knigth), pero el impacto que causa en el espectador es inolvidable: lo difícil en el cine es evitar que quienes están sentados en la sala de proyecciones adopten una postura completamente pasiva y esperen que lo que entra por sus ojos sea suficientemente ilustrativo como para evitarles cualquier esfuerzo suplementario. El director de The Guilty ha operado a la manera inversa, exigiendo al espectador que ponga algo de su parte y que, emplee continuamente su imaginación para intuir lo que está ocurriendo. Así pues, a lo largo de los 85 minutos que dura el metraje, el espectador estará obligado a mantener la atención e interpretar las sugerencias que el director le pone como cebo para su imaginación.

Imaginemos la escena: cuatro paredes, un call center, “Asger Holm” (Jakob Cedergren) un policía sancionado recibe las llamadas en las que se requiere la intervención policial o algún consejo ante una situación imprevista. Hay llamadas de todo tipo. El policía, resignado, les aconseja como mejor sabe y puede, muchos de los casos se pueden resolver fácilmente o, simplemente, son situaciones irrelevantes que no exigen intervención ni presencia policial. Pero hay una llamada que le sorprende: la de una mujer que parece haber sido secuestrada; no se trata de una broma, la mujer está, literalmente, aterrada y no cabe la menor duda de su autenticidad. El policía quiere ayudarla: para ello cuenta con los recursos propios de la policía y con la capacidad para localizar la llamada, así mismo envía una patrulla a la vivienda de la mujer en la que, al parecer viven sus hijos…

Lo que vamos a ver a lo largo de los 85 minutos es, en tiempo real, todo el incidente en el cual, una vez más, nada es lo que parece y el compromiso del agente sancionado con la mujer tomará un sesgo inesperado. Mediante ese compromiso, el agente “Holm” intenta redimirse de pasadas culpas. Decir algo más sobre el guión supondría desvelar los giros más dramáticos y sorprendentes de la cinta.

Los recursos cinematográficos utilizados por el director, Gustav Möller, son dos: tomas largas y, el más esencial, el sonido. El espectador no ve lo que está sucediendo al otro lado del teléfono: tan solo cuenta como información con los sonidos que el propio policía va oyendo a través del auricular y con la expresión del policía. Algunas de las tomas sostenidas durante casi media hora (o quizás algo más). Puede entenderse porque, al principio, decíamos que hay algo de estructura teatral en esta cinta y, por lo mismo, puede entenderse lo arriesgado que es trasladar el planteamiento a la pantalla. Para los más mayores que crecieron oyendo la radio, cuando la televisión todavía no había invadido los hogares, esta producción les recordará a aquellas escenificaciones de novelas que hacían algunas emisoras de radio. Bastaba un sonido simulado para que la imaginación del oyente trabajara y reconstruyera por sí mismo las escenas. Aquí ocurre otro tanto. 

Pero esta película hubiera resultado muy diferente sin el concurso del protagonista, Jacob Cedergren, muy conocido en el mundo nórdico y que, además, ha participado en producciones inglesas, francesas, canadienses. Su gestualidad, su dominio de la expresividad y de la voz, hacen que la película fuera imposible sin el recurso a sus habilidades. Se trata de un actor experimentado que ha realizado una inmersión total en el personaje. 

En cuando al director, Gustav Möller, se trata de su ópera prima, su primer largometraje, si bien antes había rodado algún corto que no ha llegado a nuestro país. Möller ha ejercido también como co-guionista y el éxito ha acompañado a la producción. Por el momento, en el pasado Festival de Cine de Valladolid ha obtenido el premio al “mejor guión”, mientras que en el Festival de Cine Europeo ha sido nominada para los premios de “mejor actor”, “mejor guión” y en el Festival de Sundance ha obtenido el Premio del Público. Y estamos persuadidos de que, a la vista de la calidad de la cinta, no se detendrá aquí esta racha.

Una película sorprendente a la que, en lugar de añadir el calificativo de “claustrofónica” (con sus connotaciones negativas), podríamos decir que es exigente con el espectador: le sugiere imágenes que el espectador debe crear en su imaginación. Y nos parece bien que el cine requiera la complicidad y la atención del espectador.

La interpretación del actor  Jakob Cedergren carga con el desasosegante thriller "The Guilty"

Otro dato importante es que la tensión nos lleva a responder como humanos para estar dispuestos a juzgar según a los clichés.

