lunes, 22 de enero de 2018

Sin Amor... Andrey Zvyagintsev


En estos tiempos de globalización, uno tiene a su alcance el comprobar que los problemas que aparecen en nuestro entorno geográfico son los mismos que se dan en Rusia o en los EEUU. Se diría que nuestras sociedades han entrado en una fase de inestabilidad permanente, entre otros motivos, a causa del colapso de la institución familiar. Hasta mediados del siglo XIX las parejas se casaban por intereses patrimoniales. Cuando llegó la “revolución romántica” –a mediados del XIX, esto es, casi anteayer desde el punto de vista histórico- las parejas empezaron a considerar que el “amor” era lo que les unía. En ambos casos, por interés o por amor, los hijos eran el futuro, se vivía y se actuaba para que el patrimonio y el linaje se prolongaran en el tiempo. Hoy, todo esto ha saltado por los aires y tal es el tema que trata esta película cuyo título es un auténtico paradigma de lo que vamos a ver: una película sobre la ausencia de amor en la pareja.

Una pareja está en vías de divorcio. Solamente les queda vender el piso que comparten en común y decidir que hacen con el niño. Cada una de las partes, a esas alturas, ya ha encontrado nueva pareja. Se llevan mal. Son incapaces de negociar sin que antes o después prorrumpan en insultos y discusiones. Pero están obligados a mantener un nexo entre ellos a causa de su único hijo. No fue un niño querido, las dos partes lo consideraron una complicación y lo único que en el futuro justificará, lo único que desearían que acabara para siempre: mantener un pequeño vínculo entre ambos. Pues bien, ese niño, del que nadie se preocupa, que nadie parece amar, ni apreciar, que desde pequeño ha sido considerado como un fastidio, un buen día, sale de casa y desaparece. Esto cambiará momentánea y radicalmente la vida de la pareja y cambiará su perspectiva. 

El argumento parece tan simple como el título, pero lo importante en esta cinta son las pistas que el director nos da para otorgar al mensaje una dimensión colorista y universal. Abundan las imágenes simbólicas, la fotografía estudiada para reafirmar las tesis de la cinta, la gama de colores que nos muestra un arco cromático vinculado a situaciones emocionales concreta. Todo, desde las primeras escenas, está pensado para que podamos entender sin el recurso a la palabra. 

En muchas de las secuencias vemos ejes de simetría evocador: la imagen del bosque nevado y reflejado en el agua, lo que nos está indicando a los protagonistas de la película, el padre y la madre, unidos a su pesar por la línea de superficie del agua que constituye la espina dorsal del encuadre, el hijo. Ambos están igualmente distanciados respecto al hijo. El simbolismo no puede ser más acertado: nos remite al mito de Narciso. Cada una de las partes está absorta en sí misma, enamorada de sí mismo, desconsidera cualquier otra cosa que no sea él mismo. Los pueblos antiguos pensaban que el alma humana radicaba en la sombra o en la imagen reflejada en el agua o en un espejo; quizás sea por eso por lo que los vampiros no se reflejen en los espejos, pues no tienen alma.

Las últimas escenas pertenecen a la Rusia de hace unos años, pero son completamente extrapolables a nuestro ámbito geográfico: mientras la radio y la televisión van desgranando noticias catastróficas, aludiendo a guerras y desgracias, mientras los informativos impiden cualquier optimismo e incluso albergar la más mínima seguridad en el futuro, las nuevas parejas protagonistas siguen tan aisladas como la pareja original, incomunicadas, separados por barreras inexistentes, construyendo su mundo privado en las pantallas de sus teléfonos móviles, con ideas intransferibles a su compañero.

Andrey Zvyagintsev es el artífice de esta interesante película que refleja el estado de evaporación progresiva de nuestras sociedades. Como siempre en su cine, tiende a introducir elementos que le preocupan de manera casi obsesiva y que tienen mucho que ver con el alma rusa: la burocracia (en su anterior película, Leviatán, representada por el alcalde del pueblo que ha decidido apropiarse de la casa y del taller del protagonista y en Sin Amor, presente en la policía que, por imperativos legales, no hace nada para encontrar al hijo de la pareja) de la que es un firme opositor. 

La falta de amor y la búsqueda compulsiva del amor que se disipa como el champán en 24 horas. Cambiamos de móvil, de tv, porque cada año hay un modelo que lo supera y creemos que nos dará la felicidad que nos falta. Somos compradores compulsivos de todo (comida, ropa, caprichos, amigos Facebook, noticias,etc.) y todo lo tiramos por la obsolescencia.

Técnicamente, la película es irreprochable. Está estudiada hasta en sus más mínimos detalles y el principal esfuerzo se ha hecho en las localizaciones y en los encuadres. Todo ello para intentar describir una situación sin palabras, simplemente aportando algunas pinceladas lo suficientemente sutiles como para que no quede la menor duda sobre el mensaje.

¿El mensaje? Son varios que se superponen unos sobre otros de manera orgánica. El primero de todos es que el “individuo” cada vez es un ser más aislado en sí mismo y encerrado en una jaula de oro que él mismo se ha construido a través de tecnología, “redes sociales” y “herramientas” digitales.Lo paradójico no es solamente que en momentos de máxima conectividad, estemos aislados, sino que incluso nos hemos olvidado de los elementos que han hecho posible el tránsito de la horda a la sociedad organizada: la necesidad de educar a los hijos, el papel de estos en el futuro de la sociedad y en el de la propia familia, la existencia de amor como elemento de cohesión vincular entre sus miembros. Y todo esto en medio de una situación generalizada de crisis económica y social sobre las que nunca como hoy hemos tenido tantos elementos para meditar y calibrar su alcance, pero que, en ningún momento de la historia como éste, hemos permanecido tan alejados y tan ajenos a ella, como si no fuera con nosotros. 
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