martes, 18 de septiembre de 2018

Braga I... al norte de Oporto


La mañana se presentaba como nuestra despedida de Oporto y la bienvenida a Braga. Lo que habitualmente llamamos "Día de Tránsito".

La mañana pretendía y lo conseguía con creces, despedirse de nosotros con niebla, pero no la habitual de estos días, no, la niebla de hoy nos estaba mojando las ropas, la piel, las manos además con frío pastoso.

Listos y en estado de revista, ya estábamos con nuestra maletas delante del Barquero para llevarnos a la otra orilla y subir al bus 500 parada Gás con destino a la Estaçao Sao Bento y de allí tren a Braga.

En alguna ocasión me he acordado de Dante y Caronte, el barquero del Infierno. En el Canto III de la Divina Comedia de Dante, Caronte era el barquero de Hades, encargado de transportar las almas de los difuntos en su barca.

En una hora y algo, en un tren limpio, hemos dirigido nuestros pasos al apartamento en Braga. Céntrico y super agradable para una pareja con una terraza desde dónde divisamos la ciudad y su núcleo histórico. Unos 40m2 de terraza, casi una vivienda.

!!Una cama que no se mueve!! Todavía en según que momento noto el vaivén del barco y me da una sensación de mareo estando en suelo firme y eso que sólo he estado 4 noches. No sé como lo deben llevar los marineros, pescadores, gente que trabaja en cargueros, cruceros de ocio. 

Acabamos dar nuestro primer paseo por las calles más céntricas y en ellas están todos aquellos edificios más emblemáticos. También las firmas de moda más importantes, no al nivel de Glasgow, pero nada despreciables.

Hemos comprado frutas, galletas, agua, etc,. Y esta introducción viene a cuento porque mi marido que es un fan de las chuches o confites ha comprado una bolsa donde hay una indicación que no había leído. Los confites de geles dulces tienen el E102 e informan de que puede tener efectos negativos sobre la actividad y la atención de los niños. Por favor!!

Información del clima: hace un calor impresionante incluso las señoras, las chicas jóvenes van con colores alegres y veraniegos en sus ropas. 

Como ya he comentado que estamos en medios de edificios históricos religiosos porque algo que no sabía es que Braga desde el año 1070 d.C., la ciudad es símbolo de una importancia religiosa. Antes de Cristo, celtas, romanos, suevos y visigodos han ocupado Braga. Los romanos ya le dieron un nombre como ciudad Bracara Augusta fundada por Augusto en el año 16 a.C. 

lunes, 17 de septiembre de 2018

Oporto IV... visita a Fundaçao de Serralves



Estaba programada una maratón o prueba deportiva en Oporto. Calles cortadas y el tráfico desplazado a otras zonas.

Nuestros  planes eran de acrecentar nuestra cultura artística:
1. Visitar el Museu de Arte Comtemparânea
2. Fundaçao de Serralves

Ambos están ubicados en un espacio privilegiado. La Fundaçao es el centro cultural más importante de Oporto. Se compone de dos edificios notables: El Museu de Serralves diseñado por el arquitecto Siza Vieira y la Casa Serralves, de aire art decó, que fuera casa de los Condes de Vizela.

La visita al museo comprendía ver obras fotográficas. De la que me voy a recordar es una fotografía de Boyd Webb llamada The Conservationist de 1978. A partir del día 20 habrá una exposición del Robert Mapplethorpe. Si buscáis su biografía es todo un personaje polémico.

Vimos las obras de Anish Kapoor y su laboratorio de proyectos.

El resto de fotografías no llegaron a impresionarme porque las encontré muy básicas en el 2018. Cualquier experto artístico en Photoshop, hoy por hoy sorprende más. 

Me gustó más el continente (Edificio del Museo) con sus grandes ventanales que permiten perphormances artísticas. Ver el jardín, formando un lienzo fotográfico in situ y diferente por los cambios en segundos de luz y climatología.

Existe un circuito por toda la finca donde están instaladas obras escultóricas. La más simpática es la pala de jardinero de Claus Oldenburg & Coosje Van Bruggen de 2001.



En la entrada al museo nos recibe una obra cúbica de Anish Kapoor llamada "Bajada al Limbo". Hace poco salió en las noticias que un visitante italiano de 60 años fue hospitalizado por caer en la escultura ya que cuenta con un foso de 2,5 metros de profundidad.

Me encantaron las 56 maquetas concebidas por Anish Kapoor a lo largo de 40 años. Es verdad que están desarrolladas sólo desde un punto de visión. Al contemplar las 56 maquetas una tiene la sensación de estar escuchando el Bolero de Ravel... "variaciones sobre un mismo tema".

Posiblemente la base de cualquier arte sea la obsesión del artista por un tema. Desarrollado hasta la saciedad. También es verdad que el artista se obliga a exprimir su obra antes de que lo hagan otros por él. 

domingo, 16 de septiembre de 2018

Oporto III... hasta las gaviotas necesitan faros


La mañana de sábado 15 la comenzamos tarde para nosotros. A las 10h. por fin! salimos a caminar con 3 objetivos:

1. Ver la Reserva Natural do Estuario do Douro
2. Ver el Atlántico del lado Norte de Oporto
3. Ver la city center desde la Estaçao do Sao Bento a la Catedral, Mercado Ferreira Borges

El primer reto era muy interesante por la cantidad de pájaros a cual más distinto allí congregados en las dunas. Distingo gaviotas, garzas, patos pero no me pidan más porque no entiendo de pájaros. 

Todo muy cuidado y con la información precisa de las variedad que llegan a esos remansos de agua y arena.

El destino cuenta con rutas para corredores, caminantes y una pista exclusiva para ciclistas en rojo que parece ha sido promovida por la UE. 

Hay dispuestos varias cajas de madera de observación afín de con unos prismáticos verlos sin que haya presencia humana. Al lado hay una playa espectacular aunque el tema de hoy sigue siendo la niebla o bruma nuevamente intensa.  

Después de este breve recorrido, hemos vuelto por el mismo camino para subir al barco Menino do Douro con la intención de ir a la otra margen del río, a la altura de la Rua do Ouro. Nada más bajar hemos llegado, en dirección hacia el Atlántico, a un nuevo observatorio de las aves sin tantas medidas se observación. Las gaviotas están super acostumbradas a la presencia humana. Allí hemos hecho un montón de fotos.

El Faro situado enfrente del Fuertte Sao Julio do Foz señala el inicio del mar dejando atrás el río. También es el inicio de la playa. 

Curioso ha sido ver que a pesar del intenso oleaje, a pesar de la niebla, a pesar de que no había esperanza de se asomara un rayo de Sol... la gente estaba en la playa, con bañador y parecían felices de disfrutar de un magnífico día de playa, eso si, ayudados con unos cortavientos individuales que les permitía leer cualquier libro. 

Cuando hemos visto la escena... recuerdo que la gente que frecuento en Barcelona y el Maresme en cuanto hay una sola nuvecilla ponen rumbo a la confortabilidad del hogar.

Para llegar a cumplir con la 3 opción hemos subido al bus 500 que nos ha llevado por las orillas del río hasta el centro de Oporto.

La verdad es que eran cerca de las 13h. y teníamos apetito, de modo que nos hemos alejado de los restaurantes para turistas y hemos entrado en uno de comida casera llamado CasaBalsas en la Rua Saraiva de Carvalho, 53 y ha ocurrido una escena que no daba crédito por ser la mar de divertida. 