Otro dato importante es el terror que se vive a cada instante que se corta la llamada de un teléfono o de un móvil. El terror a descolgar y el terror al oír el buzón de voz.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Kursk... de Thomas Vinterberg



La historia del submarino Kurtz es bien conocida: hundido, cuando Putin apenas llevaba unas semanas en el cargo y todavía no había tenido tiempo de enderezar la política de su país después de la catastrófica gestión de su predecesor, Boris Eltsin, los distintos intentos de rescatarlo fueron inútiles, precisamente por la política de abandono y corrupción que había caracterizado los años de gobierno del que podemos calificar como el presidente más alcoholizado de un país avanzado. Así pues, si decidimos ver esta película sabemos lo que vamos a ver: una tragedia. Pero lo que vamos a conocer también son los entresijos de ese drama que costó la vida a toda la tripulación del submarino.

Constituye todo un acontecimiento el que en 2018 se pueda ver una película de un suceso guardado como alto secreto hasta no hace mucho y puesto a salvo de la curiosidad de Occidente. Podemos estar seguros de que la verdad ficcionada que nos muestra esta película, no es toda la verdad y que, seguramente, muchos detalles, quedan en los cajones de “asuntos reservados” del Ministerio de Defensa ruso, pero, en cualquier caso, se trata de una aproximación satisfactoria a lo que ocurrió entonces y que puede ser calificado, en rigor, como tragedia humanitaria, más que como desastre militar. 

El primer mandamiento de la marina rusa obliga a prestar juramento de "es estar permanentemente dispuesto a defender mi país, y entregar, si fuera preciso, mi propia vida". La película no puede verse sin tener en cuenta este mandamiento.

Algunos recordamos perfectamente lo que hacíamos aquellos días, entre el 12 y el 21 de agosto del año 2000, y el interés con el que seguíamos por los medios de comunicación las noticias, servidas con cuentagotas, sobre el destino de los infortunados marineros del submarino nuclear Kurtz. Entonces, quedaron muchos interrogantes sin resolver y, a la postre, la única certeza es que, el último día -que coincidió con mi cumpleaños- se dio a la tripulación por perdida. Ahora nos llega la película presentando algunas claves y el desarrollo de los sucesos tal como se produjeron.

La película nos acerca a la vida cotidiana de los tripulantes, a la camaradería y fraternidad entre ellos, a las relaciones con sus familias, lo justo para convencernos de que esos valores son necesarios al convivir en el reducido espacio de un submarino varado a más de 108 metros de profundidad (Mar de Barents tiene 600m de profundidad) y para poder entender la espera angustiosa de los familiares.

A diferencia de otras películas cuyo protagonista es un submarino ruso (recuérdese K-19 [2002] o La caza del Octubre rojo [1990], Marea Roja [1995]), embarcado en alguna de las fases de la Guerra Fría, en donde todo lo que ocurre es ficción, los hechos que se narran no están lastrados por la propaganda propia de aquel conflicto: la película, en realidad, rinde un homenaje a las víctimas y a sus familiares, recordando al mundo, las vidas perdidas en ese día.

Los tripulantes de los submarinos de todo el mundo están hechos de otra pasta; no son los habituales lobos de mar conocedores de puertos de todo el mundo, sino gentes que aceptan el hecho de que un accidente o un ataque destructivo tiene como único resultado la imposibilidad de sobrevivir. Salir de un submarino hundido a 1.000 metros de profundidad es, incluso en la actualidad, prácticamente imposible. De ahí que el mantenimiento de estas unidades se lleve al día o de lo contrario, se corre el riesgo de que muera toda la tripulación. 

Los especialistas reconocen que el Kursk fue la última tragedia de una larga retahíla de desgraciados sucesos navales que afectaron en aquellos años de abandono a la marina rusa. La falta de presupuesto, pero sobre todo, el vacío de autoridad generado en el período de presidencia de Boris Eltsin, hicieron que, una pieza necesaria para el rescate del submarino, simplemente, hubiera sido vendida por algún desaprensivo. El Kursk escenificó lo que ya se intuía desde el desastre de Chernobyl: el colapso de la URSS como superpotencia, con todas sus implicaciones; la primera de todas, la imposibilidad de mantener una abultada, envejecida e insostenible máquina militar que había conducido a la URSS a la ruina económica. Cuando Putin dijo basta y liquidó de un plumazo el período Eltsin, encarceló a los oligarcas y asumió decididamente el timón de lo que se había convertido en una nave sin rumbo, las cosas empezaron a cambiar. Pero, desgraciadamente para los tripulantes del Kursk, Putin llegó al poder solamente tres meses antes de la tragedia. 

