viernes, 24 de noviembre de 2017

En realidad, nunca estuviste aquí... Lynne Ramsay


Resulta difícil reciclar a los veteranos de guerra como dependientes de mercerías o funcionarios de correos. Quien ha vivido las batallas, ha estado expuesto al fuego enemigo y ha visto cómo quedaban despanzurrados sus compañeros, la fragilidad de la naturaleza humana ante la técnica armamentística y las situaciones sin salida, difícilmente puede reintegrarse en el honesto conformismo pequeño-burgués. Tal es la situación del protagonista de esta película, “Joe”, ex marine, veterano de las guerra coloniales desatadas por George W. Bush, perro de la guerra, que al dejar atrás los frentes, se recicla como “solucionador”. Tal es la historia que nos va a contar Lynne Ramsay, director y guionista de En realidad, nunca estuviste aquí.

La figura del “solucionador” se ha hecho habitual. En el momento en el que escribimos estas líneas, la quinta temporada de Ray Donovan, sigue cosechando éxito, en esta ocasión acompañado por Susan Sarandon en el papel de siniestra propietaria de unos estudios de Hollywood que requiere sus servicios. Y Donovan acude a resolver los problemas intrincados protagonizados por notables del mundo del cine. Esa figura existe en la sociedad norteamericana: llega allí a donde la justicia y la policía no pueden llegar o, si pueden, lo hacen con más lentitud. Lo importante es que al “solucionador” le queden principios morales. De lo contrario se convierte en un asesino que liquida a otros asesinos. 

Ni “Joe” (Joaquin Phoenix), ni “Ray Donovan” (Liev Schreiber) pertenecen a este modelo. A pesar de la brutalidad y contundencia de sus iniciativas, lo cierto es que mantienen una escala de valores casi nietzscheana: no son, ni buenos ni malos, son “grandes” que se enfrentan a un mundo dominado por los “pequeños”, por mucho que muchos de estos ostenten cargos importantes. Si en el caso de “Ray Donovan” las “pequeñas comadrejas” tienen mucho que ver con el mundo del cine, “Joe”  terminará enfrentándose a notables de la política y de las esferas del poder.

“Joey” se enfrenta a una trama de pederastia y abusos sexuales a menores que termina siendo protagonizada por “notables”. Lo que inicialmente es, solamente la localización y rescate de la hija de un conocido político, termina convirtiéndose  en el descubrimiento de una trama de corrupción en la que participan personajes aparentemente fuera de toda sospecha. Salvando las distancias la película remite a la tarea salvadora de “Travis” (Robert de Niro) en Taxi Driver, acaso porque también él era ex marine y ex veterano de Vietnam.  
Se producen escenas de violencia, derramamientos de sangre, aparición de cadáveres y escenas suficientemente explícitas como para que el guionista obvie diálogos. Lo que nos queda al finalizar los créditos y encenderse la luz de la sala de proyecciones es una película en la que lo esencial es el argumento, el sonido, la música y la fotografía. Obsérvese que distinguimos entre “sonido” y “música”. No es habitual aludir a los “ruidos” de una película, pero, si, por lo que fuera, viéramos la película sin los efectos de sonido, perdería calidad e interés. Esta cinta nos demuestra que el sonido puede desencadenar sensaciones inquietantes mucho más que las palabras. 

En cuanto a la música, ha sido compuesta por Jonny Greenwood el guitarrista de Radiohead. Quizás haya que volver a escuchar trabajos como: Bodysong, Smear, Convergence, Tehellet, Overtones. Ha compuesto la banda sonora de las películas Bodysong (2003), There Will Be Blood (2007), Norwegian Wood (2010), Tenemos que hablar de Kevin (2011), The Master (2012) e Inherent Vice (2014), y también fue compositor residente de la BBC Concert Orchestra

Quedaría hablar del papel de Joaquin Phoenix, en cada intervención mejor que en la anterior y que en esta película completa su elenco de personajes machados por la vida. Phoenix se nos muestra... como si estuviera a merced de un carpintero loco armado con un “cepillo” propio de su oficio que, sacando virutas de sus personajes, creara formas retorcidas por el dolor, con almas deformadas por los traumas que un ser humano ejerce sobre otro. 

Por el momento, Phoenix ha ganado el premio al Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes y la película se hizo con el galardón al Mejor Guión en el mismo evento. Así pues, sus méritos han sido reconocidos.


La película puede recomendarse sin fisuras. Es un thriller “especial”, no es un tipo de película habitual. A medida que va avanzando nos convencemos de que es un punto y aparte: tiene algo de otras películas, pero es radicalmente diferente a todo lo que hayamos visto. Sólo por esto, merece recomendarse.

jueves, 23 de noviembre de 2017

El sacrificio de un ciervo sagrado... de Yorgos Lanthimos


The Killing of Sacred Deer 

Hay películas que sorprenden por su argumento, otras por su reparto, por sus efectos especiales, sus escenas y las hay que, en sí mismas, constituyen una sorpresa y lo que creemos que vamos a ver, a partir de cierto momento, nos reserva un giro inesperado que genera una angustia irreprimible. Reconozco que cuando se inició la proyección de esta película no intuía ni remotamente la deriva que iba a tomar la cinta a partir de cierto punto. 

Me habían informado de que el argumento tenía como telón de fondo la contraposición entre ciencia y fe, uno de esos temas con los que el fabricante de best-sellers Dan Brown nos suele aburrir cada cuatro años y que ha reiterado en su novela Origen recientemente publicada y que, en gran medida, transcurre en Barcelona. “Otra divagación más...” me dije: y resulta que no: la temática se aproxima mucho más al mito de Ifigenia. No puede extrañar si tenemos en cuenta que el director, Yorgos Lanthimos, es de origen griego.

La película nos cuenta la historia de un cirujano de éxito que en el curso de una operación no puede evitar que un paciente muera. Aparentemente era el riesgo de la intervención, extremadamente complicada, y que la familia del fallecido asume. Sin embargo, el cirujano y la esposa del fallecido empiezan a aproximarse y, a partir de ese momento, empieza a ganar protagonismo el hijo de éste que se convierte en el verdadero protagonista de la trama. Simplemente, el hijo quiere una vida por otra vida: una vida de la familia del cirujano o la suya propia por la vida de su padre. Y lo que aparentaba ser una película de médicos, pacientes y acercamientos conflictivos, se convierte en una película extraña, próxima al terror psicológico cercana al thriller pero sin que veamos persecuciones trepidantes, sin embargo, si excesos adrenalíticos inquietanes de angustia… es simplemente, un tema clásico llevado a la modernidad.

La fuente originaria de esta cinta es el mito de Ifigenia. Ya hemos aludido al origen griego del director (que, de paso, es también el guionista). La hija del rey Agamenón, fue pedida en sacrificio para que su ejército pudiera seguir su marcha hacia Troya. ¿Cómo puede inferirse esta relación entre la película y el mito clásico? Muy sencillo: por el título. En efecto, todo el problema se desencadenó porque la diosa Artemisa quería castigar al rey Agamenón porque éste había matado en sus dominios a un ciervo blanco y alardeaba de ser el mejor cazador. La diosa detuvo a las naves de Agamenón: en Áulide ya no hubo viento que las moviera del puerto. Un adivino aconsejó que lo único que podía calmar a la diosa de los bosques y señora de los animales, era el sacrificio de la hija del Rey: Ifigenia. Una vida por otra vida. Con mucha menos poesía, los judíos llaman a esto “la ley del Talión”: “tú me has dañado, yo te daño…”. Pues bien, éste es el tema de esta inquietante cinta que atrapa al espectador y lo aferra a su butaca.