Mi marido todo hay que decir es muy ansioso, pero mucho, mucho en general pero con la comida es tremendo y les pido que retengas este dato. Así que en el momento de pedir la comanda hemos elegido lo más típico: bacalao para los dos. Aunque yo añadí una sopa del día. No pregunté de que era. Muy rica, como una crema de patatas, zanahorias, con unas espinacas pelín amargas.

A medida que decía lo sabrosa que estaba, mi marido mirándome pensando... yo quiero algo mientras veo como se deleita con la sopa. Así que mira la carta y pide una salchicha alemana. Ah!... que bueno la reacción de la señorita que nos atendía. Ella con decisión le dijo que no, que no lo pidiera porque con el bacalao tenía suficiente. Que si, que no, que si, que no. Al final obedeció como un estudiante en el comedor del colegio. Cuando se fue la chica me entró la risa y la verdad es que no la podía contener, pero enseguida hice un esfuerzo por seguir con la comida. 

Llegó el esperado bacallao y la guarnición de patatas con unas sabrosas cebollas. Realmente te llenaban lo suficiente para no pedir nada más ni siquiera postre. 

Me sorprendió y me encantó como controlan a los clientes ansiosos. El personal que atiende a lo largo del día sabe que al final sobran y sobran comida y tirarla no puede ser rentable. De modo que la comida casera hizo que nos sintiéramos como niños de mala crianza.  

sábado, 15 de septiembre de 2018

Oporto II... recorriendo la city centre


El viernes 14 ha comenzado a las 7:30h caminando por la Rua de Praia con el objetivo de llegar a la Estaçao Sao Bento. De buena mañana y con las tiendas y comercios cerrados. No así los "motivadores del ejercicio" corredores, ciclistas y caminantes. 

Hasta el 1er. puente de Don Luiz I vienen a ser 1 hora y algo de caminar unos 4,5Km. Objetivo conseguido. Antes de atravesarlo en la base, ya que es para coches y peatones, nos hemos sentado primero para reponer el cansancio tomando unas nueces, avellanas y arándanos y segundo para ver los Rabelos de exposición de las bodegas de vinos de Oporto. Hay muchas con nombres ingleses o casi todas. Antes de llegar a este punto a la altura de las Bodegas Churchill y Ferreira en la Avd. Ramos Pinto hemos visto que reparaban y construían Rabelos con la estructura de barco nórdico-wikingo ya que no tienen quilla, no tienen profundidad o sea poco calado y son más aerodinámicos. 

Atravesamos el puente de Don Luiz I construído por Théophile Seyring y mi marido no se hace el subir las escaleras que nos dejan en línea con la Estaçao de So Bento. Así que observa, mirando con la esperanza de sentirse liberado de futuras güjetas en las pantorrillas, que hay un funicular y por 2,5€.

Quedo impactada por las cantidad de turistas, grupos de Inserso inglés o francés, que hay circulando por la Avd. Alfonso Henriquez, R. Mouzinho Silveira, Rua das Flores y más arriba llegamos a la Avda. Dos Aliados.

Demasiado turismo, demasiado. La suerte es que es bastante menos ruidoso. Aunque el cambio en 3 años es alarmante. Espero que no lleguen a los extremos de brutalización en que nos llega el turismo a Barcelona: incívico y de porro.

En la Estaçao de Sao Bento apenas se pueden hacer las fotografías de los azulejos que decoran las paredes, todas de color azul. representando escenas curiosas.

Hay un McDonald en letras de oro en un edificio con una entrada singular. Pedimos algo básico mientras decidimos el recorrido en el mapa. 

Después nos hemos querido acercar a la Livraria Lello en la calle R. Clérigos y R. Carmelitas. Imposible y aburrido por la hilera de personas haciendo cola con un calor impresionante. Además son de esas situaciones que después de horas de espera, entras y ya te van empujando para salir.

Hemos llegado al parque de la Pç da Cordoaria donde he vuelto a alegrarme pues hay unas esculturas que, no las olvidas  porque no las esperas y los árboles que conocemos como plataneros tienen una base cónica, hinchada y bastantes extraña como si tuviera parásitos haciendo un nido en la base, parecida la textura a los nidos de golondrinas.

Soy una enamorada de las formas clásicas y austeras en la arquitectura y el Palacio da Justiça es sin duda un ejemplo que admiro. Incluso la escultura de la diosa. Es muy curioso que no lleve una venda en los ojos, es muy curioso que debería sostener la balanza en el aire y bien visible. Esta aparece insignificante. El lenguaje poderoso de esta Diosa de la Justicia reside en la espada. la sugerencia es bastante evidente. 

Después de reponer las fuerza a base de agua, galletas y frutos secos enfilamos la Rua da Restauraçao que recuerdo habían graffitis muy interesantes. Hoy no hay grandes destellos y genialidades.

Salimos por fin a a orilla Norte del río Duero, concretamente en la Rua de Monchique, caminamos hasta la Rua de Ouro y allí esperamos el barco que por 2€ nos llevará al otro margen del río, a pocos metros de la Marina. 

Hay una curiosidad en la Marina... la gente tiende su ropa en la calle sobre unos artilugios de palos, piedras y cuerdas.. Hay uno de los pocos lavaderos, que sirve tanto para los lugareños, los que viajan en caravanas y algún que otro limpio indigente.

Lavadero de Afurada. El edificio de lavaderos públicos con señoras alegres que lavan mientras mantienen una animada charla. Hay señoras que incluso lavan por encargo. Es el Twitter y el Facebook de los tiempos antiguos. 

Una vez lavada la ropa la tienden fuera en pleno muelle pesquero donde la luz del Sol y la brisa del mar hacen que la escena sea maravillosa. Me produce un salto al mi pasado, a mi infancia donde mi mama y otros mujeres subíamos al terrado a tender las sábanas y los niños jugando al escondite. Una escena maravillosa. Las madres cansadas por el trabajo de lavar, aunque orgullosas de la blancura de las ropas,  y la risa y juegos de los niños.

Por fin sobre las 15h volvemos al barco y con los ánimos de hacer una siesta reparadora. 

viernes, 14 de septiembre de 2018

Oporto I... la ciudad que me invita a volver.


Escribo estas notas después de superar nuestra primera noche en un barco/barquito de 8m de eslora. Estamos en la Marina de Oporto, en el lado Sur del Río Duero. 

A medida que por la noche, con la sana intención de dormir, hemos cerrado las partes más vulnerales del barquiri, se ha ido reduciendo el espacio para movernos.

No he parado de reír, en plan ataque de risa. La risa seguía aumentado al acordarme de la película Una noche en la Opera(a Night at the Opera) de los hermano Marx. Mi marido de 1,83 cm y yo, movéndonos como si bailáramos un chotis de Madrid. El mini lavabo, la mini cocina y la cama del tamaño para un japonés. Hemos dormido como si fuéramos 2 varillas guiando una tomatera por los pies. 

He descansado mucho porque el barco se mece como si fuera un guisante flotando en el cazo de agua a punto de hervir. 

Resulta muy emocionante el regalo que me la dado el Destino... en el 2015 visité Oporto como quién en la guerra avanza dejando las tropas para descubrir zonas amigables. Ahora en septiembre de 2018 nunca pensé que volvería pudiendo dar la mano a mi marido. 

