domingo, 24 de septiembre de 2017

La Cordillera... Darín Presidente con Santiago Mitre


Hemos visto a Ricardo Darín en muchos papeles y, casi siempre, inolvidables, faltaba verlo en presidente de la República Argentina. Así pues, lo que vamos a ver es una película de trasfondo político, pero no sólo político: la carga personal que lleva cualquier mandatario internacional sobre sus hombros aparece también. Producto de una cooperación hispano-argentina, tiene algo de ajuste de cuentas con los EEUU que todavía no se resignan a reconocer que el tiempo de la Doctrina Monroe (“América para los americanos… del Norte”) ya ha quedado definitivamente atrás, especialmente cuando el castellano cada vez es más hablado en los EEUU y en algunas zonas ya aparece como “primera lengua”. Trama política y trama familiar, entrelazadas, dan un resultado poco creíble porque una y otra contienen elementos idealizados que no suelen darse en la realidad.

Vayamos primero por el título: La cordillera. ¿Por qué? En primer lugar porque la cumbre de mandatarios iberoamericanos tiene lugar en Chile, en un lujoso spaa en la cordillera de Los Andres. Pero es que Los Andres son algo más que unas montañas que separan Argentina de Chile: son, sobre todo, la columna vertebral de todo el subcontinente americano. Su trama política no hay que considerarla como una historia argentina, sino que refleja el sentir de los distintos países de la zona. Brasil, aparece legítimamente como lidership de la conferencia. A fin de cuentas, Brasil tiene población, territorio y tecnología, que lo hacen capaz de liderar a las naciones iberoamericanas y de convertirse –lo es de hecho, ya- en una potencia regional. Brasil encarna en la película el orgullo frente a los EEUU. Pero ese liderazgo no es admitido –ni en la película ni en la realidad- por el resto de países que aparecen como envidiosos de la posición brasileña: prefieren ser seducidos por los americanos antes que apoyar a Brasil. Tres pequeños países, Nicaragua, Guatemala y Costa Rica, se nombran como los mayordomos de los EEUU en la conferencia. El gigante del Norte, juega sus cartas mediante un lobista espabilado, (un Christian Slater hablando español, divertido y desenvuelto), que compra al peso dignidades y orgullos nacionales. Hasta aquí la trama política.

Luego está la trama familiar y personal del “presidente Blanco” (Darín). Uno estaría tentado de pensar que esta trama terminará por converger con la política y que los norteamericanos (Slater) intentarán desestabilizar la posición argentina manejando los problemas familiares del presidente de aquel país… En absoluto, esta parte surge, se desarrolla y finaliza con símbolos bastante insípidos. Algunos de los elementos que aparecen en la trama familiar pueden resultar sorprendentes pero son, en cualquier caso, superfluos (todo lo que gira en torno a la hipnosis de la hija). De todos los elementos de esta película, sin duda, el sobrante y del que se podía haber prescindido perfectamente, es de la trama personal centrada en torno a la hija del protagonista. Como diría un mexicano “¡vaya pedo, guey!”

Si el guión está sensiblemente desequilibrado y la parte familiar resta espacio a la parte política, veamos las interpretaciones. Darín es un gran actor, pero quizás no sea el más adecuado para representar a un presidente argentino. Su credibilidad disminuye cuando no está en condiciones de ofrecer esa mirada siniestra, inquietante y cínica que requiere su personaje en algunos momentos esenciales. En cambio, sus silencios, la forma en la que aprieta el cuello antes de pronunciar cualquier frase, son detalles geniales que ha incorporado a su personaje y que evidencian tanto su experiencia como su buen hacer. El resto de protagonistas realizan un buen trabajo: Leonardo Franco (caracteriza brillantemente al presidente brasileño), Dolores Fonzi (hija del presidente), Erica Rivas (secretaria del presidente), Paulina García y Daniel Giménez (presidentes de Chile y de México, respectivamente), y, claro está, Christian Slater en su pequeño pero fundamental papel, están, simplemente, brillantes. 

La película ha costado 6.000.000 de dólares. Bien aprovechados: localizaciones, escenarios, atrezzo, vehículos, fotografía, montaje, no desentonan. La trastienda logística da una sensación impecable. La música de Alberto Iglesias, magnífica.

Resulta inútil decir que series como House of Cards, o Borgen, están en el origen de la inspiración que ha llevado a Santiago Mitre a dirigir esta película y a idear su guión. Su anterior película (La patota, 2015) constituyó su primer gran éxito internacional, discutida, criticada, ensalzada, interesante en cualquier caso. Con La cordillera, no es la primera vez que Mitre incursiona en el cine político, en El estudiante (2011), donde nos mostraba la conversión de un alumno despistado en líder político, ya vimos su interés por esta temática (que, a su vez, le proporcionó algunos premios internacionales). Su primera película, El amor (primera parte) (2005), tenía otra orientación, titubeante, intimista, pero que sirvió era para demostrar que estaba llamado a hacer cintas más interesantes. 

La película está resultando una de las más taquilleras de 2017 en Argentina y después de haber sido nominada en el Festival de Cannes, ha participado y está participando en el de San Sebastián, Santiago y Toronto, lo que indica el trabajo de promoción internacional que ha acometido la productora K&S Films.

Recomendable para brasileños que quieran enorgullecerse de su presidente ficticio, para quienes amen el cine político y para seguidores de Ricardo Darín. Quizás la película no tenga críticas tan favorables como tuvo La Patota, pero demuestran, en cualquier caso, que vale la pena seguir la obra de su director, Santiago Mitre.  
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