Todo es una metáfora. Está claro el porqué Yorgos Lanthinos ha elegido como profesión del protagonista, el “doctor Steven”, a un cirujano. Simplemente, en esa profesión se hacen “milagros”, se salvan vidas, se reconstruyen órganos, se extraen males… De entre las especialidades de la medicina, la de cirujano figura en la cúspide y, desde allí, algunos parecen estar más cerca de lo divino que de lo humano. Otra metáfora: el hijo que quiere un resarcimiento por la muerte de su padre. Él ocupa el papel de Artemisa. En realidad, se trataba de una diosa griega arcaica, quizás procedente del período minoico, tosca, brutal, ambigua, como el adolescente preocupado porque la salen pelos en las axilas y por exigir una vida por la vida de su padre. El cirujano debe de ser decidido pero al mismo tiempo racional en su trabajo. No puede caer ni en supersticiones ni ser presa del “pensamiento mágico”. Más que Dios es una especie de anti-Dios. El hijo, introduce el elemento irracional al que, en principio debería ser inmune el “doctor Steven”, sin embargo, poco a poco, éste se siente ganado por la sensación de que si se suicida o mata a alguien de su familia, algo terrible sucederá. Última metáfora: vivimos en un tiempo en el que se ha cerrado la puerta al pensamiento religioso y mítico, estamos atrincherados tras la barricada de la racionalidad y, sin embargo, las supersticiones y el “pensamiento mágico” siguen entrando por la ventana. 

La familia en la que vive el “doctor Steven” es fría, todos sus miembros son distantes unos de otros, neutros, recuerdan a aquellos protagonistas de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956, con sus tres remakes posteriores) en los que los ciudadanos de un pequeño pueblo son sustituidos por extraterrestres mansos y sin vida en los ojos. Así son las familias norteamericanas de clase media-alta: la racionalidad, conduce directamente a la frialdad y a la falta de emociones. Yorgos Lanthinos, simplemente, introduce la irracionalidad en un islote de positivismo y frialdad. Luego, todo estalla.

Con respecto a la música, bastante importante en el climax de la película desconozco el autor. Intentaré busca ese dato como sea. 


No es una película que pueda gustar a todos los públicos. Los habrá que lo consideren un folletín, otros una película casi paranormal para uso y disfrute de los que no se pierden Cuarto Milenio ni una sola semana. Habrá quienes la considerarán una película maligna y no soportarán la angustia creciente que la acompaña. Pero lo que verán no es nada de todo esto: en esta película nada es lo que parece. Acompañada por una música poderosa, luciendo un movimiento de cámara que recuerda a Kubrick, con unas interpretaciones memorables del trío protagonista que les ponen en la recta de los Oscars, lo cierto es que vale la pena ver esta película y no perderse los detalles.  


sábado, 18 de noviembre de 2017

La higuera de los Bastardos... de Ana Murugarren


El ciudadano medio español no piensa desde hace décadas en la Guerra Civil, ni se plantea, desde luego quién fue mejor o peor, como tampoco piensa en la guerra de Cuba o en las guerras del Rif. Sin embargo, estos conflictos se han convertido en permanente fuente de inspiración para los cineastas españoles que una y otra vez vuelven sobre estos temas: en ocasiones logran productos de aceptable calidad (Los últimos de Filipinas, 2017), en otras resultan rematadamente malos (Balada triste de trompeta, 2011) y, a veces se limitan a construir fábulas extrañas. Tal es el caso de La Higuera de los bastardos.

Ramiro Pinilla fue uno de los mejores novelistas españoles a partir de los años 60. Obrero de la construcción y “maketo” en Bilbao, haciendo esfuerzos por “vasquizarse”. En 1960 ganó el premio Nadal  y once años después fue finalista del Planeta. La Higuera –en la que se basa esta película- fue escrita en 2006. Falleció en 2014 después de haber entregado otros cinco títulos más a la Editorial Tusquets. El hecho de que no sea de los autores más recordados de la literatura española, no quita que su envergadura no sea similar a la de un Juan Rulfo y no ande lejos de las alturas de García Márquez. 

Hay que decir que la película se parece sólo muy relativamente a la novela. Ha sido filmada como tragicomedia y rasgos muy acentuados con relación a la novela. Nos cuenta la historia de un falangista, Rogelio (Karra Elejalde)  que, junto a su grupo, realizaba ejecuciones durante la guerra civil. Se apunta ligeramente que tales ejecuciones eran respuesta a las que previamente había realizado el otro bando, pero una discusión de este tipo nos llevaría a Caín y Abel o a aquello otro de qué fue antes si la gallina o el huevo. El protagonista, en el curso de una de esas ejecuciones sumarias ve la mirada del hijo de la víctima, de apenas 10 años años. Aquella mirada le impresiona y, por algún motivo, se le mete entre ceja y ceja que ese niño terminará matándolo. Así que su carácter se vuelve huraño y sobre la tumba del asesinado, Rogelio planta una higuera y se convierte en ermitaño ante aquel arbolito que, poco a poco, va aumentando su volumen y retorciendo sus raíces. Nadie sabe qué hay debajo de la higuera. Empieza a circular el rumor de que Rogelio está custodiando un tesoro escondido. Pero, por otra parte, algunos empiezan a visitarlo e incluso le dejan una imagen de la Virgen, lo que hará que en torno a aquel lugar empiece a convertirse casi en lugar de peregrinación. Los antiguos camaradas falangistas de Rogelio, todos han ascendido y se han convertido en “hombres del régimen”, dando por perdido a su antiguo comilitón, a pesar de que intentarán por todos los medios de que Rogelio abandone su lugar de retiro y la higuera sea arrancada, sabedores de lo que contiene bajo sus raíces.

Se trata de una película que no aporta gran cosa sobre la Guerra Civil, ni aclara las circunstancias que se produjeron en la zona. Así pues, si alguien esperaba que ochenta años después de finalizado el conflicto, algún cineasta español se atreviera a tratar con distanciamiento y profundidad el tema, se equivoca. Tampoco la novela de Pinilla resulta ser su mejor relato. La fotografía es discreta, y entre las interpretaciones destaca especialmente la de Carlos Areces como chivato, siniestro y miserable, propagador de la leyenda de que Rogelio custodia un tesoro !Bravo!. En lo que se refiere a Elejalde, encasillado permanentemente desde Año Mariano (2000) en papeles de colgado (o, en cualquier caso, de excéntrico) repite actuación muy en su línea. Ha sido dirigida por Ana Murugarren de la que es su quinta película, una directora que suele elegir temas de interés socio-político siempre próximos a su origen vasco-navarro.


Si la película se toma como un cuento puede gustar. Y esta es la perspectiva desde la que recomendamos verla. Es entretenida, divertida, surrealista. La escena final resulta estremecedora y esa es la que, quien escribe esta crónica se lleva al salir del cine. 

Jupiter’s Moon... de Kornél Mundruczó


Ante determinadas películas, uno corre el riesgo de perder la perspectiva si se centra en los aspectos formales de la película y se olvida lo que la película es en sí misma, incluso al margen de las intenciones del director. Y esto es lo que sucede con Jupiter’s Moon que es una especie de caleidoscopio en el que lo que el director ha pretendido expresar, lo que un público sensibilizado por la “crisis de los refugiados” ve, lo que otro público propenso a las meditaciones religiosas puede ver por el mismo precio y lo que es, en definitiva, un cuento para adultos.

Nos ha sido imposible abordar esta película desde otra perspectiva que no sea la de un puro y simple "cuento", algo así como Caperucita Roja trasladada a una capital centroeuropea aquí y ahora. Caperucita era tan buena, tan remilgadamente azucarada que el coma diabético era inevitable. El azúcar, como se sabe, se utiliza para endulzar algo que, en principio o es insaboro o es, simplemente, amargo. Así que el cuento debía tener una contrapartida que no podía ser otro más que el lobo feroz. Porque todos los cuentos infantiles son extremadamente dualistas: buenos hasta la náusea y malvados en la puerta del infierno. Somos tan simples que en ocasiones hace falta extremar los rasgos de los personajes para que advirtamos el mensaje. El cuento, además, se completa, con elementos fantásticos y oníricos que no se dan en la vida cotidiana: de ahí que los cuentos fascinen a los niños. Pues bien, todos estos elementos se encuentran presentes en Jupiter’s Moon y son, precisamente, lo que nos impulsa a definirla y a verla como “cuento” en sentido positivo (y no como pamplina insípida y pelmaza, la otra acepción coloquial de la palabra “cuento”).