Volver a Oporto y volver a caminar por la ribera del río Duero supone una alegría placentera. Ver a la gente correr, caminar, ir en bicicleta en plan "tira millas en superficie plana". Los 6 puentes magníficos y por supuesto contemplar la ardiente y luminosa puesta de sol sobre el cruce del Duero con el Atlántico.

Hay barco turísticos de un color marrón rojizo. Se llaman Rabelos. Su diseño responde a que transportaba las barricas de Vino de Oporto con la finalidad de almacenar, comercializar y ser enviado a otros países. Responden a un estilo nórdico con aire wikingo desde 1792. Nada que ver con los barcos de estilo mediterráneo.

Ahora mismo el Sol de esta mañana de viernes 14 brilla intensamente y sale entre los mástiles de los barcos e iluminando el papel dónde escribo estas líneas. Nos acordamos de malta, concretamente de La Valletay los magníficos despertares.

Para finalizar recodar que... no puedo imaginar la vida sin salir de mi zona de confort.

jueves, 30 de agosto de 2018

La Novia del Desierto - The Desert Bride... de Cecilia Atán y Valeria Privato



“Lo que sucede en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, dice uno de los pocos dichos populares norteamericanos. Por lo mismo puede decirse que “Lo que sucede en el Desierto de San Juan (Buenos Aires) se queda en el Desierto”. Tal es la sensación que iba apoderando de nosotros mientras se desgranaban los 77 minutos de esta ópera primera de dos directoras del Cono Sur: Cecilia Atán y Valeria Privato. Vale la pena decir, en principio, que se trata de una road movie clásica. No por ser clásica es menos agradecida de ver. Bienvenido, pues, a La Novia del Desierto.

Es una historia simple en la que el Desvío y el Azar juegan con los protagonistas. Las dos directoras, que al mismo tiempo, han sido las guionistas, nos cuentan la historia de Teresa, una mujer madura que ha trabajado durante muchos años como sirvienta para una familia bonaerense. Sin embargo, sus patrones deciden vender la vivienda y emprender una nueva vida que repercute también en su sirvienta: lo que hasta ese momento había sido para ella un refugio de seguridad hecho a base de obligaciones y rutinas, con la contrapartida de tener el sustento y las necesidades mínimas aseguradas, a partir de aquí se convierte en una situación de dudas e incertidumbres. 

En el curso del viaje hacia su nuevo destino, pierde sus pertenencias en el interior de la furgoneta de un buhonero. Va a parar al santuario de Deolinda Correa (mujer que cruzó el desierto en busca de su marido con un bebé en los brazos y murió de sed, pero el niño logró sobrevivir alimentado por el pecho de la madre muerta) en el desierto de la provincia de Buenos Aires y, aunque no tiene mucha fe en ningún Dios, respeta y le impresiona la fe de otros. 

Acompañada por “el Gringo”, un atrabiliario y carismático personaje, charlatán y excesivo, atravesará se viaje iniciático para recuperar su bolso con sus pertenencias. “El Gringo” es un hombre que sabe esperarla. Teresa, que pierde el bolso pero irónicamente lleva a cuestas su incomodidad de relacionarse con la vida. Ambos son el día y la noche: circunspección frente a extroversión, elementos que realzan el carácter de la road movie. Las relaciones entre ambos derivan desde la desconfianza inicial hasta la amistad final. 

La película tiene a dos codirectoras noveles y a dos protagonistas que ejercen como columnas sobre las que se sostiene todo el relato. Cabe decir de las dos directoras han recibido varios premios por esta producción y previamente habían filmado algunos documentales y premios de guionización, así que no eran completamente desconocidas en el mundo del cine iberoamericano. En cuanto a los protagonistas cabe elogiar el trabajo tanto de Paulina García como el de Claudio Rissi, chilena y argentino respectivamente, muy conocidos en el Cono Sur y ampliamente premiados. Ambos componen sendos personajes que combinan perfectamente, ella por sus silencios y gestualidad corporal, y él por las frases provocadoras y excesivas.

Algunos recursos de la fotografía son interesantes de comentar y no pasan desapercibidos para el espectador. El desenfoque de las personas a las que Teresa no presta atención nos ha parecido muy interesante. Nos dice que si Teresa no ve a los demás es que su vida está agotada. La banda sonora también merece destacarse. El ruido de los paisajes áridos, protagoniza en el espectador la sensación de estar ahí. Vanamente buscaríamos algún exceso en la película. El paisaje lo aporta todo. El espectador no va a sufrir un coma diabético de melodrama y sentimentalismo. La película, en este sentido, no es demasiado provocadora, sino más bien tranquila.

Al final se llega a la conclusión de que lo que hemos visto es entretenido, interesante y breve pero conciso. Es una buena película, en definitiva, que anima a observar las trayectorias posteriores de sus dos artífices. Ahora bien, hay que poner las cosas en su justa medida. Una cosa es reconocer las cualidades de esta película, sus valores y su interés, lo magistral de las interpretaciones y lo sobrio del guión, y otro muy diferente exaltarla hasta más allá de lo razonable como “uno de los grandes películas románticas de 2018”. Cabría más bien decir que la verdad es que no lo vemos como tal. Creemos que son dos personas que realizan un viaje con lo que cabe en sus mochilas. Es lo que han conseguido aquilatar en la vida y se reduce a lo útil y a lo inútil. Son dos personas que su carácter ha obligado a elegir su modo de vivir el día a día en círculos de confort muy distintos.

Presentada en la Sección Oficial del Festival de Cannes de 2017, la película resultó premiada. Así mismo se llevó el premio a la mejor película en el Festival de la Habana y en los Premios Sur fue nominada al mejor guión adaptado, a la mejor música y a la mejor ópera prima. 

Película interesante por determinados conceptos y que resulta un buen primer paso para las dos directoras. Película que gustará a un público muy diversificado con predisposición hacia el cine introspectivo y sereno. Obviamente si su perfil es de espectador con predisposición hacia las películas de acción, efectos especiales y bofetadas, esta no es, desde luego, su película. Pero, en cambio, si quiere aprender algo sobre la vida, los problemas, las historias mínimas bien contadas y los paisajes austeros, ésta es su película.

martes, 31 de julio de 2018

Loveling, Benzinho, Siempre juntos... de Gustavo Pizzi



Con cierta expectación se esperaba el estreno de esta película brasileña que ha obtenido algunos galardones internacionales (en el festival de Sundance y en el de Málaga). La película, en efecto tiene una calidad superior a la media de los estrenos de 2018 y merece verse, no solo por la depurada técnica que emplea, sino por la temática y las reflexiones a las que induce. En efecto, la película nos ofrece algunos datos sobre la sociedad brasileña de nuestros días.

La película nos muestra a una familia, no disfuncional según los parámetros europeos, pero sí original, como mínimo. No es frecuente en Europa encontrar con que cuando se estropea la cerradura de la puerta de acceso a la vivienda, el paterfamilias se limite a clavetear la puerta y colocar una escalera en la ventana… Sin embargo, en otros horizontes geográficos, es una solución. El verdadero cabeza de la familia que nos muestra la película es la madre, “Irene” (Karine Teles), cuarentona y sobre la que descansan las mayores responsabilidades. Ella es la que se preocupa por mantener a la familia unida y solventar los problemas de convivencia que pudieran aparecer. El problema viene porque, uno de sus hijos, el mayor, ha destacado en el balonmano y un equipo profesional lo contrata. El equipo es alemán y el hijo deberá trasladarse a otro país. En esas circunstancias, la figura de la madre se alza una vez más y, como siempre, trata de asumir la titánica tarea de mantenerlos a todos juntos. Le costará porque el hijo mayor debe decidir en apenas veinte días si aceptar la oferta alemana. Para colmo de problemas, la hermana mayor vuelve al hogar familiar después de que su esposo la agrediera. Y, por si esto fuera poco, el negocio familiar de fotocopias no termina de ir bien. 

