lunes, 12 de febrero de 2018

The Death of Stalin, la repesca de la Guerra Fría… de Armando Iannucci


Parece raro que a sesenta años de su muerte, la figura de Stalin –o su cadáver- atraigan todavía. Ésta, tiene el atractivo de abrirnos a un momento inédito en la filmografía occidental: todo lo que ocurrió inmediatamente después del fallecimiento de Stalin, entre que el cadáver estaba aún caliente y que se dirimía intramuros del Kremlin quién sería su sucesor. Y habían varias posibilidades. En esta cinta, Armando Iannucci, vuelve a mostrar de nuevo sus cualidades para la sátira política.

Han sido varias películas las que han tratado la figura de Stalin. Hemos llegado a ver incluso a Robert Duvall, en 1992, travestido de un increíble Stalin, o series de televisión como Apocalipsis Stalin que han intentado trazar con formato de documental la trayectoria del que fuera probo funcionario del Partido Comunista, líder de su pueblo en la “gran guerra patriótica” y, finalmente, dictador predispuesto a la paranoia en sus últimos diez años de vida. Entre otras cosas, Stalin, tenía cierta fobia –tal como se muestra en esta cinta- a los médicos, especialmente a los facultativos judíos que había enviado al GULAG. Temió incluso ser asesinado por ellos. Así que en el momento de su muerte, no gozaba precisamente de un estado físico envidiable. Además, durante casi cuarenta años había bebido una botella de vodka al día. Su nombre “Stalin”, en ruso, significa “acero”. Pero su hígado, desde luego, no lo era. Incluso 75 años parecen muchos para quien durante treinta años había dirigido con mano firme a la Unión Soviética.

El problema fue que, Stalin carecía en su entorno de voces críticas. Todos los que le rodeaban desde principios de los años 30, eran simplemente personajes mediocres que vivían bajo su férula y que aspiraban a sucederle. Algunos eran francamente ridículos –Lavrenti Beria, interpretado en The Death of Stalin por Simon Russell- pero no por ello menos sanguinarios, otros eran meros burócratas grises sin relevancia alguna como Georgy Malenkov (interpretado por Jeffrey Tambor), eternos protegidos por Stalin (caso de Vycheslav Molotov, papel asumido en la película por Michael Palin), enérgicos pero toscos militares como Kikita Sergievicht Krushchev (Steve Buscemi) o enérgicos y ultrapluricondecorados como Georgy Zhukov (Jason Isaacs). Si, mientras vivió Stalin todos vivían en aparente armonía comiendo los mendrugos que les arrojaba desde su mesa, al faltar el “padrecito”, aquello se convirtió en un verdadero vodevil de codazos, golpes bajos, iniciativas ventajistas de unos o de otros, que finalmente, se resolvió en un primer tiempo a favor del grisáceo Malenkov y, tras su etapa de transición, a favor de Krushchev. Esta película nos cuenta todos los particulares de los días en los que Stalin falleció, y como fueron sus funerales de Estado.

La película gustó a la crítica y fue denostada por Rusia que la tacho de “provocación”. Su estreno ha sido, desde luego inoportuno porque precede en pocas semanas a las elecciones presidenciales del 18 de marzo en las que Vladimir Putin buscará la reelección. Lejos están los tiempos en los que se consideraba a Stalin como un “dictador sanguinario” (desde la época de la “desestalinización” operada precisamente por Krushchev). Su imagen tiende a mejorar, mientras que, paralelamente, en Occidente, sus opositores durante la Guerra Fría (Roosevelt y especialmente Churchill) se redimensionan a la figura de villanos. Lo cierto es que la película ha sido prohibida en territorio soviético y no como censura, sino por ser parcial y burlarse del pasado soviético del país. O, al menos, eso es lo que ha declarado el ministro de cultura de aquel país.

Ciertamente, la película tiene unos cuantos elementos históricos (el hecho de que en los funerales de Stalin muriera un número indeterminado de gente, aunque en la película se considera que estas muertes se debieron a las luchas de poder de los distintos exponentes de la dirección bolchevique, cuando en realidad, fueron producto de la histeria popular por la desaparición del “padrecito” y la sensación de indefensión ante el peligro de una guerra nuclear.
Así pues, es cierto que, en lo que se refiere a la fidelidad histórica de la cinta, es mínima. El propio director ha tenido que reconocer que los diálogos son inventados y que se ha priorizado su dimensión de comedia, mucho más que el rigor histórico. Esto no es nuevo en la carrera de Armando Iannucci quien ya mostró sus dotes para aprovechar determinadas coyunturas históricas para desviarlas y convertirlas en comedias. Así lo hizo en In the Loop, volvió a intentarlo con peor fortuna en la serie de TV Veep y ahora ha vuelto a intentarlo, sin que le haya acompañado completamente la suerte.

En primer lugar, las caracterizaciones son casi ridículas. No tienen absolutamente nada ver, ni siquiera remotamente con las características físicas de los personajes. Buscemi, a pesar de sus cualidades, no logra hacer olvidar la interpretación que hizo Bob Hoskins del mismo personaje, Nikita Krushchev, en Enemigo a las puertas (2001). Quizás el que está más en su papel Jeffrey Tambor en su papel de Malenkov, acaso porque aparece poco en la trama. También es fácil reconocer a Rupert Friend (Homeland), como hijo de Stalin.

Si de lo que se trataba en esta película era de hacer reír, el tema elegido, una muerte, los incidentes que se produjeron en los funerales y la lucha por el poder, el tema es demasiado siniestro y sórdido para resultar el más adecuado (quizás hubiera sido más interesante centrarse en el episodio en el que Krushchev golpeó la mesa de las Naciones Unidas con su zapato, o sobre las botellas de vodka que Stalin regaló a Churchill (personaje de moda en curso de desmitificación cinematográfica en los últimos años) al iniciarse la Conferencia de Yalta que decidió el destino de Europa y que tuvo a un premier británico prácticamente fuera de juego en las reuniones (el otro interlocutor era Roosevelt, un viejales al que le quedaban pocas semanas de vida y tampoco se enteraba de gran cosa). Pero la muerte de Stalin, especialmente por el dolor que causó la muerte (por estampida) de un alto número de personas (acaso varios cientos), no parece el mejor lugar de referencia para una comedia.

Además, la película es inoportuna: aparece en un momento en el que da la sensación de que la Guerra Fría que ensombreció Europa entre 1948 y 1989, vuelve otra vez a planear, especialmente a raíz de los desencuentros entre Rusia y EEUU en Oriente Medio. Ahora, cuando se trata de establecer vínculos y puentes, especialmente entre Europa y Rusia, ahora, precisamente, aparece esta producción europea que tiende a todo lo contrario.


La película tiene momentos y calidades variables. El cuadro de actores es, desde luego, insuperable, aunque ninguno de ellos tenga el más mínimo parecido con los personajes que encarnan. Los diálogos son cáusticos, con algunos giros que, efectivamente, logran llevarnos a la sonrisa. ¿Lo peor de la película? La trampa que nos plantea: no es historia, es cine. Es decir, ficción. La base histórica está reducida –vale la pena no olvidarlo- a la mínima expresión.
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