La película, en su conjunto, resulta entretenida, dinámica, trepidante en los tramos iniciales, muestra incluso algunas zonas monumentales de Budapest (la estación Keleti, las avenidas con soportales, e incluso el bus que navega por el Danubio), las interpretaciones buenas, los efectos especiales impecables. Queda hablar del argumento del cuento. Como todos los cuentos, resulta absolutamente simple y dualista: la lucha entre buenos y malos.

Un grupo de refugiados sirios intenta cruzar la frontera en medio de una confusión extrema. Los policías húngaros disparan a matar y uno de los refugiados, Aryan, cae al suelo herido. Sin embargo, sus gotas de sangre no siguen la ley de la gravedad sino que se elevan y él sigue el mismo camino ascendente. ¿Metáfora de la santidad, símbolo de pureza? Quizás solamente sea el elemento desencadenante de la narración.  El protagonista se recupera luego de sus heridas en el campo de refugiados. Un médico, Stern, endeudado hasta las trancas intenta aprovecharse de la “anormalidad” del joven. Hace unos meses, Stern había matado a un niño al haberle operado en estado de alcoholismo. Cree que con los beneficios que le puede reportar la rareza de Aryan conseguirá pagar a los padres de la víctima una cantidad que los neutralizará judicialmente. Sin embargo, el policía que ha disparado sobre Aryan trata de localizarlo para expulsarlo del país. Se suceden las persecuciones frenéticas seguidas de las reflexiones morales hasta el the end que nos confirmará lo dicho: hemos visto un cuento que ha durado dos horas.

Por supuesto, la película puede ser acusada de oportunismo y de deformación de los hechos. Oportunismo porque fuera de Hungría, el “ponga a un refugiado en su casa” parece haberse convertido en consigna desde las ONGs de ayuda al refugiado hasta cualquier partido que reivindica la etiqueta de progre. De ahí que esta película confirme que nadie es profeta en su tierra y que la cinta ha sido elaborada para triunfar fuera de Hungría y no en el interior del país en donde el gobierno ha sido claro desde el principio: no precisaba inmigración y no toleraba inmigración. Hay que reconocer que la opinión pública húngara ha aceptado unánimemente esta decisión de su gobierno. En cuanto a la deformación de los hechos viene a cuento de que no se han producido tiroteos ni muertos mientras se produjo la crisis de los refugiados, tan solo una periodista de la televisión local que hizo la zancadilla a un refugiado que terminó, por cierto, acogido en España. Eso fue todo: no hubo masacres sangrientas en la frontera húngara. 

El azar ha querido que la premiere de esta película se realizada apenas una semana después de que la autora de estas líneas regresara de un viaje por Budapest. A diferencia de otras capitales europeas, allí no hay ni velos islámicos en las calles, ni riesgo de atentados yihadistas. Los habitantes de la capital húngara no parece ninguno de los dos elementos, de ahí que pronostiquemos que Hungría no será tierra fértil para esta película.

Quizás no sea muy afortunado presentar a un “refugiado sirio” como ángel o como metáfora del mismísimo Cristo resucitado (mostrando sus agujeros de bala, ascendiendo a los cielos y con padre carpintero). Pero si uno decide hacer una cinta oportunista que pueda triunfar en la Europa comunitaria, está obligado a llegar hasta el final. De todas formas, las reflexiones teológicas figuran entre los más plúmbeo de una película que, por lo general, es bastante dinámica e, incluso, en algunos momentos trepidante. 


La película se proyectó en el pasado Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges en donde recibió críticas positivas y el premio a la Mejor Película. El director, Kornél Mundruczó tiene abundante experiencia a sus espaldas y es, sin duda, el director húngaro con más proyección internacional. En esta película se nota que ha realizado un film destinado a granjearse las simpatías de los europeos “políticamente correctos”. Si usted no pertenece a esta gama de espectadores, lo mejor es que mire la película tratando de identificar los elementos propios de un cuento infantil. No se pierda en disquisiciones teológicas, no intente abordar cuestiones político-sociales porque éste no es la división en la que puede jugar esta película.

martes, 7 de noviembre de 2017

Oro... de Agustín Díaz Yanes


España es el único país europeo que, hoy por hoy, carece de una “historia nacional”. Quizás si se entendiera mejor nuestro pasado, existirían menos problemas en el presente. En cualquier caso, no es éste el lugar para explicar el por qué, ni siquiera, sobre si existe una interpretación sobre la conquista (conquista y civilización) de América... ésta película asume este tema y lo hace mediante la aproximación a un grupo de conquistadores perdidos por la selva y en busca de Oro.

La expedición de López de Aguirre ha sido tratada en otras películas que tuvieron en su momento cierto relieve (Aguirre o la cólera de Dios [1972] de Werner Herzog y El Dorado [1988] de Carlos Saura), en ambos casos, el guión se basaba, más o menos, en hechos reales y en la crónica escrita por el propio protagonista. Esta tercera aproximación está realizada por Agustín Díaz Yanes sobre un texto de Arturo Pérez-Reverte, a su vez, inspirado en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre de Ramón J. Sénder. En los dos primeros casos, dos actores extranjeros, el excesivo Klaus Kinsky y el sobrio Omero Antonutti, alemán e italiano, daban sus versiones particulares sobre el personaje. Pérez Reverte, en una de las entrevistas promocionales explica que el protagonista “para esta película había que ser español, porque solamente desde dentro entiende el país del que se van, cómo se relacionan entre ellos, cómo se matan entre ellos y al enemigo”. 

El argumento es fácil de resumir: una treintena de hombres y un par de mujeres emprenden la expedición en busca de una ciudad hecha de oro que, efectivamente, existe, pero que no es exactamente cómo ellos se habían imaginado. A lo largo del camino suceden todo tipo de peripecias protagonizadas por hombres de natural turbulento que sólo respondían de manera unitaria y unánime en situaciones de combate ante el enemigo común. 

La intención de la película es mostrarnos cómo eran los aventureros españoles del siglo XVI. Y hay que decir que al terminar los 103 minutos de proyección, el objetivo se ha logrado ampliamente. Una cosa eran los propósitos del Cardenal Cisneros y de los Reyes Católicos y de sus sucesores, y otra muy diferente encontrarse perdidos en las selvas tropicales y tener que responder a situaciones de máxima tensión frente a la naturaleza y frente a los ataques de las poblaciones indígenas. No es que los ideales originarios que inspiraron la conquista de América no estuvieran presentes, es que para la empresa se precisaban aventureros y hombres de hierro. Hombres procedentes de Navarra y Extremadura, andaluces, maños y vascos, muestran la variedad de caracteres y tonos que existía en “las Españas” del siglo XVI. Podemos decir que así veían los guerreros de a pie la conquista de aquel continente.

La película es recomendable especialmente a la hora de reconstruir una “historia nacional” (nunca como hoy tan necesaria) y hacerla accesible y comprensible para todos. Eso, o de lo contrario, prevalecerá la idea de que allí se produjo un “genocidio”, como parte de nuestra “leyenda negra”. Es cierto que los aventureros del siglo XVI buscaban oro en América, muchos de ellos, los jefes, empezaban a ser mayores y se sentían fracasados si no encontraban la ciudad del Dorado. Otros huían de la pobreza. Eran los “desertores del arado” de la época. Todos los imperios se han forjado con gentes como estas: un proyecto de dominación y de traslación de los propios valores culturales a otras latitudes. Esto fue la “conquista de América”, sin las exaltaciones y ni las denigraciones extremas en las que se suele caer.

Si esta es la temática de Oro, cabe decir ahora algo de la película en sí misma. Sobre los actores, la ambientación, la fotografía y la música, los promotores de esta película pueden darse por muy satisfechos. Ver a Raúl Arévalo y a José Coronado embutidos en destartalados y roñosos uniformes ha supuesto ver revalidadas sus cualidades interpretativas. Ambos demuestran ser actores todoterreno que salen airosos de los más variados papeles que se les encargan. 