Aparentemente se trata de problemas menores: no hay nada en la trama que no pueda ser solucionado de una forma u otra. Sin embargo, lo que Gustavo Pizzi está realizando, es un fresco de determinados sectores de la sociedad brasileña. La narración tiende a mostrar un análisis detallado y exhaustivo de los aspectos más cotidianos de las familias brasileña de la baja burguesía, rozando el umbral de la pobreza y con recursos económicos escasos.

Mi subtítulo preferido para esta película sería: “Una samba en descomposición”. Mi teoría es que si los miembros de la familia no bailan samba para romper las puertas amarradas del auto-control, utilizan la vibración de la palabra para que todos entren en un bucle dónde explotan y desbordan las energías de su vulnerabilidad. La protagonista no se permite a ella misma confesar sus miedos por el futuro prometedor del hijo y a ser abandonada por éste. 

Uno de los elementos más curiosos de la película es que la protagonista, Karine Teles, es, así mismo coguionista, junto con el director, Gustavo Pizzi. La anterior película del mismo director que nos llegó a España en 2010, Riscado, ofrecía la misma combinación Pizzi-Teles. El resultado es mejor que hace ocho años. Desde las primeras escenas, el espectador advierte que vamos a asistir a un abanico de emociones en torno a la figura materna. 

Hay un elemento de la película que merece destacarse particularmente: la utilización del sonido. En el libro El niño en América Latina de Ann Bar-Din, investigadora y psicoanalista de origen iraní, leo una nota sobre la mujer brasileña: usa unos rasgos específicos en su forma de comunicarse que podrían ser considerados como "habla de bebé".  Esta introducción viene a cuento de una escena de esta película que tiene que ver con el sonido. En un momento dado todos los miembros de la gran familia al hablar y hacerlo todos a la vez, crean un magma de sonidos y vibraciones como si fueran átomos chocando entre sí a una velocidad de vértigo. Es tal la intensidad que algunos de los integrantes de la reunión sufren una catarsis, como si su mente hubiera sido empujada por saturación a un precipicio. 

Estamos ante un inquietante y turbador relato femenino bastante real. La madre brasileña queda retratada con precisión milimétrica. Una madre que impide, obstaculiza y culpabiliza a los hijos que estén dispuestos a luchar por un status mejor basados en el esfuerzo, la tenacidad y las oportunidades que ofrece la vida. Incluso su pecho sirve de regazo para que su marido se consuele por no conseguir sus objetivos emprendedores. El título "Siempre juntos" nos invita a conocer una familia capitaneada por una madre que se limita al "enquistamiento" de la vida, ya sea no arreglando una casa que se cae a trozos en permanente descomposición (el detalle de la puerta es reveladora) o diseñar una casa improvisando los planos e intuyendo el espectador que no se acabará nunca. 

Una última reflexión. Hace ya mucho tiempo que nuestras sociedades no están habituadas, como lo estuvo Roma antes de Cristo, a que los hijos permanezcan con la madre hasta los 7 años. Ni entonces, ni en el Brasil de 2018, aunque por distintos motivos, estábamos ante el tema del "nido vacío". Alguna madres eligen a uno de sus hijos para cuide de ella cuando sea anciana. La decisión conlleva debilitar las expectativas humanas, sociales y profesionales del elegido que tendrá dificultades para casarse y formar una familia propia, no podrá destacar profesionalmente, ni alejarse de los cuidados y vigilancia de la madre. La madre siempre querrá dominar la situación y conjurar la posibilidad del abandono.

Así pues, prepararse, que lo que vamos a ver es el retrato de la madre brasileña.

sábado, 14 de julio de 2018

Happy End.. Michael Haneke



A la vista de esta película dirigida por Michael Haneke, tengo la impresión de que, viendo el cine realizado en Francia (por mucho que la película y el director sean austríacos), hay muchos descendientes de Vencingetorix y de Juana de Arco que empiezan a sentirse como un país en extinción, como pueden serlo los indios en EEUU, el lince en los bosques eurasiáticos y el atún en los océanos, o el cassette. Muchos franceses piensan que su Cultura, con mayúsculas, su música, su sexualidad, el amor, la literatura, el arte, su historia, su espiritualidad, no es entendida ni por chinos, ni por árabes, ni por africanos con nacionalidad francesa que se sientan en los pupitres de la Escuela Pública francesa, gloria y loor de la República. No todos piensan lo mismo, claro está, algunos incluso creen en las posibilidades de la integración. Pero no nos engañemos: el criterio alarmista gana fuerza a pasos agigantados. Los franceses de “pura cepa” van camino de ser reducidos a personajes del microcosmos de un parque temático a lo Westworld y no es raro que el suicidio esté empezando a ser la medicina paliativa más habitual.

Después de este prólogo que se entenderá mucho mejor en cuanto se vea la película, poco hay que decir sobre Happy End, película cuyo título, ya de por sí, es un spoiler: en efecto, todo termina bien. No hay, pues, que alarmarse.

Estamos en Calais, a dos pasos de los campamentos de inmigrantes que tienen en mente saltar de Francia al Reino Unido en donde los subsidios y las subvenciones son más jugosos. La elección del emplazamiento no es casual: los partidarios del Brexit, literalmente, ganaron el referéndum mostrando simplemente las legiones de desheredados que trataban de obtener su parte en el reparto de migajas en el Reino Unido. 

La familia que protagoniza la trama, una familia burguesa, los Laurent, se niegan a ver la crisis. La llegada de “Eve”, perturba aquella feliz célula. Es hija de “Thomas”, otro miembro de la familia, un tipo agrio y amargado. Cada miembro de la familia mantiene algún secreto inconfesable. Unos son de naturaleza criminal, los otros son fantasmas sadomasoquista, el otro está marcado por un accidente mortal que sucedió en su empresa y que le impide dirigirla con energía. La vida de la familia sigue, el abuelo se quiere suicidar y pide ayuda… pero la familia vive completamente de espaldas a la crisis de los refugiados cuyo centro está a pocos metros de distancia de su hogar. Tal es el contraste y tal es el mensaje que intenta transmitir Haneke.

La Sociedad está educada para que en nuestras vidas siempre haya un final felíz aunque nuestros pies caminen pastosamente en el barro de la locura de los problemas. Francia y su clase media alta aburguesada necesita de retratos al nivel de realitys Televisivos que le expliquen dónde están, hacia dónde van y que les espera al final de su des-anclaje del país y de su nación. Vive la France!

Son muchas las películas sobre clanes familiares con un poder adquisitivo astronómico que el cine, los guionistas, los directores nos invitan a que conozcamos. Clanes enquistados en la estructura de cualquier pueblo, ciudad o país. Si esta destaca sobre otros es por dos motivos: por su encuadre temporal (la trama, como hemos dicho, coincide con la “crisis de los refugiados” de Calais) y el altísimo nivel del reparto. La actuación de Jean Louis Tintignant es un lujo y vale la pena ver esta cinta solamente por la expresividad de un actor que va por los 87 años. a Fantine Harduin la recordamos de la serie Ennemi Public; Mathieu Kassovitz, siempre sobrio y genial protagonizó la serie Le Bureau des Legendes y a Toby Jones lo vimos en Capital, Espías de Cambridge y Carnivàle… En cuanto a Isabelle Huppert, está presente con su indudable charme, pero el guión la pasea por la película como si fuera una tarde de tiendas. 