Lo que vamos a ver en esta película es un testimonio de historia contemporánea, inscrita en el período que sucedió a la Guerra Fría. En sí misma, la película es un producto notable de un director con un amplio historial, capaz de afrontar cualquier registro narrativo y salir indemne de todos ellos. 

Posiblemente haya algunas concesiones al espectáculo, como la incorporación al reparto de Max Von Sydow, Collin Firth o Martin Brambach, sin olvidar el hecho de que el guion ha sido elaborado a partir del bestseller de Robert Moore, A Time to Die, que aquí ejerce como guionista. Vale la pena mencionar también que la película ha sido producida en Francia, dirigida por Thomas Vinterberg, cineasta danés, uno de los fundadores del movimiento Dogma95 y en cuyo historial encontramos una cinta con el nombre de Submarino (2010) que curiosamente, no se refiere a ningún navío sumergible, sino que resulta un viaje a las profundidades y al submundo de la sociedad danesa. El protagonista principal es Mattias Schoenaerts que, previamente, ya había trabajado con Vinterbegt en Lejos del mundanal ruido (2015) y, hoy por hoy, uno de los rostros más conocidos del cine centroeuropeo.

Una película que se estrenó en la pasada edición del Festival de Toronto cosechando buenas críticas y que, en realidad, puede ser considerado como un testimonio muy riguroso y respetuoso, sobre aquella tragedia. Gustará a los que, en su momento, no se explicaron el por qué de aquel hundimiento, ni la reacción de las autoridades rusas: aquí encontrarán algunas de las claves y entenderán la coherencia de lo ocurrido y por qué ocurrió. Existen aficionados al “cine de submarinos” que no deberían desaprovechar la ocasión de ver esta cinta. Para los amantes del cine de Vinterberg, resulta una cita ineludible. Y luego están todos aquellos espectadores en busca de argumentos originales que quieran ver una buena película. Esta lo es, por mucho que, desde el principio, sepamos cuál va a ser el desenlace final.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Dogman... de Matteo Garrone



Película basada en un hecho real que ocurrió en Italia a finales de los años 80, cuando un ex boxeador fue asesinado por el dueño de una peluquería canina que, de paso, era un pequeño camello de barriada, generó alarma social y, aún hoy, es considerado como uno de los crímenes más sangrientos e inexplicables que se han cometido en aquel país. Matteo Garrone, co-guionista y director de esta película intenta explicar lo inexplicable y, desde luego que lo consigue.

Desde que Jean Paul Sartre escribiera en la postguerra A puerta cerrada, sabemos que “el infierno son los otros”, algunos cineastas se han preocupado por demostrarlo, pero Garrone tiene intención de ir más allá: “sin la mirada del otro no somos nadie”. Dejamos de existir. Dado que resulta imposible vivir en soledad, buscamos la mirada del otro de forma angustiosa porque necesitamos saber que existimos. Tal es la moraleja que hemos extraído de esta cinta de 102 minutos. Si tuviéramos que dar una disertación sobre la existencia del ser humano y sobre su naturaleza, el visionado de esta película sería el obligado acompañamiento. Porque Dogman es una película valiosísima por la facilidad con que el director Matteo Garone y el actor Marcello Fonte nos llevan a bucear en la complejidad de las servidumbres humanas.

La trama se desarrolla en la Roma de finales de los años 80, en un arrabal de la periferia, hostil y agresivo, incómodo, vacío, polvoriento. El barrio está poblado de tipos pintorescos que evolucionan como perdidos en un mundo que no terminan de comprender: unos optan por sobrevivir como pueden, otros no han renunciado a la idea de ser los “amos del gallinero” y los hay que solamente se preocupan por su trabajo. El protagonista, pertenece a los primeros: no le importa tener unos modestos ingresos peinando a distintas razas caninas, ni tampoco sacarse algún beneficio extra trapicheando con cocaína. Con todo apenas puede proyectar algún viaje con su hija. Un mal día, su amigo Simone, un delincuente profesional le convencerá para que le deje las llaves de su establecimiento para cometer una maldad que… como cabría suponer no solamente acaba mal, sino que se convierte en el desencadenante de una serie de “castastróficas desdichas” sobre las cuales la cinta transmite su mensaje y su moraleja.

Las escenas nos muestran a una Roma que no es ni la “dolce vita”, ni la del Capitolio o la avenida de los Foros Imperiales, de Piazza Navona o del Vaticano. Es una Roma convertida en pesadilla, alejada de la civilización, con paisajes desamparados y que ha dado la espalda a cualquier noción de progreso. Y en medio de todo ese fango se mueven una serie de personajes, que, en el fondo, generan una irreprimible tristeza. El hecho de que el protagonista se dedique al negocio de la peluquería canina se podía haber prestado a afirmaciones como “lleva una vida de perros” y a algunas ironías en las que el director no cae: es más, aprovecha algunas tomas para mostrar a otros actores excepcionalmente fotogénicos, los perros. 