En cuando a la dirección de Díaz Yanes cabe decir que es lamentable que un director con estas cualidades no se prodigue más. Su última película, Sólo quiero caminar, data de 2008 y resulta incomprensible en casi nueve años no haya dirigido ninguna cinta, especialmente porque su carrera anterior se había visto plagada de nominaciones y premios. Aquí realiza un trabajo notable e incluso obteniendo un resultado superior a anteriores productos firmados por él. No es la primera vez que trabaja sobre un texto de Pérez-Reverte; en 2006 llevó a la pantalla Alatriste, su tercera cinta, en la que quizás lo único criticable era el acento de Vigo Mortensen que, aun hablando un castellano correcto, no termina de dar el perfil. Aun así, la película tuvo acentos épicos notables que le valieron tres Goyas.

Una película recomendable en todos los sentidos, especialmente para los que aspiran a recuperar y entender parcelas de nuestro pasado. Insistimos: la versión que nos da esta película es la de los hombres de a pie. Hubo por supuesto, otros niveles de decisión e ideales más elaborados en la epopeya americana que esperamos algún día asuman directores y empresas productoras de nuestro país. Ciento dos minutos bien empleados.


Y finalmente mi pregunta es:  ¿Cómo se va a tomar esta película cuando se proyecte en Iberoamérica…? 

sábado, 4 de noviembre de 2017

El Tercer Asesinato... de Hirokazu Koreeda


Estamos ante una película policíaca japonesa. El cine en Japón no se hace como en Europa Occidental. Allí todo es más sereno, cuidado, meticuloso, ordenado (salvo aquel inefable Humor Amarillo, claro está), con una extraordinaria belleza expresiva y, por tanto, algunos de los resultados pueden parecer “obras de arte” según los estándares europeos, pero no dejan de ser muestras del género negro “a la japonesa”. Esto es lo que ocurre con La Tercera Víctima que ha sido exaltada por cierta crítica europea, simplemente por ser diferente al tipo de cine que se realiza en nuestras latitudes. Es, en cualquier caso, una película digna de verse.

¿Qué debe hacer el abogado defensor de un acusado de asesinato cuando su cliente se declara culpable del crimen y, para colmo, es reincidente? Tal es el planteamiento argumental que deriva hacia consideraciones morales. El asesino no mata al azar, ni siquiera es un sádico o una bestia sedienta de sangre. Simplemente es un hombre que elige a sus víctimas en función del código del honor japonés. Asesina solamente a aquellos que se lo merecen pero a los que lagunas judiciales han impedido que la justicia cayera sobre ellos y para castigar su delito no basta con una simple condena moral. La película plantea, inicialmente, la duda de dónde está el bien y en qué lugar se ubica el mal. Lo que lleva directamente a la cuestión de si el protagonista es una buena persona haciendo cosas malas o es una mala persona haciendo cosas buenas. 

La película tiene su moraleja. En realidad, sus moralejas. La primera de todas es que cualquier comportamiento humano es ambiguo ante la verdad y la mentira. Los valores universales solamente pueden existir en el mundo de lo trascendente o en el mundo de las ideas, pero son inaplicables en el mundo de las realidades cotidianas. Esto lleva a la segunda moraleja: la justicia juzga acciones cotidianas en función de principios legislativos de aplicación universal, se comporta como un rodillo aplastante tratando de resolver conflictos entre intereses y penando comportamientos peligrosos… pero, cuando las leyes –imperfectas como todo lo que es producto de lo humano- no alcanzan a golpear a los culpables (por defectos procedimentales, por lagunas jurídicas, por astucia de los abogados) ¿qué otra cosa pueden hacer aquellos que no creen en la “justicia divina”, salvo esperar que entre los ciudadanos aparezcan hombres libres que se erijan como “verdugos-justicieros” de la comunidad, dispuestos a asumir las consecuencias de sus “operaciones de castigo”?

El cine occidental ha traído a colación la figura de los “vengadores solitarios” en múltiples ocasiones. Fue en los años 60 cuando aparecieron en Brasil los “escuadrones de la muerte”, compuestos por policías decididos a castigar el delito mucho más allá de lo que permitía la ley. La imagen no es nueva: en el mundo germánico medieval existió una institución conocida como “la Santa Vehme”, especie de tribunales clandestinos locales, constituidos por miembros de la nobleza, con presencia de algún clérigo y de representantes de los gremios, todos ellos hombres justos y sin tacha. Las leyendas nos los presentan reunidos en la noche, enviando a sus hombres a detener a tal o cual personaje acusado de algún delito y que vivía en la impunidad. Interrogaban al acusado cubiertos con una capucha. Dirimían en su presencia si era culpable o inocente. Sólo existía una pena impuesta: la muerte. 

Así pues, el tema no es nuevo. Y lo que es peor, quizás: el aumento de los niveles de delincuencia en todo el mundo, la lentitud y parsimonia con la que “el legislador” se preocupa de modificar leyes y adaptarlas a las nuevas realidades, el humanismo progresista que tiende a imponerse en todo el mundo considerando que la rehabilitación del delincuente es más importante que resarcir a la víctima, concepto que posibilita la multirreincidencia… todo ello hace que cada vez más, algunos empiecen a añorar una reedición de aquella Santa Veheme medieval o la presencia de vengadores solitarios como el que nos muestra esta película. Así pues, aunque el tratamiento de la cuestión sea “japonés”, el interés de la cinta es universal.

Vale la pena decir algo sobre el director de esta cinta, Hirokazu Koreeda. Se trata de un veterano director y documentalista que, desde siempre se ha interesado por los dramas judiciales (véase Maborosi [1995] sobre una pareja de recién casados uno de los cuales muere arrollado por un tren, o su documental Without Memory [1996], sobre el caso real de un padre que perdió la memoria a causa de una medicación mal administrada), de la misma forma que se ha sentido atraído por el “género negro”. En realidad, la última película que había estrenado (Después de la tormenta [2016]) nos presentaba como protagonista a un detective privado con múltiples vicios. Se trata de un director muy cuidado en las formas que encarna los valores típicos del Japón sintetizados en “la espada y el crisantemo”, esto es, la dureza cortante del fino acero y la delicadeza y suavidad de la efímera flor.

En cuanto a los actores cabe mencionar a Masaharu Fukuyama ejerciendo el papel de abogado y a  Köji Yakusho, como “Misumi”, el vengador. Ambos son actores experimentados de largo recorrido que asumen sus papeles de manera austera, creíble y sin fisuras. Ambos han trabajado en distintas cintas anteriores con Koreeda y se trata de actores extremadamente conocidos en el Japón. Si las interpretaciones son correctas –y a ratos, brillantes- otro tanto puede decirse de los aspectos técnicos (fotografía, encuadres, sonido). 


La película está adaptada y puede ser apreciada especialmente por aquel segmento del público atraído por el cine japonés y por su estilo. A pesar de que el tema, como hemos visto, es universal, e incluso tiene cierta actualidad, costará algo más de ver por quienes crean –a causa de su título- que pueda tratarse de un tráiler trepidante y con ritmo hollywoodiense. Pero, incluso a los que buscaban otro producto más dinámico, esta película terminará por convencerles de que existe otra forma de hacer cine y transmitir un mensaje. E incluso es posible que esa película lleve algo de reposo a su espíritu… lo que, a fin de cuentas, es uno de los objetivos del cine japonés.

viernes, 20 de octubre de 2017

La Piel Fría... de Xavier Gens


"Nunca estamos lejos de aquellos a los que odiamos"

Antes que película fue novela y antes de llamarse La piel fría fue, en su edición original, La pell freda. El autor, Alberto Sánchez Piñol, es antropólogo metido a escritor y que suele ambientar sus novelas en lugares remotos y exóticos en la estela de sus autores favoritos: Conrad, Stevenson, Lovecraft… La piel fría es su novela más aclamada y, en estos casos, lo primero a preguntar es si la película es equivalente a la novela. La respuesta es que sí: su director Xavier Gens ha hecho un producto paralelo a la novela, sin separarse apenas de la narración original. Y este es el principal problema de la cinta: no todo lo que funciona en letra impresa, tiene el mismo resultado en la gran pantalla. 