La película nos muestra escenas de la vida burguesa y de gente que desea salir de la zona de confort que es la Vida cuando siente que esta se le ha hecho demasiado pesada. Y es entonces, a los 80 y 90 años cuando deben pedir ayuda para finiquitarla. Es un terreno en el que Haneke siempre se ha movido bien. Lo que ha hecho es describir una situación de aparente normalidad y felicidad… cuando el fin se aproxima, es inminente e ineluctable. Edad, por cierto, a la que se va acercando el propio director.

Es difícil saber a qué tipo de público le puede interesar esta película. Indudablemente la gente que les guste mirar la vida de los otros. Gustará a los amantes de los estudios psicológicos sobre el ser humano. También dirá algo a los interesados en asimilar el concepto de la muerte y su metafísica como solucionador de problemas. 

martes, 3 de julio de 2018

La Número Uno... de Tonie Marshall



¿Mujeres suficientemente preparadas? Las hay. Y muchas. Que quieran ser las números uno, también. ¿Qué se merecían una película? Cierto, pero ésta no es la que hubiera sido menester. Nos explicamos. La número uno trata sobre una directiva con formación profesional en Ingeniería (hay que recordar que en la actualidad las alumnas de las facultades de Ingeniería siguen siendo una ínfima minoría en relación al total de alumnos y eso después de décadas de… ¿sesenta años?. No se impide a ninguna mujer cursar estos estudios que son los únicos que, en este momento, aseguran el pleno empleo. Sería bueno que los “ideólogos de género” mediten sobre esta circunstancia.

El caso es que la película responde precisamente a las exigencias de las ideologías de género. Y este es el problema y lo que desluce la película o, al menos, hace cuestionable la visión que presenta. En efecto, nuestra brillante ingeniera, Emmanuelle Blacheley (Emmanuelle Devos), apoyada por una red de mujeres influyentes aspira a conquistar la dirección de una multinacional clave en estrategia. De lograrlo, se trataría de la primera mujer que consigue escalar tan alto en Francia, pues la empresa cotiza en bolsa y aparece como prestigiosa. Pero las “altas esferas” están dominadas por los hombres. Lo que nos sugiere esta película es que para llegar allí arriba, ser “la número uno”, la protagonista debe ser igual de cabrona (hablando llanamente) que los hombres. Así pues, lo que se plantea no es la igualdad de derechos, sino una igualdad de trapacerías, artimañas, subterfugios y tretas para triunfar. Es decir, que no se trata de ser igual al hombre en logros, sino también en lo peor, en la ruindad, la manipulación y el oportunismo. Buena lección…

La película resulta ambigua (es la mejor forma de no equivocarse en el mensaje: hacer que cada uno quiera ver en ella lo que el cuerpo le pide). Su director, Tonie Marshall da la sensación de que no sabe qué música bailar: el feminismo, el éxito, la conquista del poder, la igualdad de género, el lugar de las mujeres en el mundo de los negocios, la vida amorosa, la vida de la madre, la relación con el padre… Demasiados frentes abiertos como para que no se pierda o desarrolle los temas sin convicción y sin llegar a conclusiones evidentes. La propia protagonista está adornada de cualidades poco compatibles con el liderazgo: demasiadas dudas, exceso de vacilaciones, dulzura que emana de su presencia, sentimientos incompatibles que no tienen nada que ver con la ferocidad a lo cara de perro que se proponía la película…

Si de lo que se trataba era de abordar la cuestión del feminismo en Europa, a estas alturas ya nadie tiene reservas sobre la integración de la mujer en cualquier puesto de trabajo. La película podía ser pertinente en el Magreb o en Arabia Saudí, pero no en el continente europeo. Aquí el tema está más que superado y todo esto queda ya muy atrás. Y si de lo que se trataba era de sugerir los riesgos de que las mujeres imiten los comportamientos agresivos y las trapacerías de algunos varones que, en realidad, son psicópatas integrados, la conclusión dista mucho de estar clara y ser evidente. 

Además del mensaje y de los temas abiertos y no cerrados, la película tiene otro problema: hubiera precisado de un ritmo más endiablado, hubiera debido ser trepidante y mucho más dinámico de lo que ha resultado. En algunos momentos, el aburrimiento invade la sala de proyección. Una vez más, lo que ha fallado ha sido el guión, la dirección y el montaje. 

Recordamos la interpretación de Céline Sallette en Corporate y se ajusta más al perfil femenino en empresas “triunfadoras”. Situación emocional que Emmanuelle Devos en La Número Uno no llega a superar. Destacamos también la participación de Suzanne Clément que la conocimos por su magnífico trabajo en la serie La Forêt (El Bosque). Benjamin Biolay, excelente como personal assistant, lo recuerdo en la reciente Marguerite Durás. Richard Berry magnífico en su papel de Jean Beaumel. 

Ah...! se puede tomar nota para quien le gusten las conspiraciones en la alta política, hay que prestar atención sobre la influencia de la masonería Francesa en las empresas y en el Gobierno de Francia. 

La parte más positiva es el cuerpo de actores que consiguen imprimir a sus roles el cinismo necesario y apropiado para tipos de “alta dirección de empresas”, sean hombres o mujeres. Lo que si demuestra la película es que nuestros hermosos valores humanos resultan pálidos en este despiadado mundo. O dicho de otra manera: las empresas que “funcionan” están dirigidas por psicópatas integrados. Conclusión que verdaderamente genera una irreprimible tristeza.

Me sorprende que el personaje femenino Emmanuelle Blacheley, junto con su hijo reciten como si tal cosa, los versos de Cyrano de Bergerac en un duelo a espadas. 

CYRANO.(Comienza el duelo y mientras baten sus espadas Cyrano recita sus versos) Esperad... estoy escogiendo las rimas. ¡Ya está! 

Tiro con gracia el sombrero
y, lentamente, abandonada
dejo la capa que me cubre
para después sacar la espada.
Brillante como Céladon 
y como Scaramouche alado,
os lo prevengo, Myrmidón:
¡al finalizar… os hiero!

¡Mejor os fuera ser neutral!
¿Por dónde os trincharé mejor?
¿Tiro al flanco, bajo la manga,
o al laureado corazón?
¡Tin, tan! suenen las cazoletas;
mi punta es un insecto alado;
a vuestro vientre va derecha.
¡al finalizar… os hiero!

¡Pronto, una rima! ¡Se hace tarde!
¡Vuestra cara esta demudada...
Me dais el consonante:
¡Cobarde! ¡Tac! Ahora paro esa estocada
con la que ibais a alcanzarme.
Abro la línea. La he cerrado,
¡Afirma el hierro, Laridón,
que al finalizar… os hiero!

sábado, 23 de junio de 2018

WHITNEY... de Kein MacDonald



Documental de dos horas de duración sobre Whitney Houston que se pre-estrenó en la pasada edición del Festival de Cannes y que ahora está a punto de llegar a las pantallas españolas. Tiene la virtud de constituir una oportunidad para que quienes han coleccionado su música en el formato que sea (la Houston nació en el tiempo del “disco microsurco”, empezó a cantar en los tiempos de la cinta cassette, se consagró con el CD y falleció cuando el mp3 arrasaba con todo lo anterior) se aproximen a la vida de la cantante.

