viernes, 26 de enero de 2018

C'est la Vie... de Olivier Nakache y Éric Toledano


Uno de los motivos por los que vale la pena ir al cine es para ver la evolución de las sociedades. Los tiempos cambian, y lo hacen aceleradamente, a pesar de que apenas nos demos cuenta en el día a día. Los elementos que han generado en el último cuarto de siglo un cambio radical en Europa son, por este orden, la globalización con sus autopista de doble dirección: la deslocalización empresarial y la fuga de empresas, de un lado, y de otro las migraciones masivas. Ninguno de estos dos procesos se ha detenido en este momento y  nadie tiene muy claro hacia donde desembocará: la única certidumbre es que el mundo está cambiando ante nuestros ojos y el cine da testimonio de ello. Todo esto viene a cuento de la película dirigida por OIivier Nakache y Eric Toledano, C’est la vie.

Estamos muy lejos de la Francia descrita en la serie de películas sobre Astérix: la pequeña aldea ya no está poblada solamente por galos, sino por habitantes llegados con la globalización de los más variados lugares del planeta: por subsaharianos, por paquistaníes, por magrebíes, por chinos, vietnamitas, camboyanos. Esta película nos habla de algunas de estas comunidades y cómo luchan por salir adelante. Nos dice también que algunos oficios (el de fotógrafo de bodas, sin ir más lejos) están desapareciendo en estos tiempos de selfies y de fotografía digital.

Una empresa, propiedad de un francés, organiza bodas. Los clientes que llegan piden recortar precios, así que, desde las primeras escenas, asistimos a una serie de gags cómicos de alto voltaje que nos acompañarán a lo largo de los 115 minutos de proyección. La película está realizada en clave de comedia. Nada en la empresa parece funcionar: la mano derecha del director es una “choni poligonera”, de origen subsahariano, malhablada y poco apta para el trabajo; uno de los pakistaníes empleados habla perfectamente francés, pero sirve de poco, porque tiene que ejercer como traductor del otro que es incapaz de hilar dos palabras en la lengua de Moliére, otros empleados tienen pocas ganas de trabajar y todos aspiran a cobrar más obligando al director a presentarles la alternativa inapelable de seguir trabajando con el mismo sueldo o ser despedidos, todo falla, nadie está a la altura de las circunstancias y constantemente se roza el desastre. Para colmo, aparece un misterioso personaje que todos creen que es un inspector de trabajo… en una empresa en la que no todos los que están figuran dados de alta. 

La primera impresión que da la cinta es que vamos a asistir a una sucesión de gags de sal gruesa y humor desconsiderado a paletadas. Sin embargo, a medida que avanza la proyección nos vamos tranquilizando: no es una película para amantes del sutil humor inglés, ni para paladares habituados al humor refinado. Los chistes no son particularmente agudos, sino, más bien, facilones. Y, habitualmente, funcionan. Es una película que, inicialmente, no tienen más ambición que el hacer pasar al espectador 115 minutos agradables y que, además, lo consigue. La ventaja es que, como hemos dicho al principio, nos permite comprobar cómo ha cambiado Francia en las últimas décadas (e intuir cómo está cambiando toda Europa Occidental). Como muestra la música con matices árabes que acompaña a la presentación de la película. 

No es una película amenazadora en el sentido de que nos vaya a revelar grandes riesgos sociales o desajustes suicidas. Da la sensación de que esto les importa poco a los directores. Ambos, Olivier Nakache y Éric Toledano (que a pesar de su apellido no es de origen español, sino hijo de judíos marroquíes establecidos en Francia) llevan años trabajando en distintos proyectos (Samba [2014], Intocable [2011], Tellement proches [2009], Y tan amigos [2005] y los cortos Ces jours hereux [2022] y Les petit souliers [1999], todas ellas sin excepción realizadas en clave de comedia y en algún caso de comedia ácida o tragicomedia). Su cine nos muestra a la sociedad francesa de las primeras décadas del milenio que no es, desde luego, la pequeña aldea gala de Astérix.
Está nominada a los Premios Goya como Mejor Película Extranjera, lo que parece excesiva: el premio es demasiado grande para una película bastante pequeña y olvidable. El guión, no pretende nada más que hacer reír (de estas en España se filman cada año una docena que lleguen a las salas de proyección). Uno de los integrantes del reparto es Gilles Lellouche como cantante y director de la orquesta. Para ubicarnos, Lellouche es una especie de equivalente al carpetovetónico Willy Toledo, un buen actor que, patina cada vez que opina fuera de lo suyo: la canción, la actuación. En todas partes cuecen habas… 

La película tiene una moraleja políticamente correcta: si se quiere que Francia (y, por extensión, Europa) sobreviva, todos los grupos étnicos tienen que ponerse de acuerdo y colaborar… (incluso en una boda) y esto aunque tengan que recurrir a estrategias situadas en el límite de la estafa y la defraudación del Estado. Nos muestra también el resultado final: todo en Europa es de nivel medio bajo (el trabajo, la calidad nutricional de la comida, el esfuerzo, el respeto, la buena educación). Es probable, incluso, que todo esto ni siquiera estuviera en las intenciones de los directores, sin embargo, es la sensación que nos ha dejado después de verla. 


Una película, en definitiva, para pasar un buen rato y pensar sobre los cambios que están teniendo lugar en nuestro marco geográfico. Pero dista mucho de estar justificado su nominación para los Goya.

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