Al principio decíamos que la película se basa en un suceso real y que la intención del director y del equipo de guionización ha sido tratar de entender lo que ocurrió y por qué ocurrió. Además de lograr presentarnos una interpretación satisfactoria y convincente de los hechos, lo que esta película nos obliga casi es a empatizar con el protagonista y con sus motivos para hacer lo que hizo. Si el lema de la justicia, “odia el delito, compadece al delincuente”, tiene algún sentido, éste se encuentra en el metraje de esta cinta y en su protagonista principal. Tras verla se experimenta una sensación amarga: el protagonista no tiene redención posible, ha cometido su crimen bajo efecto de la cocaína y todo podía haber terminado de una manera mucho menos dramática. Ha querido ser visible, hacerse visible para todos aquellos que durante años lo han ignorado, y se ha hecho tan visible que ha terminado en primera página de la prensa sensacionalista.

Garrone, en su filmografía se ha sentido siempre atraído por el mundo de la delincuencia y el submundo romano que ya estaba presente en las tres historias de su primera película, Terra di mezzo (1996), sobre la lucha de los inmigrantes que tratan de salir adelante, como sea y sin reparar en lo que sea. A ésta siguió Ospiti (1988), también con el trasfondo de la inmigración albanesa que intenta integrarse en una Roma que cada vez desconfía más de ellos y mucho más en un barrio residencial en el que los alberga un amigo burgués. Tras dos comedias sin mucha historia, en 2002 rodó El taxidermista, en el que ya muestra un interés particular por el estudio de la condición humana. Gomorra (2008), será su cinta más celebrada y premiada; en ella nos introdujo de lleno en el mundo de los bajos fondos y en su ley impuesta en Nápoles y Caserta: la ley, no del Estado sino de la camorra. Por un sendero más amable circulo su siguiente película, Reality (2012), comedia dramática sobre un timador al que le convencen para que entre en el casting de El Gran Hermano. Tras El cuento de los cuentos (2015), una tragicomedia fantástica, regresa a la temática que más le interesa con esta película, Dogman de la que no dudamos que recibirá una granizada de premios en los próximos meses (los Oscar 2019 están a la vuelta de la esquina), como confirmación del galardón que ya recibió en el pasado Festival de Cine de Cannes.

Además del meritorio trabajo de Garrone en la dirección y en la guionización, merece destacarse especialmente la actuación de Marcello Fonte en el papel protagonista, una de las mejores actuaciones que recordamos en este año 2018. 

domingo, 21 de octubre de 2018

Un día más con vida... de Raúl de la Fuente y Damian Nenow



Lo primero que sorprende al leer la ficha de esta película es que es el producto de una cooperación hispano-polaca-germano-magiar-belga… La cosa parece todavía más complicada si tenemos en cuenta que el director es Raúl de la Fuente, navarro, que, hasta ahora, había filmado media docena de documentales que parecen tener poco que ver con una película de “dibus”. Porque, Un día más con vida, es precisamente una película de animación, en la que el co-guionista es el propio director. Luego resulta que todo es mucho mas simple de entender.

En efecto, de la Fuente, se ha especializado en documentales sobre el llamado “tercer mundo” (La fiebre del oro [2017] situado en Mozambique, Alto el fuego [2017[ sobre el conflicto colombiano, I Am Haiti [2014] dice mucha sobre las tradiciones ancestrales de la población, en Minerita [2013] se alude a zonas mineras sin ley en Bolivia y, finalmente, Nömadak Tx [2006], sobre el viaje de dos protagonistas por todo el mundo en busca de afinidades a través de la Txalaparta). Puede sorprender que el director navarro se haya pasado a los dibujos animados, pero no tanto el tema que ha elegido: la estancia del periodista polaco Ryszard Kapuściński en Angola durante los últimos momentos de la presencia portuguesa en aquella colonia. De hecho, la temática de su anterior documental, La fiebre del oro, se desarrollaba en Angola.