La película puede considerarse como uno de esos prismas que refleja la luz y la descompone en distintos colores. Lo que llega, en este caso, al prisma es el relato original. La fidelidad al texto a la que se atiene Gens, hace que los colores reflejados sean, es decir, lo que percibe el espectador, sea diferente al contenido de la novela. Unos verán “lucha de clases” o “luchas étnicas” (a fin de cuentas, Sánchez Piñol, como antropólogo es miembro del Centro de Estudios Africanos), otros verán un relato de aventuras, los habrá que perciban alguno de los problemas de nuestro tiempo: el miedo a lo diferente, la soledad, la incertidumbre, la ira… Y, probablemente, la película termine siendo una síntesis de todo ello, especialmente de los relatos de aventuras. Hay algo de Julio Verne en lo que nos cuenta esta película. 

Resumimos su contenido: un joven meteorólogo acude a una pequeña isla próxima al círculo polar Antártico en donde debe relevar a su predecesor durante todo un año. Pronto percibe que el lugar está infestado por unas extrañas criaturas que lo asedian por las noches. La existencia diaria para él se convierte desde el primer día en una agobiante sensación de soledad que, en la noche se transforma en una lucha por la supervivencia. Uno de esos seres “subhumanos” que asedian al joven ha sido capturada por su predecesor que la utiliza como objeto de placer. El meteorólogo, sin embargo, la trata con consideración y establece con ella una relación diferente.

Quizás sea porque la película no ha contado con un presupuesto de campanillas o porque a David Oakes, que interpreta al personaje principal, le falte empatía, o porque hay problemas de ambientación, el caso es que la tensión de la película y su interés es bastante menor que la novela. Existen películas que casi obligan a leer a la novela en la que se han inspirado. El lector verá las mismas imágenes pero las entenderá mejor e incluso se acercará mucho más a la intención del autor. Esta no es el caso de Sueñan los Androides con ovejas eléctricas de Philip K. Dick, en la que se inspiró Blade Runer (1982), lectura obligada después del visionado de la película y en la que sorprendentemente encontramos las claves que nos permiten entender buena parte de su argumento, sino más bien el de El Club de la Lucha (1999), paralela al relato de Chuck Palahniuk. Pero hay un problema: de presupuesto que, obviamente, repercute en todo lo demás.

Lo que me chirrió bastante son los recursos en vestuario. Los modelitos de pieles y jerseys del protagonista eran demasiado glamurosos e impecables para estar en una isla abandonada de la mano de Dios a la que había llegado con cuatro trastos. 


Si tenemos que destacar algo de esta cinta, son sobre todo las imágenes espectaculares de una isla perdida batida por la olas. Sin desmerecer el trabajo de conjunto y el resultado final de la simbiosis entre la obra de Sánchez Piñol y la película de Xavier Gens, hay que decir que el resultado ha sido modesto. La película se puede ver, e incluso disfrutar, pero así como la novela permite algún tipo de diálogo interior a medida que se va leyendo, la película es de las que se olvidan a poco de visionarlas.


domingo, 15 de octubre de 2017

Fe de Etarras... o los “pringados” de la “lucha armada”



Fe de etarras es una película que no hubiera podido hacerse hace 15 años. ETA no se enteraba de que era un residuo de otro tiempo y seguía matando como la cosa más natural del mundo, sin advertir que cada vez costaba más defender sus posiciones. De haber hecho una película como esta en 2000 ó en 1993, su director, sus actores y el que repartía los cafés, hubiera corrido el riesgo de ser asesinados por ETA. Además existía otro problema: el respeto debido a las víctimas del terrorismo. Con los muertos no se puede bromear. Es así de simple. Mencionar ETA hace 10 años era mencionar a las siglas de una banda de matarifes enloquecidos que habían causado daños irreparables a casi un millar de familias. No es que una película como Fe de Etarras no se hubiera podido filmar, es que no hubiera debido de filmarse. 

Pero ETA es hoy un recuerdo. Las noticias sobre si entregan cuatro armas oxidadas o si alguno de los matarifes sale de prisión ya no interesan a nadie. Incluso en el nacionalismo moderado vasco parece aplacado después de la disolución de la banda (que, a partir de 2003 prácticamente estaba a la desbandada). Hoy, no solamente puede filmarse una película de este tipo, sino que además, es conveniente que se haga: los etarras quedan reducidos a lo que muchos sabíamos desde hace tiempo que eran, una banda de pringaos dirigidos por unos chalados sin escrúpulos. Hay que decir, que la película no llega a explotar todo lo que ETA tuvo de risible (aquellas ruedas de prensa con capuchas blancas y la boina encima demostraban que un paleto euskera sigue siendo un paleto pata negra) y que, por supuesto, no hay nada en ella que pueda considerarse ofensivo hacia las víctimas del terrorismo.


De hecho, es la posibilidad de que las generaciones que han pasado por ETA se miren a sí mismas y se abochornen de lo que fueron. Pringados. Resumimos el contenido de la película: ésta se inicia con un grupo de etarras en “Euzkadi Norte”. Se están hartando de comer; les gusta la buena mesa. Uno de ellos es riojano. El otro, el que parece el jefe, una copia aproximada de Josu Ternera, le da una pistola con tres balas. La policía irrumpe en el local y el riojano (Javier Cámara) logra huir. Diez años después, encontramos a Cámara en Madrid, organizando un comando clandestino. Le han dado un teléfono que solamente será utilizado en una ocasión, para recibir una llamada de la dirección de ETA. Es el año 2010 y se acaban de iniciar los mundiales de fútbol.

Pronto, van llegando los otros tres miembros del comando: Gorka Otxoa y Miren Ibarguren, pareja que está valorando la posibilidad de irse a Uruguay, y Julián López, natural de Chinchilla (Albacete) al que le ponen cachondo las etarras que ha visto en las fotos de las “mujeres más buscadas”… Ninguno de los tres tiene la más mínima “conciencia política”. No hay, lo que se dice convicción alguna. Las escenas nos muestran conversaciones hilarantes en las que se repiten una serie de tópicos (“semos gudaris”, “luchamos por Euskalerria”), recuerdos de los buenos viejos tiempos (“en los pisos francos de ETA se comía mejor que en cualquier restaurante vasco”), conversaciones subrealistas sobre el terrorismo (“el IRA estaba en el top ten, inalcanzables”, “Eta estaba por encima de las Brigadas Rojas”, “No me hables de Al-Qaeda”) y deseos permanente frustrados de que España perdiera el mundial de fútbol…

La espera que tenía que ser de apenas dos días, se eterniza: el panorama del barrio va cambiando. Por todas partes aparecen banderas españolas, se oyen cohetes celebrando los goles de “la roja”, hasta el punto de que los etarras, para pasar desapercibidos deben poner en el balcón una bandera nacional muy a su pesar. Sus intentos de cometer un atentado por su cuenta, se convierten en fuegos artificiales que celebran la noche en la que España gana el mundial… En ese momento, el émulo de “Josu Ternera”, aparece por el piso franco y les indica que tiene en el coche los explosivos para amargar la celebración “a los españoles”. El cómo termina la película es algo que no vamos a desvelar.

La película no gustará a la progresía que a lo largo de 50 años contempló la acción de ETA con una benevolencia digna de mejor causa, pero será apreciada por un público sin prejuicios y abierto. Lo que nos cuenta la película no es historia, pero sí anécdota histórica. Era evidente que los etarras no podían ser tipos muy listos, que sus motivaciones no podían ser políticas, y que había algo en su cerebro que no terminaba de funcionar muy bien. Estaba claro que estaban dirigidos por matarifes profesionales (del que Josu Ternera es el paradigma) pero que, especialmente a partir de finales de los 80, su base estuvo compuesta por “carne de cañón” de pocas luces. Esta película nos retrata como era esa “última ETA”. 

