sábado, 3 de diciembre de 2016

The Human Experiment, o como ser humano y sentirse cobaya


Usted y yo somos cobayas. Si no me cree, vea este documental. No hay en él nada de exageración, ni siquiera se cargan las tintas. Creo, incluso, que rebaja el tono de dramatismo para evitar generar alarma social. Pero ahí está la única conclusión posible que puede extraerse: usted y yo, repito, somos cobayas utilizadas por determinados consorcios industriales para realizar lucrativos experimentos que terminan afectando a nuestra salud. Y lo que es todavía peor: a la de nuestros hijos. Resumimos el contenido de lo que le recomendamos que vea urgentemente: en nuestro hogar, en la cesta de la compra, en los productos de limpieza y de alimentación se encuentran sustancias tóxicas que generan problemas sanitarios y que son responsables: 1) de determinadas enfermedades, especialmente, cánceres y trastornos endocrinos, 2) del aumento de la mortalidad que debería disminuir a medida en que, teóricamente, mejoran las condiciones sanitarias y de vida. Usted, en torno suyo, tiene 8.000 sustancias químicas de las que nadie se ha preocupado por examinar su peligrosidad.

UN VERDADERO DRAMÓN AMERICANO (Y UN DRAMA EUROPEO)

El documental está centrado en los EEUU, así que todo lo relativo a la legislación y a la protección ante estos productos se refiere a aquel país. Allí gobiernan los consorcios económicos que se rigen por una única constitución: la cuenta de resultados. Es muy complicado que en aquel país se aprueben leyes que afecten a los grandes consorcios. La particular institución del “lobby”, para colmo, hace que estos conglomerados industriales puedan dedicar al año decenas de millones de dólares para impedir cualquier modificación que les pueda afectar. En Europa la situación no es tan dramática. Ni siquiera en el vecino Canadá. 




Realmente, Canadá es el país con una seguridad alimentaria más alta de todo el mundo. Los precios de los alimentos son sólo un 10-15% más caros que en España (con unos salarios entre un 30 y un 45% más elevados), pero la calidad es mucho mayor, empezando por algo tan habitual como la leche. De hecho, la UE ha imitado y seguido las normas establecidas en Canadá. Sin embargo, en los EEUU se siguen comercializando los mismos productos de los que sabe a ciencia cierta en muchos casos y se intuye en muchos más, su peligrosidad. 

La legislación de los EEUU es extremadamente insidiosa al respecto. Todas las asociaciones de consumidores y afectados por los productos “killer” se quejan de que en los EEUU una empresa lanza un producto químico y es a los consumidores a los que les toca demostrar que es peligroso. Obviamente, la desproporción entre los medios de una multinacional y los de una asociación de consumidores, se traducen en que en el tiempo en que los segundos realizan un estudio objetivo, los primeros están en condiciones de lanzar siete o más estudios que indiquen que el producto en cuestión es inocuo y, paralelamente, una campaña para aumentar las ventas.

En Europa, a pesar de que existen productos químicos incorporados a sustancias y objetos de uso corriente, la situación es más soportable. Básicamente, puede decirse que si en EEUU se tarda entre 30 y 50 años en prohibir un producto del que se conoce su toxicidad, en Europa este tiempo se reduce entre 5 y 10 años. Algo es algo.

EL FONDO DE LA CUESTIÓN

Todos somos libres y tenemos el poder de acelerar nuestra mortalidad y en cuestiones alimentarias o en ocio, tenemos cierta tendencia a asumir riesgos. Eso es comprensible. Fumar es malo, beber peor, atizarse diariamente un cocido, todos sabemos que puede llevar a que las arterias de embocen a corto plazo… Si lo hacemos estamos asumiendo riesgos. Somos dueños de nuestra propia vida y, en cierto sentido, también responsables de nuestra muerte. Nadie se engaña cuando fuma un cigarrillo y ve en la caja un pulmón destrozado por la nicotina. Pero –y este es el fondo de la cuestión- hay riesgos que se nos ocultan.


Probablemente nadie compraría un colchón que tuviera un retardante del fuego que fuera nocivo para la salud. Ni tampoco consumiría una lata de conserva cuyo plastificado interior es, literalmente, un masacrador de espermatozoides. Y nadie en su sano juicio compraría un champú para su bebé que contuviera productos de los que se conoce su toxicidad. Pero en el etiquetado de los productos no se menciona en absoluto los elementos perjudiciales que contiene. Somos consumidores ciegos: desconocemos las repercusiones sanitarias sobre nuestro organismo. Somos cobayas.

