sábado, 4 de noviembre de 2017

El Tercer Asesinato... de Hirokazu Koreeda


Estamos ante una película policíaca japonesa. El cine en Japón no se hace como en Europa Occidental. Allí todo es más sereno, cuidado, meticuloso, ordenado (salvo aquel inefable Humor Amarillo, claro está), con una extraordinaria belleza expresiva y, por tanto, algunos de los resultados pueden parecer “obras de arte” según los estándares europeos, pero no dejan de ser muestras del género negro “a la japonesa”. Esto es lo que ocurre con La Tercera Víctima que ha sido exaltada por cierta crítica europea, simplemente por ser diferente al tipo de cine que se realiza en nuestras latitudes. Es, en cualquier caso, una película digna de verse.

¿Qué debe hacer el abogado defensor de un acusado de asesinato cuando su cliente se declara culpable del crimen y, para colmo, es reincidente? Tal es el planteamiento argumental que deriva hacia consideraciones morales. El asesino no mata al azar, ni siquiera es un sádico o una bestia sedienta de sangre. Simplemente es un hombre que elige a sus víctimas en función del código del honor japonés. Asesina solamente a aquellos que se lo merecen pero a los que lagunas judiciales han impedido que la justicia cayera sobre ellos y para castigar su delito no basta con una simple condena moral. La película plantea, inicialmente, la duda de dónde está el bien y en qué lugar se ubica el mal. Lo que lleva directamente a la cuestión de si el protagonista es una buena persona haciendo cosas malas o es una mala persona haciendo cosas buenas. 

La película tiene su moraleja. En realidad, sus moralejas. La primera de todas es que cualquier comportamiento humano es ambiguo ante la verdad y la mentira. Los valores universales solamente pueden existir en el mundo de lo trascendente o en el mundo de las ideas, pero son inaplicables en el mundo de las realidades cotidianas. Esto lleva a la segunda moraleja: la justicia juzga acciones cotidianas en función de principios legislativos de aplicación universal, se comporta como un rodillo aplastante tratando de resolver conflictos entre intereses y penando comportamientos peligrosos… pero, cuando las leyes –imperfectas como todo lo que es producto de lo humano- no alcanzan a golpear a los culpables (por defectos procedimentales, por lagunas jurídicas, por astucia de los abogados) ¿qué otra cosa pueden hacer aquellos que no creen en la “justicia divina”, salvo esperar que entre los ciudadanos aparezcan hombres libres que se erijan como “verdugos-justicieros” de la comunidad, dispuestos a asumir las consecuencias de sus “operaciones de castigo”?

El cine occidental ha traído a colación la figura de los “vengadores solitarios” en múltiples ocasiones. Fue en los años 60 cuando aparecieron en Brasil los “escuadrones de la muerte”, compuestos por policías decididos a castigar el delito mucho más allá de lo que permitía la ley. La imagen no es nueva: en el mundo germánico medieval existió una institución conocida como “la Santa Vehme”, especie de tribunales clandestinos locales, constituidos por miembros de la nobleza, con presencia de algún clérigo y de representantes de los gremios, todos ellos hombres justos y sin tacha. Las leyendas nos los presentan reunidos en la noche, enviando a sus hombres a detener a tal o cual personaje acusado de algún delito y que vivía en la impunidad. Interrogaban al acusado cubiertos con una capucha. Dirimían en su presencia si era culpable o inocente. Sólo existía una pena impuesta: la muerte. 

Así pues, el tema no es nuevo. Y lo que es peor, quizás: el aumento de los niveles de delincuencia en todo el mundo, la lentitud y parsimonia con la que “el legislador” se preocupa de modificar leyes y adaptarlas a las nuevas realidades, el humanismo progresista que tiende a imponerse en todo el mundo considerando que la rehabilitación del delincuente es más importante que resarcir a la víctima, concepto que posibilita la multirreincidencia… todo ello hace que cada vez más, algunos empiecen a añorar una reedición de aquella Santa Veheme medieval o la presencia de vengadores solitarios como el que nos muestra esta película. Así pues, aunque el tratamiento de la cuestión sea “japonés”, el interés de la cinta es universal.

Vale la pena decir algo sobre el director de esta cinta, Hirokazu Koreeda. Se trata de un veterano director y documentalista que, desde siempre se ha interesado por los dramas judiciales (véase Maborosi [1995] sobre una pareja de recién casados uno de los cuales muere arrollado por un tren, o su documental Without Memory [1996], sobre el caso real de un padre que perdió la memoria a causa de una medicación mal administrada), de la misma forma que se ha sentido atraído por el “género negro”. En realidad, la última película que había estrenado (Después de la tormenta [2016]) nos presentaba como protagonista a un detective privado con múltiples vicios. Se trata de un director muy cuidado en las formas que encarna los valores típicos del Japón sintetizados en “la espada y el crisantemo”, esto es, la dureza cortante del fino acero y la delicadeza y suavidad de la efímera flor.

En cuanto a los actores cabe mencionar a Masaharu Fukuyama ejerciendo el papel de abogado y a  Köji Yakusho, como “Misumi”, el vengador. Ambos son actores experimentados de largo recorrido que asumen sus papeles de manera austera, creíble y sin fisuras. Ambos han trabajado en distintas cintas anteriores con Koreeda y se trata de actores extremadamente conocidos en el Japón. Si las interpretaciones son correctas –y a ratos, brillantes- otro tanto puede decirse de los aspectos técnicos (fotografía, encuadres, sonido). 


La película está adaptada y puede ser apreciada especialmente por aquel segmento del público atraído por el cine japonés y por su estilo. A pesar de que el tema, como hemos visto, es universal, e incluso tiene cierta actualidad, costará algo más de ver por quienes crean –a causa de su título- que pueda tratarse de un tráiler trepidante y con ritmo hollywoodiense. Pero, incluso a los que buscaban otro producto más dinámico, esta película terminará por convencerles de que existe otra forma de hacer cine y transmitir un mensaje. E incluso es posible que esa película lleve algo de reposo a su espíritu… lo que, a fin de cuentas, es uno de los objetivos del cine japonés.
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