jueves, 23 de noviembre de 2017

El sacrificio de un ciervo sagrado... de Yorgos Lanthimos


The Killing of Sacred Deer 

Hay películas que sorprenden por su argumento, otras por su reparto, por sus efectos especiales, sus escenas y las hay que, en sí mismas, constituyen una sorpresa y lo que creemos que vamos a ver, a partir de cierto momento, nos reserva un giro inesperado que genera una angustia irreprimible. Reconozco que cuando se inició la proyección de esta película no intuía ni remotamente la deriva que iba a tomar la cinta a partir de cierto punto. 

Me habían informado de que el argumento tenía como telón de fondo la contraposición entre ciencia y fe, uno de esos temas con los que el fabricante de best-sellers Dan Brown nos suele aburrir cada cuatro años y que ha reiterado en su novela Origen recientemente publicada y que, en gran medida, transcurre en Barcelona. “Otra divagación más...” me dije: y resulta que no: la temática se aproxima mucho más al mito de Ifigenia. No puede extrañar si tenemos en cuenta que el director, Yorgos Lanthimos, es de origen griego.

La película nos cuenta la historia de un cirujano de éxito que en el curso de una operación no puede evitar que un paciente muera. Aparentemente era el riesgo de la intervención, extremadamente complicada, y que la familia del fallecido asume. Sin embargo, el cirujano y la esposa del fallecido empiezan a aproximarse y, a partir de ese momento, empieza a ganar protagonismo el hijo de éste que se convierte en el verdadero protagonista de la trama. Simplemente, el hijo quiere una vida por otra vida: una vida de la familia del cirujano o la suya propia por la vida de su padre. Y lo que aparentaba ser una película de médicos, pacientes y acercamientos conflictivos, se convierte en una película extraña, próxima al terror psicológico cercana al thriller pero sin que veamos persecuciones trepidantes, sin embargo, si excesos adrenalíticos inquietanes de angustia… es simplemente, un tema clásico llevado a la modernidad.

La fuente originaria de esta cinta es el mito de Ifigenia. Ya hemos aludido al origen griego del director (que, de paso, es también el guionista). La hija del rey Agamenón, fue pedida en sacrificio para que su ejército pudiera seguir su marcha hacia Troya. ¿Cómo puede inferirse esta relación entre la película y el mito clásico? Muy sencillo: por el título. En efecto, todo el problema se desencadenó porque la diosa Artemisa quería castigar al rey Agamenón porque éste había matado en sus dominios a un ciervo blanco y alardeaba de ser el mejor cazador. La diosa detuvo a las naves de Agamenón: en Áulide ya no hubo viento que las moviera del puerto. Un adivino aconsejó que lo único que podía calmar a la diosa de los bosques y señora de los animales, era el sacrificio de la hija del Rey: Ifigenia. Una vida por otra vida. Con mucha menos poesía, los judíos llaman a esto “la ley del Talión”: “tú me has dañado, yo te daño…”. Pues bien, éste es el tema de esta inquietante cinta que atrapa al espectador y lo aferra a su butaca.

Todo es una metáfora. Está claro el porqué Yorgos Lanthinos ha elegido como profesión del protagonista, el “doctor Steven”, a un cirujano. Simplemente, en esa profesión se hacen “milagros”, se salvan vidas, se reconstruyen órganos, se extraen males… De entre las especialidades de la medicina, la de cirujano figura en la cúspide y, desde allí, algunos parecen estar más cerca de lo divino que de lo humano. Otra metáfora: el hijo que quiere un resarcimiento por la muerte de su padre. Él ocupa el papel de Artemisa. En realidad, se trataba de una diosa griega arcaica, quizás procedente del período minoico, tosca, brutal, ambigua, como el adolescente preocupado porque la salen pelos en las axilas y por exigir una vida por la vida de su padre. El cirujano debe de ser decidido pero al mismo tiempo racional en su trabajo. No puede caer ni en supersticiones ni ser presa del “pensamiento mágico”. Más que Dios es una especie de anti-Dios. El hijo, introduce el elemento irracional al que, en principio debería ser inmune el “doctor Steven”, sin embargo, poco a poco, éste se siente ganado por la sensación de que si se suicida o mata a alguien de su familia, algo terrible sucederá. Última metáfora: vivimos en un tiempo en el que se ha cerrado la puerta al pensamiento religioso y mítico, estamos atrincherados tras la barricada de la racionalidad y, sin embargo, las supersticiones y el “pensamiento mágico” siguen entrando por la ventana. 

La familia en la que vive el “doctor Steven” es fría, todos sus miembros son distantes unos de otros, neutros, recuerdan a aquellos protagonistas de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956, con sus tres remakes posteriores) en los que los ciudadanos de un pequeño pueblo son sustituidos por extraterrestres mansos y sin vida en los ojos. Así son las familias norteamericanas de clase media-alta: la racionalidad, conduce directamente a la frialdad y a la falta de emociones. Yorgos Lanthinos, simplemente, introduce la irracionalidad en un islote de positivismo y frialdad. Luego, todo estalla.

Con respecto a la música, bastante importante en el climax de la película desconozco el autor. Intentaré busca ese dato como sea. 


No es una película que pueda gustar a todos los públicos. Los habrá que lo consideren un folletín, otros una película casi paranormal para uso y disfrute de los que no se pierden Cuarto Milenio ni una sola semana. Habrá quienes la considerarán una película maligna y no soportarán la angustia creciente que la acompaña. Pero lo que verán no es nada de todo esto: en esta película nada es lo que parece. Acompañada por una música poderosa, luciendo un movimiento de cámara que recuerda a Kubrick, con unas interpretaciones memorables del trío protagonista que les ponen en la recta de los Oscars, lo cierto es que vale la pena ver esta película y no perderse los detalles.  


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