sábado, 24 de marzo de 2018

Ready Player One... de Steven Spielberg



El año 2045 está, como quien dice, a la vuelta de la esquina, a un poblado de Columbus Ohio, parecido a una versión americana de una favela. Ahí nos traslada Spielberg en esta película de dos horas y media de duración. A tenor de la situación actual de nuestra civilización y de la gráfica que hemos recorrido hasta ahora, todo induce a pensar que este 2045 no será el mejor de los mundos. Pero, lo que Spielberg nos dice a través de esta película realizada sobre una idea original de Ernest Cline, la humanidad prefiere vivir una realidad virtual antes que cambiar su triste y miserable vida real. ¿Para qué preocuparse si la felicidad absoluta puede obtenerse con un videojuego? Así pues, lo que vamos a ver es una película de ciencia ficción sobre un futuro imperfecto.
Un joven, como otros cientos de millones como él, han decido que la realidad virtual OASIS es mucho más tentadora que le realidad cotidiana. Al menos en OASIS eres quien quieres ser y vives como desearías, teniendo todos aquellos bienes de consumo que siempre has deseado y a los que nunca te has podido aproximar. En realidad, tú no eres tú, tú eres un perfecto avatar que tiene solamente una remota correspondencia con tu imagen y con tu personalidad real. Pensar en un mundo así, desde el punto de vista de los hombres nacidos en el siglo XX, antes de la irrupción de era digital, supone ya una distopía absoluta. Pero la novela de Cline y la película de Spielberg, detrás de este planteamiento inicial conllevan una sorpresa: el creador del juego, fallece pero deja ocultos en el juego tres “easters eggs”, especie de premios gordos que darán a quien los encuentre el control de este mundo imaginario que es, a la vez, una lucrativa fuente de beneficios. Y, a partir de ahí, ya tenemos a la película encarrilada: el joven “Wade Watts” entrará en competencia con el poderoso consorcio IOI, para encontrar el tesoro ocultado por el diseñador de OASIS.
Como puede verse, un argumento tan bueno como cualquier otro. Quizás el rasgo más significativo es que este tipo de temáticas sobre video-juegos y mundos virtuales no es original de Cline ni, por supuesto, de Spielberg, es un tema que apareció en muchas ocasiones en el cine a partir de los años 80 y que remite directamente a la cultura pop de aquella época, desde Videódromo hasta El Cortador de Césped pasando por Games. Es evidente que si hoy lo ha rescatado el director norteamericano ha sido porque aquella década vive un revival e interesa de nuevo tal como muestra el éxito de producciones sobre Stranger Things. La cuestión es que se sale de la sala de proyección con la sensación de ahogar al espectador presenciando un desordenado y amazazotado caramelo pop de los 80 
A estas alturas el resolver acertijos, el enfrentarse a dilemas que se superan, el pasar de un nivel a otro es algo que se ha convertido en habitual en las novelas de Dan Brown y en las consiguientes películas filmadas a su sombra, que ha estado presente en sagas como La Búsqueda y que se ha visto en demasiadas ocasiones como para que, trasladado a un mundo de realidad virtual pueda impresionar.
¿Problemas? Uno, por encima de cualquier otro: hay un momento en el que tanto efecto especial y tanta realidad virtual fantástica, saturan al espectador, especialmente al no habituado a los videojuegos. Siempre, cuando en una película se produce este fenómeno de saturación se debe, o bien a que el director no ha tenido el valor para frenar a tiempo, o bien porque el guión se quedaba corto y era preciso extender el metraje recurriendo a efectos cada vez más espectaculares… en un momento en el que, partiendo de la base de que se trata de efectos obtenidos por ordenador, el espectador ya no se sorprende por lo que ve. 

Una película de Spielberg que cuenta detrás con un presupuesto y unos recursos humanos prácticamente inagotables, no puede ser una “mala película”, pero sí puede ser un producto cansino, reiterativo y que falla especialmente en la última parte. De hecho esta película podría ser considerada como un cangrejo espectacular… pero reducido a una cáscara vacía. Bonito envoltorio con una caja, sino vacía, si con un productor de baratillo que ya hemos visto en muchas otras ocasiones.
Pero hay que tener presente lo que esta película supone: hasta no hace mucho, el mundo del cine recaudaba mucho más que cualquier otro segmento del espectáculo; sin embargo desde hace una década, los beneficios del mundo de los videojuegos han sido cada vez más superiores a los generados por la cinematografía. Spielberg ha intentado hacer una síntesis para tirar de taquilla: su película es, en el fondo, un videojuego susceptible de interesar a esos cientos de millones de jóvenes que confían su ocio a consolas y videojuegos de ordenador. Es como estar de pié detrás de un jugador. No es una mala idea y seguramente esta fracción de público sabrá apreciar, disfrutar con Ready Player One. El problema es que el espectador que no vive de manera tan intensa, o que simplemente permanece de espaldas a la industria del video juego no estará en condiciones de apreciar esta cinta que le resultará, finalmente, cansina.
Spielberg es un viejo zorro del mundo de la cinematografía, así que ha intentado ampliar esta franja de espectadores introduciendo algunos guiños a Stanley Kubrick y a su cine. Están ahí, pero no son suficientes como para abrir la película a los admiradores del que fuera uno de los mejores directores de la historia del cine.
Hoy apenas existen películas que puedan gustar a toda la sociedad: existen películas dirigidas y orientadas preferencialmente hacía franjas muy concretas del público. Esta es una de ellas: está dedicada a gente que vivió y vive el mundo de los videojuegos y que espera cada día más y más de la realidad virtual. Si usted no pertenece a esta franja de espectadores, es probable que la película no le satisfaga, ahora bien si da el perfil, véala y disfrutará.
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