viernes, 22 de diciembre de 2017

The Disaster Artist... de James Franco


The Room es una película que no dejó huella. O mejor dicho, dejó el recuerdo de ser la peor película producida en el siglo XXI. Algo así como si un Ed Wood redivivo se hubiera superado a sí mismo. Este tipo de producciones, de tan malas, terminan convirtiéndose en objetos de culto. Hace falta ser muy freaky para ver este tipo de cine, aunque resulte mucho más razonable asistir a la reconstrucción de cómo se llegó a tal despropósito. Tal es la función de The Disaster Artist, una genial y recomendable película de James Franco.

Dicen que el original era insuperable: surrealista, absurda, con un montaje incoherente, unas interpretaciones pretenciosas y afectas y un guión marciano. Pero también se añade que de haber querido hacer a propósito un aborto así, jamás hubiera salido. Pues bien, gracias a los hermanos Franco, el universo de Tommy Wiseau, queda reconstruido en esta cinta. The Room costó 6.000.000 de dólares, de origen desconocido. El argumento de base fue una voluminosa novela de casi 600 páginas escritas por el propio Wiseau que, a todo esto, estaba convencido de que era un genio. La psiquiatría todavía no ha investigado exactamente el por qué en ilustres mediocridades (como el propio Ed Wood), personajes extraños y anómalos, anida una sobrevaloración desmesurada del propio ego, completamente divorciada de las capacidades y cualidades reales del personaje. Wiseau se quería influenciado por Marlon Brando, James Dean, Tennessee Williams, Orson Welles, Alfred Hichcock o Elisabeth Taylor.

El guión de The Disaster Artist se basa en el libro escrito en 2011 por el aspirante a actor Greg Sestero que tuvo un papel protagonista en la película de Wiseau. La película ha sido dirigida por James Franco que ha demostrado ser uno de los directores/actores más prolíficos del milenio. Todavía no hemos terminado de ver su serie televisiva The Deuce, cuando aún no nos habíamos repuesto de su papel en 11.22.63, Franco nos obsequia con esta película en la que además de dirigir y producir la película, interpreta el papel axial de Tommy Wiseau. Su hermano, Dave, por su parte, interpreta a Sestero. Desde las primeras escenas estamos seguros de que vamos a ver una película extremadamente divertida y con unas interpretaciones geniales (especialmente en lo que se refiere a los hermanos Franco). Se percibe que James Franco “comunica” e interpreta extremadamente bien con las características personales y la psicología de Wiseau. A los que acusen a Franco de sobreactuar, cabe decir que su personaje era (y sigue siendo) así de excéntrico y fuera de la realidad.

A pesar de que no hayamos visto The Room, no nos cabe la menor duda de que esta interpretación sobre cómo se hizo, supera amplísimamente al original. La historia, no sólo es hilarante en sí misma, sino que está perfectamente contada y el espectador sale, sin excepción, completamente satisfecho. La película no es más que un cuento afectuoso –como lo fue en su momento la biografía de Ed Wood, realizada por Tim Burton e interpretada por Johny Deep- pero no por ello menos real, realizado sin afán de ridiculización, ni mucho menos de venganza, sino de aproximación a lo que fueron estos personajes y sus circunstancias, y ambientado a la sombra de Hollywood. El resultado ha sido una película perversamente divertida. 

Quedan retratados algunos de los valores que están presentes en la sociedad norteamericana y que han convertido en famosos a algunos personajes. Dalí empezó a ser conocido en los EEUU cuando destruyó el escaparate que él mismo había creado para un lujoso almacén, cuando la dirección del mismo lo modificó. Acabó en comisaría, pero todo el país se interesó por aquel actor que defendía la integridad de su obra. Eso gustaba a los norteamericanos y, al parecer, sigue gustando… por absurdo que sea el trabajo de creación y por mediocres –o simplemente, lamentables- que sean sus frutos. Hay algo de crítica, pues, a la sociedad norteamericana en esta película de James Franco, pero también cierto respeto y admiración por un personaje que creía en sí mismo.

Otro de los rasgos memorables de esta película es el número de cameos que incorpora. El papel interpretado por Melanie Griffith es algo más que un cameo, pero vale la pena estar atento a la pantalla para identificar a la docena y media de actores, más o menos conocidos, que se han sumado a esta película. Y se entiende perfectamente que ninguno de estos actores, a menudo brillantes, hayan tenido inconveniente en aparecen en la cinta: ésta se muestra en todo momento ingeniosa y alejada del humor facilón o de la sal gruesa. Franco recalca la importancia de la amistad y de la lucha por triunfar… a pesar de que no se tengan cualidades para ello. El resultado final es una comedia ácida que llamó ya la atención en el pasado festival de cine de San Sebastián y que, es muy posible que reciba algún Oscar del próximo certamen.

Una película que se puede recomendar para todos los públicos. La sabrán apreciar especialmente los amantes de la historia del cine y los coleccionistas de rarezas, pero, cualquier espectador abierto podrá abandonar la sala de proyección con una sonrisa en los labios y la sensación de haber disfrutado durante los minutos.
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