lunes, 12 de febrero de 2018

The Insult, o cómo ven el conflicto de Oriente Medio sus protagonistas… de Ziad Doueri


Lebanon was once called "The Switzerland of the Middle East." Since the early 70s, the country has lived in a situation of permanent instability and the Maronite Christians, Druze and Muslims who, until then, had lived, if not placidly, if at least peacefully, they became enemies, while Israel on one side and Syria on the other, intervened, directly or through third parties. From the spatial and temporal distance it is very difficult to understand what has happened in Lebanon in recent decades. So when a Lebanese film bill intends to explain how things are, we must pay attention because it is the explanation presented by the natives of the region.

Obviously, the film does not aspire to give a complex explanation to the problem of the Middle East but to present something similar to a parable that, by analogy, will define some of the reasons why this is the hottest region on the planet.

The film features "Tony", a Lebanese Maronite Christian. One day he is watering his plants and, accidentally, without any aggressive intentions, a good jet of water falls on the head of a person in charge of works, a Palestinian, "Yasser". What, in principle, would be nothing more than a simple mishap that would be resolved with a simple apology, becomes a litigation of national scope. The Palestinian is taken for offense, vexed and insulted, he has no doubt that "Tony" has intentionally spilled the water on him, so he insults and rebukes him. The latter, on the other hand, sees his dignity hurt and files a lawsuit before the courts. In a short time, this banal incident becomes an issue that affects the whole country.

It is not, of course, the first time that some directors in the area try to summarize the crux of the Middle East question. In fact, we are close to a century of conflict, this is four or five generations that, simply, have been born in the civil war, have grown with the sound of explosions, have matured, gray and dead without extinguishing the cannons . Palestinian, Egyptian and Hebrew cinematography have dealt with it on multiple occasions (see the chapter on The Middle East War in the book Cold War Photogenics), but it is, of course, one of the occasions on which we have seen some actors work so magnificently. Because the film, unlike many others from those latitudes and that retain the same intention, is comfortable to watch and, above all, entertaining.

The audience leaves the room posing a key question: What is more lethal: the word or a firearm? And we retain a conviction: the word has power; it is always devastating, it gives you life, it gives you a deep joy or a deep sadness as lethal as a wound.

About the director we can say that this is his fifth film and, of course, the one that contains the greatest narrative ambitions. Ziad Doueri has already shown his interest in political cinema on many occasions. Lebanese of origin, left the country when in 1981 when, after the Civil War between Maronites and Palestinians, the Syrian army invaded part of the country and the fighting resumed. He settled in France (a country closely linked to the Lebanese Christian community) and studied filmmaking in the United States.

His first feature film, West Beirut (1998) placed us before the problem of terrorism practiced by Palestinian teenagers in love with the same girl. In The Attack (2012) shows us a Palestinian integrated into Israeli society but whose wife immolates herself in an attack against a Jewish restaurant. Likewise, he was one of the three directors of the television series Baron Noir, which clearly shows the miseries of French politics and the taste of corruption that the country breathes. So, we must also inscribe this film, The insult, as a sample more of the Lebanese director's interest to go back to the root causes of the problems, corroborating the phrase that is heard in the film: "Nobody has a monopoly on suffering".

The movie may leave some bitter taste. Immediately we discovered that the origin of the problems of the zone, are quarrels, rivalries and reciprocal offenses, real or supposed, that go back almost 100 years: it is not easy to overcome this accumulation of superimposed prejudices, nor is there much room for hope. Nor are the answers easy. One can even reproach the director with high doses of idealism in thinking that a problem of this kind can be solved by legal rhetoric.

The film was very well received when it premiered during the last Valladolid International Film Week, winning the Youth Prize. Currently nominated for the Oscar for Best Foreign Language Film and its transit through the Venice Festival was also triumphant. All of which is testimony to its quality and encourages you to see it.


El Líbano fue, en otro tiempo, llamado “La Suiza de Oriente Medio”. Desde principios de los años 70, el país ha vivido en una situación de inestabilidad permanente y los cristianos maronitas, los drusos y los musulmanes que, hasta ese momento, habían vivido, sino plácida, si al menos pacíficamente, pasaron a ser enemigos, mientras Israel a un lado y Siria a otro, intervenían, directamente ó a través de terceros. Desde la distancia espacial y temporal resulta muy difícil entender que es lo que ha ocurrido en el Líbano en las últimas décadas. Así que cuando una película factura libanesa se propone explicarnos cómo están las cosas, hay que prestar atención porque es la explicación que presentan los oriundos de la región. 