La película se estrenó el pasado 28 de septiembre de 2017 en Netflix y ha sido producida por esta plataforma. Un acierto y una película que vale la pena ver y que, por sí misma, justifica abonarse a Netflix. Sin raras las películas españolas que, bajo la forma de comedia, no caen en la astracanada surrealista (en este sentido Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes, son muestra de un humor facilón y de sal gruesa que cansa mientras se asiste a la proyección o que se olvida inmediatamente se han encendido las luces). En Fe de Etarras, por el contrario, queda la satisfacción de saber cómo era ETA por dentro y confirmarnos en la sensación que algunos ya teníamos desde hace tiempo: matarifes que mueven los hilos de pringados como el comando protagonista. 

Lo primero que hay que alabar es la coherencia del guión. Todo queda atado y bien atado. Nada es gratuito. Todas las escenas contribuyen a  abonar la imagen de los militantes clandestinos de ETA en Madrid y del clima general de aquel momento (que vivió la exaltación del patriotismo futbolero, el único que ha existido en las calles en los últimos 40 años, hasta la crisis independentista catalana). El final es coherente, incluso desde el punto de vista moral. Quedaría hablar de las actuaciones: podemos decir con satisfacción que el casting optó por los actores que mejor perfil daban para sus respectivos papeles. Los cuatro miembros del comando están simplemente geniales. Cada uno es diferente a otro, cada uno ha llegado a ETA por distintos motivos, pero todos están “clavados” por los actores que los interpretan y que merecen un diez sin paliativos. La realización ha sido sencilla: casi es teatral, pero, en cualquier caso, correcta. 


¿Recomendada? Mejor diríamos: “muy recomendada”. El que quiere reír, reirá (sólo un enfermo podría negar la bondad de la risa). El que quiera conocer la historia psicológica de ETA, podrá acercarse hasta tocarlo con los dedos al perfil psicológico de aquella banda terrorista. El que exija que las películas, sea cual sea su tema, estén bien cerradas, mejor interpretadas y correctamente elaboradas, quedará completamente satisfecho. No gustará a los que consideraban a ETA como una especie de “legión de los super-héroes”, ni a muchos de los que militaron en la organización. Éstos, precisamente, son los que saben que la película pinta a la ETA real y no a la ETA robinhoonesca que les gustaba encarnar.  

viernes, 6 de octubre de 2017

Canción de New York o The only living boy in New York


Viendo esta película, uno de convence de que Nueva York es como su ciudad, pero a lo bestia. En efecto, como en cualquier ciudad de provincias, los neoyorkinos que aparecen en esta película lamentan las tiendas y los locales desaparecidos que en otro tiempo generaron la admiración de propios y extraños. Se ve que en todas partes cuecen habas. Canción de New York tiene algo de continuo ejercicio de nostalgia que no termina de convencer y cuyo guión parece excesivamente melodramático y retorcido por mucho que sea una gozada ver a algunos actores veteranos acometer sus papeles (Pierce Brosnan y Jeff Bridges, especialmente).

Los protagonistas hablan y hablan sobre la ciudad, deploran el que ahora la ciudad sea mucho más segura y echan de menos el riesgo que implicaba hará veinte años el “vivir en Nueva York”. En aquella ciudad sí que se podían vivir aventuras y no en la orbe para turistas y para brokers que se ha convertido hoy. Paradojas de aquella ciudad-espectáculo. Por mucho que la trama se sitúe en la “gran manzana”, da la sensación de que estamos asistiendo a una película de caníbales que disfrutan devorando, no a otro, sino a las posesiones de otro. Acaso sea porque el habitante típico de Nueva York debe tener algo de depredador y en el amor tiende a confundir la relación con el ejercicio de la posesión. Da la sensación de que si no se poseen unas garras aceradas el neoyorkino es capaz de amar a su esposa o a su peluche.

Los personajes hacen un ejercicio de nostalgia: recuerdan cómo eran en su juventud y desean volver a ella (como el escritor de Regreso a Montauk, 2017, interpretado por Stellan Skarsgard), más que vivir, lo que buscan es revivir aquellos años y en especial algún suceso que dejaron pendiente. En el guión aparecen destellos de genialidad, como cuando comparan a viejo escritor, Jeff Bridges, alcoholizado y desaliñado, con “una cama sin hacer”.

El guión nos muestra al hijo de unos padres divorciados que que un buen día, mientras está con su novia en un bar, ve a su padres tonteando con una mujer, no un poco más joven que él, sino a la que, aparentemente triplica en edad. Por algún extraño motivo sigue a la joven, luego termina entablando una relación con ella y cuenta todos los particulares a un atrabiliario vecino que resultará ser un escritor famoso. Éste, terminará construyendo una novela con todos los datos que le aporte el joven protagonista sobre su relación con la amante de su padre. A partir de estos elementos, lo mínimo que cabe reconocer es que el guión peca de excesivo retorcimiento y juego con improbables casualidades. Seguramente, el problema radica en que los guionistas han querido abarcar muchos temas y, finalmente, por necesidades del metraje han debido comprimirlos sin poder apurar ninguno.

La sensación que se tiene en el primer tercio de la película es que aquello avanza lentamente. Luego, la aparición del padre del protagonista y de su amante, desatan los acontecimientos, pero todo se vuelve extremadamente retorcido y, por lo mismo, altamente improbable. Cuando la película se encarrila hacia su segunda mitad estamos seguros de que nos hallamos en territorios melodramáticos que ya no abandonaremos hasta los créditos de cierre. 

Se trata de una película amable y sin pretensiones. De no ser por la presencia de los dos grandes actores citados, lo cierto es que podría tratarse de una tv-movie de esas que se degustan tranquilamente en las tardes de los fines de semana, hasta que nos vence el sueño. Callum Turner, el protagonista indiscutible está acertado en su interpretación, pero cabe decir que todo el resto del reparto, está igualmente en su papel y, no digamos, Bridges y Brosnan, en su papel de padres veteranos.

Lo que cabría preguntase ante esta película es que nos queda de ella cuando aparecen los créditos finales y se encienden las luces. La sensación que da la cinta es la de invitar a los espectadores a entrar en un laberinto familiar y sentimental, abandonándolo antes de haber llegado a su centro. No es que sea una película frustrada, es que es una película que se olvida pronto, le falta profundidad y le sobra el artificio neoyorkino.


La película interesará sin duda a los muchos admiradores de Pierce Brosnan, que una vez más ejerce como galán otoñal, y de Jeff Bridges que también repite como bohemio desmadrado. Ambos se ganan su salario y revalidan sus cualidades interpretativas. Otro tanto ocurre con los más jóvenes. Mención especial merece Cynthia Nixon en su papel de madre del protagonista, cuya carrera tanto en el cine como en la televisión parece haber experimentado un impulso en los tres últimos años. Una película, en definitiva, no completamente frustrada, pero sí a la que se hubiera podido sacar mucho más partido.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La Cordillera... Darín Presidente con Santiago Mitre


Hemos visto a Ricardo Darín en muchos papeles y, casi siempre, inolvidables, faltaba verlo en presidente de la República Argentina. Así pues, lo que vamos a ver es una película de trasfondo político, pero no sólo político: la carga personal que lleva cualquier mandatario internacional sobre sus hombros aparece también. Producto de una cooperación hispano-argentina, tiene algo de ajuste de cuentas con los EEUU que todavía no se resignan a reconocer que el tiempo de la Doctrina Monroe (“América para los americanos… del Norte”) ya ha quedado definitivamente atrás, especialmente cuando el castellano cada vez es más hablado en los EEUU y en algunas zonas ya aparece como “primera lengua”. Trama política y trama familiar, entrelazadas, dan un resultado poco creíble porque una y otra contienen elementos idealizados que no suelen darse en la realidad.