Whitney Houston falleció prematuramente, con solo 48 años, en febrero de 2012 y lo hizo en circunstancias lamentablemente complicadas. Este no es el único documental sobre la cantante. No hace ni un año se estrenó otro, Whitney: Can I Be me (2017) de Nick Broomfield que se centra en el período de autodestrucción de la cantante y que tiene la virtud de dejar el corazón encogido. Éste que llega ahora, dirigido por Kein MacDonald es mucho más amplio y riguroso, mejor documentado y menos dado al amarillismo (el de Broomfield insiste exclusivamente en drogas y amoríos). 

El problema es que dos documentales en tan poco tiempo sobre Whitney Houston, y otros muchos más sobre cantantes con voces extraordinarias y vidas familiares difíciles, encontronazos con estupefacientes, cortes de aprovechados en torno suyo y relaciones poco acertadas, abundan en los últimos tiempos. Los hemos visto sobre Elvis Presley y sobre Amy Winehouse. En todos ellos el denominador común es el mismo: vida trágica y descontrolada con el paso tambaleante sobre el cable de la locura.

El cantante es una máquina de hacer dinero, pero también un instrumento de música tras el cual existe un batallón de técnicos que pulen, miman y afinan cualquier sonido que emita y corrijan el sonido desafiante cuando aparezca. El trabajo de todos ellos se muestra imposible cuando el propietario del instrumento (de esa voz oculta en el cuerpo) no ha sido educado para tener una vida sana, honorable y digna como ser humano. Como si el propietario de un Stradivarius se lo llevara en sus correrías nocturnas, lo zarandeara y lo golpeara sin importante su valor, ni pareciera interesado en mantener su integridad. Esto mismo fue lo que le pasó a Whitney Houston y a tantos otros. 

Muchos artistas que nos han conmovido, han protagonizado lamentables tragedias personales. Disponiendo de la maravillosa capacidad para impactar con sus voces en nuestra alma, pudiendo abrir las puertas a los sentimientos y las emociones, apenas han estado en el candelero durante unos años, han sufrido un rápido declive y un día nos enteramos por la prensa que son ya cadáveres.

Es difícil olvidar el videoclip I Will Always Love Youy, seguramente lo mejor en la producción de la Houston y el que causó más polémica. A diferencia de en los EEUU, la película El Guardaespaldas (1992), cursi, de guión simple, previsible, en España no causó un revuelo particular. El documental de Kevin Macdonald nos recuerda que en Estados Unidos y en aquel año de las olimpiadas de Barcelona-92, todavía resultaba impensable que un blanco besara a una negra. 
Detalles como éste son los que hacen que este documental interesante, ilustrativo, entretenido y recomendable. Quizás el director se extienda demasiado situándonos de forma demagógica en contexto político y social para llevarnos por una autopista equivocada. Esto hace que el verdadero problema de la Whitney, convertida por su séquito familiar y sus amigos en la “gallina de los huevos de oro”, pase a segundo plano. Porque fue este entorno el que llevó por la calle de la amargura a la cantante hasta conducirla, lenta y pausadamente hacia la autodestrucción. Viéndose incapaz de salir de la zona de confort que los demás esperaban que ella les mantuviera ad infinitum, fue declinando por la pendiente hasta su triste final. Es difícil situar la frontera de quien fue más culpable. 

Después de las dos horas de proyección, de este cuidadoso documental, uno se pregunta si vale la pena conocer al dedillo las biografías de nuestros artistas favoritos: porque una cosa es la música que toca un instrumento y otra muy distintas las circunstancias en las que ha sido fabricado y cómo se utiliza. Y es posible que lo importante sea, únicamente, cómo suena.

domingo, 10 de junio de 2018

Salyut-7... de Klim Shipenko



Hasta ahora los “héroes del espacio” eran los astronautas de la NASA, incluso los jubilados (véase Cowboys del espacio, 2000). Desde la fundación de la NASA, esta agencia entendió que su primer gran objetivo no era llegar a la Luna, sino ofrecer al contribuyente un espectáculo lo suficientemente atractivo como para que no tuviera inconveniente en pagar la fiesta. En la URSS ni siquiera hizo falta porque el presupuesto de investigación espacial estaba incluido en el capítulo de defensa y éste fue, hasta la perestroika, secreto. Hoy, los rusos quieren ofrecer al mundo el mismo espectáculo y lo hacen sin tanta épica como sus competidores. La película Salyut-7 podría ser tanto un elogio a la rusticidad y a la fontanería como a los cosmonautas de la Unión Soviética.

La película nos narra la recuperación de la estación espacial Salyut-7, que efectivamente se produjo en 1985 gracias a la acción de dos cosmonautas soviéticos. Un accidente, cuando la estación estaba desierta, hizo que empezara a girar loca y descontroladamente. Para rescatarla y ponerla de nuevo en órbita normal era preciso abordar la nave, pero, a la vista de lo aleatorio de sus oscilaciones era prácticamente imposible que una cápsula espacial pudiera acoplarse a ella. Así que las autoridades del programa espacial soviético recurrieron a dos astronautas lo suficientemente hábiles como para pensar que la misión no sería un desastre y lo suficiente heroicos para atreverse a algo que, técnicamente era, sino imposible, sí al menos, difícil en grado sumo.

Después de ímprobos esfuerzos, cuando lograron acoplarse e introducirse en la estación espacial, el interior estaba congelado al haberse desactivado los paneles solares que le aportaban energía. Peor fue cuando lograron descongelarla y se produjo un cortocircuito en la cápsula que les había llegado allí, impidiéndoles el regreso. Los norteamericanos echaron un capote y al final fueron rescatados. La película nos cuenta la historia de este rescate y empieza con la anterior misión de uno de los astronautas que quedó extasiado al ver una luz blanca y cegadora en el espacio.  Dado de baja del servicio solamente fue requerido cuando lo que ocurrió, se precisó el concurso de alguien experimentado.

Bien, si este es el contenido, la película, vale la pena valorar el conjunto desde el punto de vista cinematográfico. A todas luces se trata de una película fascinante y emocionante, con buen pulso narrativo, interés y emoción. En su casi hora y medio de metraje, la acción es extremadamente realista y se reconstruye a la perfección lo que era la vida en aquella especie de barraca orbital. El espectador entiende pronto que las cosas en el espacio siempre pueden ir a peor. 

Se trata de la producción más cara de la cinematografía rusa moderna. Lo esencial del presupuesto se lo han comido los efectos especiales y damos fe de que son tan buenos como los utilizados por Hollywood. Es más, la habilidad de esta cinta consiste en emplearlos con mesura. Nada de excesos a lo Gravity (2013) que terminan convirtiendo a la producción en un mero efecto de una serie de explosiones por ordenador, sin más interés. 

La alusión al gremio de la fontanería viene a cuento de que, finalmente, los astronautas logran solventar un problema técnico en el exterior de la nave, a golpes de martillo, como en las herrerías medievales. La aventura especial soviética fue mucho más tosca que la norteamericana que, en el fondo, era puro show. En esta cinta, este aspecto se nota perfectamente en las escenas que ocurren en la central de control en tierra. 

