sábado, 18 de noviembre de 2017

La higuera de los Bastardos... de Ana Murugarren


El ciudadano medio español no piensa desde hace décadas en la Guerra Civil, ni se plantea, desde luego quién fue mejor o peor, como tampoco piensa en la guerra de Cuba o en las guerras del Rif. Sin embargo, estos conflictos se han convertido en permanente fuente de inspiración para los cineastas españoles que una y otra vez vuelven sobre estos temas: en ocasiones logran productos de aceptable calidad (Los últimos de Filipinas, 2017), en otras resultan rematadamente malos (Balada triste de trompeta, 2011) y, a veces se limitan a construir fábulas extrañas. Tal es el caso de La Higuera de los bastardos.

Ramiro Pinilla fue uno de los mejores novelistas españoles a partir de los años 60. Obrero de la construcción y “maketo” en Bilbao, haciendo esfuerzos por “vasquizarse”. En 1960 ganó el premio Nadal  y once años después fue finalista del Planeta. La Higuera –en la que se basa esta película- fue escrita en 2006. Falleció en 2014 después de haber entregado otros cinco títulos más a la Editorial Tusquets. El hecho de que no sea de los autores más recordados de la literatura española, no quita que su envergadura no sea similar a la de un Juan Rulfo y no ande lejos de las alturas de García Márquez. 

Hay que decir que la película se parece sólo muy relativamente a la novela. Ha sido filmada como tragicomedia y rasgos muy acentuados con relación a la novela. Nos cuenta la historia de un falangista, Rogelio (Karra Elejalde)  que, junto a su grupo, realizaba ejecuciones durante la guerra civil. Se apunta ligeramente que tales ejecuciones eran respuesta a las que previamente había realizado el otro bando, pero una discusión de este tipo nos llevaría a Caín y Abel o a aquello otro de qué fue antes si la gallina o el huevo. El protagonista, en el curso de una de esas ejecuciones sumarias ve la mirada del hijo de la víctima, de apenas 10 años años. Aquella mirada le impresiona y, por algún motivo, se le mete entre ceja y ceja que ese niño terminará matándolo. Así que su carácter se vuelve huraño y sobre la tumba del asesinado, Rogelio planta una higuera y se convierte en ermitaño ante aquel arbolito que, poco a poco, va aumentando su volumen y retorciendo sus raíces. Nadie sabe qué hay debajo de la higuera. Empieza a circular el rumor de que Rogelio está custodiando un tesoro escondido. Pero, por otra parte, algunos empiezan a visitarlo e incluso le dejan una imagen de la Virgen, lo que hará que en torno a aquel lugar empiece a convertirse casi en lugar de peregrinación. Los antiguos camaradas falangistas de Rogelio, todos han ascendido y se han convertido en “hombres del régimen”, dando por perdido a su antiguo comilitón, a pesar de que intentarán por todos los medios de que Rogelio abandone su lugar de retiro y la higuera sea arrancada, sabedores de lo que contiene bajo sus raíces.

Se trata de una película que no aporta gran cosa sobre la Guerra Civil, ni aclara las circunstancias que se produjeron en la zona. Así pues, si alguien esperaba que ochenta años después de finalizado el conflicto, algún cineasta español se atreviera a tratar con distanciamiento y profundidad el tema, se equivoca. Tampoco la novela de Pinilla resulta ser su mejor relato. La fotografía es discreta, y entre las interpretaciones destaca especialmente la de Carlos Areces como chivato, siniestro y miserable, propagador de la leyenda de que Rogelio custodia un tesoro !Bravo!. En lo que se refiere a Elejalde, encasillado permanentemente desde Año Mariano (2000) en papeles de colgado (o, en cualquier caso, de excéntrico) repite actuación muy en su línea. Ha sido dirigida por Ana Murugarren de la que es su quinta película, una directora que suele elegir temas de interés socio-político siempre próximos a su origen vasco-navarro.


Si la película se toma como un cuento puede gustar. Y esta es la perspectiva desde la que recomendamos verla. Es entretenida, divertida, surrealista. La escena final resulta estremecedora y esa es la que, quien escribe esta crónica se lleva al salir del cine. 
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