Vayamos primero por el título: La cordillera. ¿Por qué? En primer lugar porque la cumbre de mandatarios iberoamericanos tiene lugar en Chile, en un lujoso spaa en la cordillera de Los Andres. Pero es que Los Andres son algo más que unas montañas que separan Argentina de Chile: son, sobre todo, la columna vertebral de todo el subcontinente americano. Su trama política no hay que considerarla como una historia argentina, sino que refleja el sentir de los distintos países de la zona. Brasil, aparece legítimamente como lidership de la conferencia. A fin de cuentas, Brasil tiene población, territorio y tecnología, que lo hacen capaz de liderar a las naciones iberoamericanas y de convertirse –lo es de hecho, ya- en una potencia regional. Brasil encarna en la película el orgullo frente a los EEUU. Pero ese liderazgo no es admitido –ni en la película ni en la realidad- por el resto de países que aparecen como envidiosos de la posición brasileña: prefieren ser seducidos por los americanos antes que apoyar a Brasil. Tres pequeños países, Nicaragua, Guatemala y Costa Rica, se nombran como los mayordomos de los EEUU en la conferencia. El gigante del Norte, juega sus cartas mediante un lobista espabilado, (un Christian Slater hablando español, divertido y desenvuelto), que compra al peso dignidades y orgullos nacionales. Hasta aquí la trama política.

Luego está la trama familiar y personal del “presidente Blanco” (Darín). Uno estaría tentado de pensar que esta trama terminará por converger con la política y que los norteamericanos (Slater) intentarán desestabilizar la posición argentina manejando los problemas familiares del presidente de aquel país… En absoluto, esta parte surge, se desarrolla y finaliza con símbolos bastante insípidos. Algunos de los elementos que aparecen en la trama familiar pueden resultar sorprendentes pero son, en cualquier caso, superfluos (todo lo que gira en torno a la hipnosis de la hija). De todos los elementos de esta película, sin duda, el sobrante y del que se podía haber prescindido perfectamente, es de la trama personal centrada en torno a la hija del protagonista. Como diría un mexicano “¡vaya pedo, guey!”

Si el guión está sensiblemente desequilibrado y la parte familiar resta espacio a la parte política, veamos las interpretaciones. Darín es un gran actor, pero quizás no sea el más adecuado para representar a un presidente argentino. Su credibilidad disminuye cuando no está en condiciones de ofrecer esa mirada siniestra, inquietante y cínica que requiere su personaje en algunos momentos esenciales. En cambio, sus silencios, la forma en la que aprieta el cuello antes de pronunciar cualquier frase, son detalles geniales que ha incorporado a su personaje y que evidencian tanto su experiencia como su buen hacer. El resto de protagonistas realizan un buen trabajo: Leonardo Franco (caracteriza brillantemente al presidente brasileño), Dolores Fonzi (hija del presidente), Erica Rivas (secretaria del presidente), Paulina García y Daniel Giménez (presidentes de Chile y de México, respectivamente), y, claro está, Christian Slater en su pequeño pero fundamental papel, están, simplemente, brillantes. 

La película ha costado 6.000.000 de dólares. Bien aprovechados: localizaciones, escenarios, atrezzo, vehículos, fotografía, montaje, no desentonan. La trastienda logística da una sensación impecable. La música de Alberto Iglesias, magnífica.

Resulta inútil decir que series como House of Cards, o Borgen, están en el origen de la inspiración que ha llevado a Santiago Mitre a dirigir esta película y a idear su guión. Su anterior película (La patota, 2015) constituyó su primer gran éxito internacional, discutida, criticada, ensalzada, interesante en cualquier caso. Con La cordillera, no es la primera vez que Mitre incursiona en el cine político, en El estudiante (2011), donde nos mostraba la conversión de un alumno despistado en líder político, ya vimos su interés por esta temática (que, a su vez, le proporcionó algunos premios internacionales). Su primera película, El amor (primera parte) (2005), tenía otra orientación, titubeante, intimista, pero que sirvió era para demostrar que estaba llamado a hacer cintas más interesantes. 

La película está resultando una de las más taquilleras de 2017 en Argentina y después de haber sido nominada en el Festival de Cannes, ha participado y está participando en el de San Sebastián, Santiago y Toronto, lo que indica el trabajo de promoción internacional que ha acometido la productora K&S Films.

Recomendable para brasileños que quieran enorgullecerse de su presidente ficticio, para quienes amen el cine político y para seguidores de Ricardo Darín. Quizás la película no tenga críticas tan favorables como tuvo La Patota, pero demuestran, en cualquier caso, que vale la pena seguir la obra de su director, Santiago Mitre.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

A War... de Tobias Lindholm


¿Qué hace un noruego en Afganistán? Sin duda no hay dos países tan alejados uno de otro como Noruega y la tierra de los talibanes. Por eso, esta película de contrastes filmada por Tobías Lindholm, A War (Una guerra), resulta tan sorprendente y convincente. La cuestión de fondo de la película es un incidente bélico en el que perdieron la vida un grupo de civiles afganos. El director nos muestra los antecedentes del drama, en qué circunstancias se produjo y cómo desembocó. 

¿Qué hace un contingente noruego en la tierra de los talibanes? 1) Ser un blanco (objetivo) viviente, 2) Realizar tareas humanitarias, 3) Estar lejos de sus familias y 4) Sobrevivir a cualquier precio. Las cuatro respuestas son correctas. No hay una quinta. Y esto es lo que se deduce siguiendo las tres partes de esta película: la primera en la que se nos muestra la actividad de una compañía del ejército noruego destacada en Afganistan y dirigida por el “comandante Noel M. Pedersen” (Pilou Asbaek) se trata de una parte esencialmente bélica con escenas de acción que reflejan bastante bien la realidad de aquel conflicto (emboscadas, población civil entre dos fuegos, crímenes de los talibanes que consideran “colaboracionista” a cualquiera que sea atendido por médicos militares extranjeros, compañeros que se desangran hasta la muerte ante los propios ojos y situaciones de máximo riesgo y tensión ante las que un oficial de carrera debe reaccionar ¿cómo indica el manual o cómo indica su instinto de supervivencia?

La segunda parte, nos muestra lo que el oficial (como símbolo de todos los soldados de su unidad) han dejado atrás: familia, hijos, amigos, hogar. El hecho de que un teléfono móvil o el ancho de banda de una manguera de cable óptico, permitan contactar con los que se han quedado en el país de origen, más que aliviar la sensación de lejanía, la agravan. Especialmente cuando nadie sabe porqué se está a 25.000 km del país cuya bandera se ha jurado defender cuando uno se alistó. 

El tramo final de la película nos muestra el proceso al que es sometido en su país el comandante en cuestión cuando es llevado a juicio por haber causado la muerte de varios civiles afganos. Aquí la lucha es casi peor: ya no es entre unos soldados enviados a defender una causa que nadie les ha explicado y unos cabreros primitivos cuya patria ha sido invadida y que responden con códigos éticos medievales y con una ferocidad primitiva, sino la lucha entre dos abogados cada uno de los cuales va de gallito por la vida, competitivos y con vocación de ganar, el abogado defensor y la fiscal, ambiciosos leguleyos, incapaces de llegar al “fondo de la cuestión”: que un noruego metido en la guerra de Afganistán (como un español, como un norteamericano, como un malayo) carecen de razones para participar en un conflicto que sólo interesaba a la cúpula del poder norteamericano de la época. Los abogados no pueden hacerse una idea de lo que suponía estar destacado en el Afganistán de los talibanes: lo suyo es el propio lucimiento personal a efectos de currículum.