Se dirá que, en las películas de astronautas norteamericanas, lo esencial son las personalidades de los astronautas (el espectáculo necesita héroes con nombres y apellidos), pero en la antigua URSS y en la Rusia de siempre, el ciudadano siempre se ha subordinado al Estado, de ahí que la misión de los astronautas es más importante que sus personas, algo que esta película refleja perfectamente. Sin embargo, los dos protagonistas de la película tienen los rasgos justos para entender su idiosincrasia. Protagonizada por Vladimir Vdovichenkov (Leviathan, 2014”) que interpreta al piloto Fedorov y Pavel Derevyanko en el papel del ingeniero Alekhin, servirán como un binomio que se contrarresta. Cada personaje tiene una vida y personalidad bien diferenciadas. Fedorov ya ha estado en misiones anteriormente y ha sido cesado de su puesto tras sufrir una visión en su última misión. Por otro lado, Alekhin ha diseñado la estación espacial pero nunca ha tenido la oportunidad de ver viajar al espacio.

Una buena película que transcurre en los últimos años de la Guerra Fría, cuando la URSS ha está en la recta final que llevará a su desmantelamiento. Gustará a los interesados por la cosmonáutica y la carrera espacial vista desde el lado soviético. También a los que aspiran a completar sus conocimientos sobre el cine ruso y sus derivas actuales. Si han seguido películas del género de Apolo XIII (1981), Space Cowboys (2000), Alunizaje: el vuelo del Apolo XI (2009), etc, ahora les toca ver episodios simétricos de la “otra acera”. Y, desde luego, ésta es una muy buena película sobre este tema. 


Klim Shipenko director de Salyut-7 de 34 años, ganó el premio a la mejor película de 2017 en la ceremonia de los Golden Eagles que se celebró en el cine moscovita Mosfilm.

domingo, 27 de mayo de 2018

Corporate... de Nicolás Silhol




El 7 de Julio de 2016, la fiscalía francesa pidió procesar a los directivos de France Télécom por la oleada de suicidios de sus empleados. En efecto, entre 2007 y 2010, con el momento clave de la gran crisis económica mundial, la empresa inició su reestructuración interior con el despido de 22.000 empleados y el cambio de otros 14.000. Sesenta empleados de distintos grados se suicidaron en apenas tres años, muchos en su propia oficina y atribuyendo la responsabilidad de su acto a la empresa y a su política de despidos. La película Corporate, aborda esta temática y lo hace con una brillantez y claridad notables en lo que puede ser considerada, por el momento, como la mejor película de temática social del año.

Una directiva de Esen establecía un método de despido para que la empresa pudiera ahorrar miles de millones en indemnizaciones: se trataba, simplemente, de aprovechar los datos que el propio empleado había facilitado en sus entrevistas con el departamento de “recursos humanos” a la hora de ingresar en la empresa, para volverlos contra él y conseguir que, dimitiera de la empresa por iniciativa propia. Es evidente que estos métodos tenían mucho que ver con la mentalidad del trabajador francés (poco dado a la movilidad laboral y que rechazaba cambiar de ubicación por cuestiones familiares y por hábitos adquiridos) y con el descenso de la influencia de los sindicatos, especialmente entre los “cuellos blancos” (trabajadores del sector servicios).

La película nos muestra a una ejecutiva de recursos humanos especializada en iniciar esta forma de bullyng laboral. Lo hace fríamente y sin que le interese en nada el destino de los pobres diablos a los que condena a la indigencia económica, a la precarización de sus condiciones de vida o a la inestabilidad familiar. Después del suicidio, en la propia empresa, de uno de estos empleados, empieza a plantearse la moralidad de lo que está haciendo. Un grupo de ejecutivos japoneses de fiesta que conoce casualmente, se hacen llamar “asesinos” (asesinos laborales) y tienen la piel muy dura: ellos han despedido a cientos de trabajadores y tienen en su haber la responsabilidad de decenas de suicidios, así que por un solo despedido que se haya muerto, nuestra ejecutiva no debería de preocuparse. El problema es que, en un momento dado, la propia empresa aplica con ella, la misma política. Y es entonces cuando destapa el caso.

La película no es solamente el testimonio de un luctuoso suceso que sacudió la vida laboral francesa no hace mucho y cuyas responsabilidades penales todavía deben sustanciarse, sino que es la demostración de que la figura del psicópata es la más competitiva dentro del actual modelo político, económico y laboral. No es solamente que se tenga la sospecha de que las empresas están dirigidas por auténticos psicópatas, sino que las cúpulas exigen a sus directivos el que se comporten como tales. Además, la película nos muestra como un Estado (la Quinta República Francesa) tiene un parlamento que escupe leyes sociales, pero un sistema empresarial mucho más fuerte que cuenta con recursos suficientes para eludirlas, contornearlas, ante la deserción de los sindicatos que ni pinchan ni cortan, ni nadie toma ya en serio.

La película está en la línea de muchas películas sobre empresas, a vote pronto nos acordamos del Método Gronholm.

La película aborda, pues, un tema, a todas luces, interesante y actual. Y lo que es mejor: está bien realizada y perfectamente interpretada por Céline Sallette (que se llevó un César a la “Mejor Actriz Revelación”).  La habíamos visto fugazmente en El Capital (2012) de Costa Gavras o en la fallida revisión de The French Connection (Conexión Marsella, 2014), pero en esta película ha alcanzado su confirmación definitiva. La película está dirigida por Nicolás Silhol y constituye su ópera prima; un estreno brillante. Recomiendo consultar las entrevistas que la prensa ha realizado a  Nicolás Silhol… son muy sustanciosas.

Una última observación: hay que valorar correctamente el final de la película. No es que la protagonista se redima y pase a ser una “buena persona”, sigue siendo la “asesina laboral” de siempre, sólo que ha respondido al ataque del que ha sido objeto por parte de la empresa. Si este ataque no se hubiera producido, habría seguido aplicando la Directiva A-16 para despidos sin indemnización… y sin importarle lo que ocurriera después. 

viernes, 18 de mayo de 2018

The Habit of Beauty... de Vicenzo Amato



La Sala Texas, propiedad del veterano Ventura Pons ha estrenado en España la película de Mirko Pincelli, The Habit of Beauty. Rodada en el Reino Unido en 2016, no se había proyectado en España. El propio director reconoció que se trataba de una película casi autobiográfica, o al menos en donde el lastre personal de su vida pasada había tenido un papel decisivo en su configuración. Aquí reside el principal problema de esta cinta como veremos.

La película nos muestra una pareja de italianos residentes en Londres que se ha separado después de que su hijo perdiera la vida en un accidente. Ella ha logrado reconstruir su vida con un nuevo compañero, mientras que él se refugia en la fotografía y da cursos en las cárceles. En uno de estos cursillos, conoce a un chico joven, condenado por haber participado en un episodio propio del ambiente en el que se movía. A medida que avanza la película, siente cada vez más simpatía por este joven al que le regala cámaras de fotografiar y con el que sigue en contacto una vez liberado hasta el punto de entregarle las llaves de su apartamento para evitar que siga en contacto con los ambientes de la delincuencia que tratan de integrarlo. Es evidente que el fotógrafo está intentando compensar con el joven la pérdida de su hijo, máxime cuando a él le han diagnosticado una enfermedad terminal. El joven, como buen alumno, saldrá adelante y demostrará tener actitudes artísticas contrariamente a lo que creían sus padres. 