En 1999 1 de cada 100 niños sufría autismo. Desde entonces –y solo han pasado 17 años- el porcentaje se ha modificado muy significativamente: 1 de cada 88… Desde 1988 la esterilidad en las parejas ha aumentado un 49%, los cánceres de mama desde 1975 se han disparado un 30%... incluso en mujeres jóvenes con sanos hábitos de vida. Las deformaciones en los genitales, la leucemia, el asma, se han convertido en enfermedades cada vez más habituales. Solamente hay un único culpable de todo esto (que no es muy diferente en EEUU y en Europa): la existencia de determinados productos nocivos en nuestro hogar.

UN DOCUMENTAL DE VISIONADO OBLIGATORIO

Si Dana Nachman hubiera profundizado en argumentaciones científicas, el documental hubiera resultado igualmente cierto, pero ininteligible para el espectador de a pie sin formación científica. Nachman (que ya ha elaborado otros documentales críticos: Witch Hunt [2008] sobre falsas acusaciones de abusos sexuales que llevaron a la cárcel a padres inocentes, y Batkid Begins [2015] sobre un niño enfermo de leucemia que quería ser Batman) ha optado por la mejor vía: la divulgación. A las autoridades sanitarias les corresponde realizar los estudios pertinentes, al ciudadano concienciarse de lo que debe y no debe consumir. Porque si esperamos que el parlamento legisle con prontitud, más vale que vayamos pagando el seguro de entierro.

Así pues, que nadie espere argumentos científicos y largas exposiciones teóricas sobre el porqué el bisfenol A o los ftalatos, formaldeidos o el cloruro de vinilo, el cadmio o el arsénico son perjudiciales para la salud. Recuerde que el poder económico de los consorcios industriales que los comercializan es tal, que si el documental mintiera o, simplemente, no fuera riguroso en sus acusaciones, ya habrían caído sobre él, innumerables denuncias y el mismo Sean Penn (que en la versión original es el narrador) estaría endeudado pagando su defensa legal. Y no es así: lo único que ha caído sobre este documental es una granizada de premios internacionales en los certámenes y festivales en los que se ha presentado. 


La industria se ha limitado a repetir sus argumentos: 1) Negar que los productos mencionados sean dañinos (primera trinchera), 2) Un producto concreto puede ser dañino, pero a la gente normal no le afecta (segunda trinchera), 3) El producto puede ser dañino pero usted no está expuesto a sus efectos (tercera trinchera), 4) Si el producto daña a alguien no existe seguridad de que la causa sea ese producto concreto, sino que puede ser cualquier otro (cuarta trinchera)… Tal es el sistema defensivo de los consorcios industriales, a los que se une el ataque aéreo (mediante publicidad de los productos tóxicos, en donde, para más inri se recurre a niños felices en los spots) y el ataque mediante minas subterráneas (dirigido contra la credibilidad de los denunciantes). 

VEALO SI LE INTERESA NO VER AL MÉDICO EN MUCHO TIEMPO

Todos podemos estar interesados en ver este documental. Mejor dicho: todos deberíamos verlo. Su conclusión es simple y la pueden compartir todos: “infórmate sobre los productos que copras y prevé la malicia y la corrupción de la industria”. Un mensaje así y un documental como éste, deberían ser obligatorios en las escuelas y para los padres, tanto como los cursillos prematrimoniales. Así pues, un documental que puede recomendarse a un tipo de público muy diverso: basta con que no quieran visitar una y otra vez al médico y aspiren a llevar una vida sana. 

El documental puede verse gratuitamente en los links que indicamos, así que no hay excusa. Usted valorar si su vida vale 90 minutos de su tiempo. El metraje le enseñará muchas cosas y, sobre todo, le pondrá en la pista de riesgos y peligros que usted, seguramente, no conocía.


FICHA:

Título original: The human experiment
Título en España: The human experiment
Duración: 90 minutos
Año: 2013
Temática: Los producto químicos peligrosos para la salud –y que los propios fabricantes saben que son peligrosos- están presentes masivamente en nuestro hogar.
Género: Documental.
Subgénero: Ecología, Salud.
Dirección: Don Hardy y Dana Nachman
Lo mejor: que supone un grito de alerta sobre un riesgo que habitualmente no calculamos.
Lo peor: demasiado centrado en los EEUU.
Puntuación: 7
Ver el documental en castellano:

¿Cómo verlo?: Puede verse en los enlaces indicados.

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