Si de esto va la película, cabe hablar ahora de las características técnicas de la misma. De entre los actores destaca, claro está, el protagonista, Pilou Asbaek, más que convincente en las escenas de guerra, y Søren Mailling como abogado defensor. Ambos son suficientemente conocidos por sus múltiples intervenciones en series nórdicas que han llegado a España y de las que cabe celebrar su extraordinaria calidad: han aparecido juntos en 1864, Forbridelsen y en Borgen. Del director, Tobias Lindholm cabe decir que es danés de origen, alterna su trabajo de dirección con la guionización de películas y series caracterizadas por los dilemas morales que deben afrontar los protagonistas. Es el autor del guión de Borgen, por cierto, y de Bedrag.  Entre los filmes que ha dirigido guionizando destaca sobre todo Submarino (2010) que no se ha estrenado en España, R (2010, que además dirigió), un drama carcelario con giros imprevistos y de extraordinaria calidad, Un secuestro (2012, que recibió ese año el Premio Robert a la Mejor Película Danesa) y que se sitúa en la estela de Capitan Phillips (2013), precediéndola por un año y con el mismo tema argumental. Su trayectoria indica interés por realizar películas de cierto “compromiso” político, pero desde una óptica aséptica que permite al espectador sacar sus propias conclusiones. 
De entre lo mejor de la película figura la escena final en la que el protagonista, después del proceso, ya en casa con su esposa y sus tres hijos menores, sale a la terraza en la noche y se fuma un cigarrillo. Aquel momento es la antítesis de las jornadas que vivió en Afganistán. Es indudable que la película tiene un trasfondo pacifista. 

A pesar de que todas las guerras contengan elementos absurdos e irracionales, es bueno no olvidar lo que ha ocurrido (y en cierta medida sigue ocurriendo en Afganistán): con una excusa banal (que su increíble Bin Laden se encontraba escondido en una cueva en aquel país…), los EEUU iniciaron el bombardeo de aquel país generando una respuesta inmediata. Si bien los afganos no podían hacer nada para contener el diluvio de fuego que empezó a caerles desde el aire en octubre y noviembre de 2001, cuando el ejército de ocupación norteamericano apareció fue recibido por fuego cruzado. Bush, a toque de pito, ordenó (los imperios no negocian con sus vasallos, les ordenan) que todos los países aliados enviaran contingentes simbólicos a combatir al lado de los marines y todos sin excepción cumplieron (incluida la España  de ZP como antes había cumplido la España de Aznar). Y allí fueron a parar soldados que habían jurado defender y morir por la soberanía y las gentes de su país, trasladados a un horizonte geográfico y a una sociedad que vivía en la edad media, recibiendo como única explicación que iban a “combatir contra el terrorismo internacional”. Gobiernos pusilánimes de todo el mundo rehusaron decir la verdad (que no se jugaban nada en Afganistán y que lo único que estaba en el aire era la benevolencia del “amigo americano”) y enviaron a sus jóvenes a morir. ¿Cómo se les puede reprochar que, una vez allí, solamente trataran de salvar la vida? 

El director, en ningún momento, pretende predicar el pacifismo, no condena a los militares por el hecho de tener armas en las manos, sino que condena las guerras absurdas y la intervención de países cuyos gobiernos prefirieron enviar a sus hijos a morir, antes que ser “mal vistos” por el “imperio”. No es una película “pacifista”, propiamente dicha: ni el ejército, ni la guerra son condenados en bloque. Lo que se condena es una guerra en concreto. Y vale la pena no olvidar que aquel conflicto sigue vivo y activo para mayor vergüenza y oprobio de quienes lo iniciaron y de las administraciones posteriores que no han sabido detenerlo.

Probablemente esta película pueda especialmente ser entendida y admirada por los soldados españoles que fueron enviados a Afganistan o a Irak y por sus familias. 

martes, 12 de septiembre de 2017

domingo, 27 de agosto de 2017

El otro Guardaespaldas... Ryan Reynolds y Samuel L. Jackson


Si de lo que se trata es de reír y pasarlo bien, hay que reconocer que el verano de 2017 está siendo un buen momento para este tipo de cine ligero y sin complicaciones. En poco tiempo han llegado varias películas que destilan un innegable sentido del humor aun cuando cada una tenga sus propias coordenadas: En lugar del Señor Stein es una, la otra Una cita en el parque con Diane Keaton y Brendan Gleeson; se podría añadir también Tadeo Jones 2 y el Secreto del Rey Midas, producto carpetovetónico de animación a considerar y, finalmente, la que nos ocupa ahora, una película de acción, El otro guardaespaldas. 

Otro tema muy aprovechable es que ustedes la tienen que ver en versión original, si quieren tener una tarde de aprender the english que no enseñan en las academias... palabrotas, mermelada de palabrotas o lo que es lo mismo "swearing jam", es evidente que no las voy a escribir.

Reír nunca viene mal y con los tiempos que corren casi es la única defensa para que no caigamos en la más profunda de las depresiones. Así pues, este tipo de películas son de agradecer. La película nos cuenta la historia de un guardaespaldas de campanillas que recibe el encargo de proteger la vida de un asesino a sueldo que debe prestar testimonio en el proceso celebrado contra un dictador en el Tribunal Internacional de La Haya. Los intérpretes son más que notables: el guardaespaldas es Ryan Reynolds, el asesino a sueldo Samuel L. Jackson y el dictador enfermizo Gary Oldman. Si a esto unimos la presencia de Salma Hayek y de Elodie Young, el quinteto de ases estará completo. Además, de ser actores consumados se esfuerzan en sus respectivos papeles. Los incondicionales de Oldman lamentará, eso sí, que su presencia sea episódica y que no aparezca en más escenas.

Además de ser una película acción, se cruzan las tramas amorosas de los dos protagonistas principales (Reynolds y Jackson). Y es aquí en donde la película vive sus momentos más cursilones y relamidos. Es como ver seguratas grandes como castillos lagrimeando al leer una novela rosa o como a un grupo de malvados asesinos encarcelados, degustar unos Petit Suiss. Por lo demás, exceptuadas esta línea argumental, la película casi parece un videojuego y remite a aquella serie del Equipo A: disparos a tutiplé y un notable litraje de sangre. Los protagonistas reciben tiros y estacazos, pero no hay que preocuparse: en la escena siguiente recuperarán la forma y en la otra ya ni tendrán rastros de las magulladuras. Así da gusto sobrevivir.

La fotografía es aceptable, el guión con los giros suficientes como para que la película haga reír lo suficientes para poder encuadrarla como “comedia de acción”. Atentos al género: “Comedia de acción”. No es una película arte y ensayo, ni ha sido diseñada para profundizar en la psicología torturada de personajes con una vida interior extraordinariamente rica, vistosa o sórdida. Y en cuanto a la música –que ha sido muy criticada- le ocurre lo mismo: ponga usted a una película como esta las Cuatro Estaciones de Vivaldi y el Carmina Burana y la hará polvo: la trama, la película en sí, es ligera y fácil de ver, por tanto la banda sonora debe seguir en esta línea por convencional que pueda parecer. Y no olvidemos a los especialistas que en cada escena de persecución en coche, barca y moto a través de calles y canales de Amsterdam, se han arriesgado a salir descalabrados y han contribuido a la espectacularidad de algunas escenas. 

Lo menos que se puede pedir hoy a una película, además de que nos entretenga, es que no nos engañe sobre lo que vamos a ver. Y esa no lo hace. Los clips difundidos indican a las claras de qué va y por qué nos debería gustar en esta cinta: la sobredosis de acción, los sobresaltos continuos,  el feeling entre los dos protagonistas (Jackson y Reynolds), e incluso lo intrascendente del tema que nos aleja de las desdichas de lo cotidiano, del calor sofocante y de la peor noticia de todas: las vacaciones terminarán en apenas siete días.


Película adecuada para parejas jóvenes en tardes sin muchos alicientes o para grupos de amigos que quieran regalarse unas risas. Almas sensibles abstenerse, no sólo por los continuos tiroteos, sino también por el lenguaje utilizado que rebasa los límites del buen gusto. Tampoco hace falta utilizar el sempiterno fucking-you y el shit para  hacer reír. ¡Qué tiempos aquellos en los que el código deontológico de Hollywood recomendaba limitar este tipo de excesos.