Hasta aquí el guión. No existen grandes sorpresas, giros inesperados, ni momentos cumbres. Y se entiende porque es la opera prima del director que, hasta ahora solamente había realizado documentales. Si tenemos en cuenta esto, veremos que es normal que no haya estado en condiciones de dirigir a los actores y que estos hayan ido por su cuenta: Vicenzo Amato, tiene experiencia suficiente como para salir airoso. Por su parte, Francesca Neri, actriz de ojos más que sugerentes, ha cometido el craso error de recauchutarse (innecesariamente) los labios. Su rostro se ha convertido en inexpresivo y ha adquirido una expresión extraña, si tiene la cara fija pero es que si empieza a gesticular, por mucho que uno se esfuerce, esos labios esculpidos a base de lingotazos de botox, no logra desaparecer. Es prometedor el actor joven Nico Mirallego, hace una interpretación muy convincente así como la inestimable interpretación de Noel Clarke.

El guión hubiera podido ser algo más elaborado y la carga de melancolía y tristeza, propia de alguna vertiente del alma italiana, habría debido atenuarse. Parece como si volver a las raíces fuera un trabajo metafísico propio de tragedia griega. Sobra algo de solemnidad pretenciosa. Obviamente, el título de la película –The habit of beauty- tiene que ver con la fotografía, así pues, con la imagen. Sin embargo, no vemos magnificencia en las imágenes.

No le faltan cualidades al director para ir progresando y adquiriendo oficio, o más bien, para transformar el oficio que tiene como documentalista, en director de películas con actores y guión. En esta primera, él mismo lo ha dicho, ha querido trabajar un tema que conoce bien: en rueda de prensa reconoció que, gracias a haberse alejado de Italia, pudo salir del circuito en el que se educó y de sus relaciones personales, que lo mantenían atrapado.

Se trata, pues, de una película muy personal, de autor, con un happy end final que no convencerá a todos (no siempre existe la esperanza de una redención para jóvenes que se sienten atrapados y tentados por caminos problemáticos o por la simple vagancia). La pregunta de por qué Ventura Pons la ha traído a Barcelona se responde por la tendencia que ha demostrado en favorecer las carreras de chicos jóvenes que, en el fondo, es el leit-motiv de The habit of Beauty. 

Película recomendable para gente joven que aspira a encontrar un mentor, especialmente si se encuentran en situaciones difíciles. Película para amantes del cine intimista y de los problemas internos de personajes desesperados y depresivos. 

Sweet Country... de Warwick Thorton



En 1929 tuvo lugar el asesinato del encargado de una explotación agrícola en Australia. Del crimen fue acusado un aborigen que resultó, finalmente, absuelto. Aparentemente, no es un gran tema. El tiempo transcurrido, la lejanía geográfica y el hecho de que la Australia de 1929 no sea la del 2018, parecen restar interés a la cinta. Y si lo tiene, porque nos enseña muchas cosas sobre aquel país e incluso porque se trata de una película bien realizada en la que la fotografía y el sonido –incluso su ausencia- son esenciales. 

Recientemente, la serie de tv Banished, nos ha enseñado cuál fue el origen de la ciudad australiana de Sidney. Gracias a ella sabemos que los primeros colonos que llegaron eran colonias penitenciarias. Determinados delincuentes presos en cárceles inglesas recibieron la oferta de abreviar sus condenas en la remota Australia, a cambio de no volver a la metrópoli. Muchos aceptaron y, por tanto, puede decirse que la población de algunas zonas de Australia tuvo un origen de destierro penitenciario: unos eran presos (de ambos sexos) y los otros guardianes. Claro está que unas generaciones después, la situación se había estabilizado. Sin embargo, en 1929, al parecer, quedaban algunos elementos “anómalos” en la vida australiana, como aquel anglosajón que llega para hacerse cargo de una explotación y con el que arranca la película Sweet Country.

Se trata de un tipo iracundo, racista e intolerante que al pedir ayuda a la explotación vecina, dirigida por un pastor protestante que trata a los aborígenes como iguales, al referirse a estos los llama “ganado de ovejas negras”. Aun así, el pastor transfiere a una familia para que apoyen al recién llegado en su explotación. Éste encadena al niño que va con ellos y su huida provoca una reacción extemporánea en la puerta de la vivienda de los aborígenes. Entonces se produce la muerte del anglosajón. Lo que sigue a continuación es la detención de la familia aborigen y el juicio por asesinato. Para saber cómo termina, deberán ver la película.

La cinta, podría ser un “western”, si esa palabra se aplicara en Australia. Como en las muestras de mayor calidad de este género, el paisaje es algo fundamental que el director, Warwick Thorton explota con habilidad y buen gusto. Gracias a las imágenes podemos hacernos una idea de que Australia es un país hostil, demoledor, desértico. Es cierto que apenas hay banda musical, pero, sin embargo, el sonido tiene mucho protagonismo y los silencios resultan extremadamente elocuentes. Y luego está el montaje en el que proliferan imágenes que anticipan desarrollos futuros que veremos en la película. Estos flash-backs a la inversa, lejos de constituir spoilers nos generan interés e inquietud por saber cómo se ha llegado a esas situaciones. Son como piezas de puzzle que nos entregan sin poderlas encajar dado que no se ha construido todavía la historia.

Resultan particularmente curiosas las escenas del juicio, celebrado ante una taberna y con algunos espectadores tumbados en hamacas. Nos muestra que hace 100 años, el país estaba como el far-west a lo largo del siglo XIX. Alguno puede preguntar ¿por qué esta película y por qué ahora cuando los aborígenes australianos supervivientes son privilegiados a los que, solamente por el hecho de serlo, son objeto de subvenciones y subsidios reparadores de injusticias pasadas? La película intenta ser –y es lo que la justifica- un alegado contra el racismo colonialista y aparece en un momento en el que parece existir una ofensiva mundial en esa dirección, por mucho que ya no exista colonialismo. Otro elemento interesante es la percepción del alcohol como “arma de destrucción masiva” que trituró a los aborígenes.

No es originalidad, pues, lo que se le pide a esta cinta, especialmente en su fondo, sino que, si vale la pena verla es porque constituye un entretenimiento, que alcanza en algunos momentos rasgos espectaculares. El paisaje pasa a ser uno de los protagonistas, mudo e inerte, pero no por ello menos importante. 

Quedaría decir unas líneas sobre los actores y sobre el director. El director, claro está, es Australia y quizás se identifique con la última frase pronunciada por el pastor protestante con la que se cierra esta película “¿Qué será de este país?”, más que pregunta,  exclamación y lamento. En sus anteriores películas (We Don’t Need a Map, 2017; The Turning, 2013; Samson & Delilah, 2009…) ya había demostrado lo mucho que le interesa profundizar en las raíces históricas de su país y especialmente en la cultura aborigen. Ésta película va en la misma dirección. Hamilton Morris (“Sam”, el aborigen), hace un papel absolutamente convincente, mientras que Ewen Leslie, actor australiano, ejerce de granjero iracundo y violento como secuela de su participación en la Primera  Guerra Mundial. Bryan Bown está estupendo tanto o más que Sam Neill.

Una buena película que el espectador  sabrá apreciar, siempre y cuando lo que hemos dicho aquí encuentre algún eco en su interior. Pero, aun cuando el tema no le interese, quizás las imágenes logren hacerle permanecer sentado e emocionado en la oscuridad de la sala de proyección.