Obviamente, la película no aspira a dar una explicación compleja al problema de Oriente Medio pero sí presentar algo parecido a una parábola que, por analogía, definirá algunos de los motivos por los que aquella es la región más caliente del planeta.

La película tiene como protagonista a “Tony”, un cristiano maronita libanés. Un buen día está regando sus plantas y, accidentalmente, sin ninguna intencionalidad agresiva, aciertan a caer un buen chorro de agua sobre la cabeza de un encargado de obras, un palestino, “Yasser”. Lo que, en principio, no sería nada más que un simple percance que se resolvería con una simple disculpa, pasa a ser un litigio de alcance nacional. El palestino se da por ofendido, vejado e insultado, no le cabe la menor duda de que “Tony” ha derramado intencionalmente el agua sobre él, así que lo insulta y lo increpa. Éste, por su parte, ve herida su dignidad y plantea un pleito ante los tribunales. En poco tiempo, aquel incidente banal se convierte en un asunto que repercute en todo el país.

No es, desde luego, la primera vez que algunos directores de la zona tratar de resumir el quid de la cuestión de Oriente Medio. De hecho, estamos próximos a un siglo de conflictividad, esto es a cuatro o cinco generaciones que, simplemente, han nacido en la guerra civil, han crecido con el sonido de las explosiones, han madurado, encanecido y muerto sin que se extinguieran los cañones. La cinematografía palestina, egipcia y hebrea han tratado en múltiples ocasiones (véase el capítulo relativo a Las Guerra de Oriente Medio en el libro Fotogenia de la Guerra Fría), pero es, desde luego, una de las ocasiones en las que hemos visto a unos actores trabajar de manera tan magnífica. Porque la película, a diferencia de otras muchas procedentes de esas latitudes y que conservan idéntica intención, es cómoda de ver y, sobre todo, entretenida.


El público sale de la sala planteándose una pregunta clave: ¿Qué es más letal: la palabra o un arma de fuego? Y retenemos una convicción: la palabra tiene poder; es siempre demoledora, te da la vida, te confiere una profunda alegría o una honda tristeza tan letal como una herida.

Sobre el director cabe decir que esta es su quinta película y, desde luego, la que encierra mayores ambiciones narrativas. Ziad Doueri ya ha mostrado en muchas ocasiones su interés por el cine político. Libanés de origen, abandonó el país cuando en 1981 cuando, tras la Guerra Civil entre maronitas y palestinos, el ejército sirio invadió parte del país y se reanudaron los combates. Se estableció en Francia (país muy ligado a la comunidad cristiana libanesa) y estudió cinematografía en los EEUU. Su primer largometraje, West Beirut (1998) nos situó ante el problema del terrorismo practicado por adolescentes palestinos enamorados de la misma chica. En El Atentado (2012) nos muestra a un palestino integrado en la sociedad israelí pero cuya mujer se inmola en un atentado contra un restaurante judío. Así mismo, fue uno de los tres directores de la serie de televisión Baron Noir, que muestra a las claras las miserias de la política francesa y el sabor a corrupción que respira el país. Así pues, hay que inscribir también esta película, El insulto, como una muestra más del interés del director libanés por remontarse a las causas últimas de los problemas, llegando a corroborar la frase que se oye en la película: “nadie tienen el monopolio del sufrimiento”.  

La película puede dejar cierto sabor amargo. Inmediatamente descubrimos que el origen de los problemas de la zona, son rencillas, rivalidades y ofensas recíprocas, reales o supuestas, que se remontan a casi 100 años: no resulta fácil superar este cúmulo de prejuicios superpuestos, ni hay mucho espacio para la esperanza. Tampoco las respuestas son fáciles. Incluso se puede reprochar al director elevadas dosis de idealismo al pensar que un problema de este tipo puede resolverse mediante la retórica leguleya. 

La película fue muy bien recibida cuando se estrenó en el curso de la pasada Semana Internacional de Cine de Valladolid, obteniendo el Premio de la Juventud. En la actualidad está nomina al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa y su tránsito por el Festival de Venecia fue, igualmente, triunfal. Todo lo cual es testimonio de su calidad y anima a verla.
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