La palabra que resume todo lo que Kapuściński vió y vivió en aquellas jornadas es: “confuçao”. Lo que vemos ocurrió en 1975: los portugueses se estaban retirando, los cubanos y los alemanes orientales estaban presentes al lado del Movimiento Popular para la Liberación de Angola, uno de los grupos guerrilleros más activos contra la dominación lusitana. Pero en el otro lado del país, actuaban los pro-chinos del Frente Nacional de Liberación de Angola y, para colmo, en el sur del país, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola, con bases en Sudáfrica, iba ocupando terreno y luchando, en tanto que fuerza anticomunista, contra los otros dos grupos. Mientras, los portugueses trataban de salvar lo salvable y hacer las maletas. Y en eso que Kapuściński aparece en tanto que corresponsal de la Agencia Polaca de Prensa (PAP) e intenta comprender qué es lo que está pasando en el país. No era la primera vez que aterrizaba en las colonias portuguesas en África. Lo había hecho en los años 60 y 70 y sus reportajes le proporcionaron fama mundial. Lo que vemos en la película es todo este caos tal como lo vio el periodista polaco. 

El film está rodado en “rotoscopia” (redibujar un fotograma, calcándolo del anterior mediante determinado software) y con formato documental. Es pues un interesante producto híbrido entre lo uno y lo otro que recuerda a Vals con Bashir (2008), Waking Life (2001) o Persépolis (2007). Todos ellos toman elementos de la realidad política o científica para hibridar documental y dibujo animado. Suele dar buen resultado por la posibilidad que hay de reconstruir episodios sobre los que no existe material gráfico o sería excesivamente costoso hacerlo con actores.

Kapuściński, además, es un personaje interesante. Fue premio Príncipe de Asturias en 2003 y, hasta su muerte gozó de fama internacional. Este docu-dibu (si se nos permite la licencia) está basado en los propios relatos que realizó el periodista. No hay garantía de que todo lo que cuenta sea la realidad que vio. De hecho, si de algo peca este documental, es de ensalzar excesivamente la trayectoria de Kapuściński hasta el extremo de atribuirle una aureola de heroísmo que el personaje no tuvo. Y, por lo demás, se olvidan algunos datos imprescindibles para valorar lo que estaba haciendo el periodista en Angola: como que fue miembro del Partido Obrero Unificado Polaco (el partido comunista que contribuyó a mantener durante 40 años la dictadura en su país) y que, no solamente trabajaba para la Agencia adicta al régimen, sino que, además, era su único corresponsal en el extranjero. Y esto era así, simplemente, porque Kapuściński trabajaba para el espionaje de su país, distorsionaba noticias en interés de su gobierno y, para colmo, nunca citaba fuentes comprobables. Elementos que están más que demostrados en la biografía elaborada por Artur Domaslawski (que colaboró con él).

Pero, a pesar de este aspecto, controvertido en la tarea profesional de Kapuściński, la película nos aproxima a aquellos caóticos momentos y nos dice mucho sobre cómo se llevó la “descolonización” en África (y no sólo en las colonias portuguesas). Nos dice también algo sobre el oficio de corresponsal de guerra. La película invita a buscar y visionar algunos de los muchos documentales de noticias que en aquellos momentos contaban la realidad sobre lo que ocurría en Angola. 

La pregunta que se formula el propio Kapuścińsken la película es “¿La presencia de los reporteros puede cambiar el curso de la Historia?”… pregunta, en nuestra opinión, demasiado engreída. Cualquier corresponsal que trabaje para un medio de comunicación sabe que ese medio publicará las informaciones que interesen a la empresa periodística propietaria. Y no digamos, si se trabaja para una agencia de prensa oficial de un país con régimen estalinista… 

La película es interesante, tanto por lo que cuenta, como por cómo lo cuenta y, por supuesto, por la técnica utilizada. No hubiera estado de más un poco de realismo a la hora de valorar el papel de Kapuścińskallí y entonces. El periodista solo dejó de ser un hombre del aparato estalinista algo más de un lustro después de lo que nos cuenta la cinta, cuando la revuelta de los astilleros de Danzig y la formación del sindicato Solidarnosc, auguraban que el régimen periclitaría en breve... Hubiera sido de desear que el co-guionista de la cinta, el polaco Damian Nenow (que no podía ignorar estos datos) hubiera puesto los puntos sobre las íes, y limitado los aspectos heroicos del periodista, para dar prioridad a la descripción del drama angolano, ante el que ni periodistas, ni observadores, ni nadie, podía hacer absolutamente nada. La “confuçao” es la “confuçao” y nada pueda hacerse cuando se apodera de un país.

Una muy buena película, con momentos culminantes, un dibujo sencillo, un buen ritmo narrativo y un nivel de calidad técnica próximo a la excelencia.

Puntuación: Confuçao (un guiño a la película)